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sábado, 7 de septiembre de 2013

Los calcetines rojos

Manuel llevaba horas buscando un calcetín rojo, bordado a mano por una vecina de edad avanzada, con estrellas y flores. Abrió cajones, al principio con suavidad y, a medida que el tiempo transcurría, con más brusquedad. Primero apartaba cuidadosamente la ropa o los objetos para mirar debajo de ellos, después los sacaba y los lanzaba por los aires. Cuando había empezado a buscar aquel calcetín, Manuel se encontraba reluciente, recién duchado, con el pelo engominado y un traje de chaqueta extravagante, como siempre le han gustado. En aquellos momentos, sin embargo, el hombre de pelo cano y rostro anguloso se hallaba con los labios apretados, los ojos entrecerrados y el ceño fruncido.

-¿Dónde estás, maldita sea? ¿Es que os habéis peleado? Tengo a tu par, idiota -profirió con voz grave sin prestar atención a la ventana abierta y a la pareja que paseaba justo al lado de su piso, el cual se situaba en la planta baja.

Un pitido incómodo procedente de su móvil sonó anunciando que pronto comenzaría su actuación y que debía salir de su apartamento. El hombre emitió un gruñido, cogió su sombrero alto, se ajustó la pajarita, secó el sudor de su frente con un pañuelo de tela y salió de su casa cerrando con llave. Llevaba en el bolsillo una pequeña edición de un libro que había escrito sobre juegos de magia, el cual sacó al montar en el taxi para buscar aquel que se titulaba "el calcetín rojo" con el fin de dar con una solución a la ausencia del otro par. 

Manuel dejó pasar las páginas ante sus ojos sin hallar rastro alguno de aquel calcetín, de ese juego de magia que se suponía que iba a llevar a cabo. Introdujo su mano en el otro bolsillo para extraer de él el otro calcetín, apretando los labios y frunciendo el entrecejo al no encontrar nada. Se deshizo del cinturón de seguridad cuando el taxista se detuvo y buscó por todas partes aquel calcetín.

Finalmente, resignado, bajó del vehículo, pagó el importe correspondiente al conductor y se dirigió al edificio en cuyo interior actuaría.

-Eh, Manuel, ¿qué te ocurre, amigo? Están todos esperando y has tardado en llegar.
-No encuentro mis calcetines.
-¿Cuáles?
-Los rojos.

Miguel, el joven que se había acercado a él con cara redondeada y expresión viva, le miró con benevolencia mientras Manuel pasaba de largo y comenzaba a subir las escaleras. Luego, esbozó una sonrisa y suspiró.

-Manuel.
-¿Qué?
-Los calcetines.
-¿Qué pasa con ellos?
-Que los llevas puestos.
-¿Qué tonterías dices?

El hombre levantó un pie y se apartó lo suficiente el pantalón, comprobando muy a su pesar que su joven amigo tenía razón. Resopló y le miró con crudeza.

-Como esto salga de aquí, te enteras.
-No hay problema.

Manuel siguió subiendo las escaleras, alejándose de la risa de aquel joven que siempre encontraba algún motivo para divertirse a su costa. O, visto de otro modo, allí estaba Miguel, observando cómo se alejaba su viejo amigo, preguntándose entre risas cómo conseguía darle siempre algún motivo para sonreír, sin importar que el resto del día no hubiera sido precisamente un éxito.

El hombre de pelo cano salió al escenario y fue recibido con un caluroso aplauso. Carraspeó y, cuando se hizo el silencio, inició su actuación.

-Me he llevado horas buscando mis calcetines rojos, ¡horas! He puesto patas arriba toda la casa para darme cuenta, al llegar aquí, de que los tenía puestos desde el principio.

Una carcajada general y aplausos fue la respuesta que le dio el público. Manuel sonrió, se deshizo de su sombrero y dio comienzo al espectáculo. Miguel, mientras disfrutaba del encanto de la magia y la comedia tan bien llevada de su amigo, pensó en lo que había aprendido a lo largo de los años a su lado, siempre con sus despistes, siempre utilizándolos en el escenario. No importaba si las circunstancias le hacían estar de mal humor, pues sabía aprovecharlas para, al acabar la jornada, poder decir "hoy ha sido un buen día". Eso es lo que hacía grande a Manuel, lo que enseñaba cada semana, lo que hacía que Miguel le admirara cada vez que los focos de luces se centraban en él, convirtiéndose en el protagonista de su vida.

María Beltrán Catalán (Lady Luna)

6 comentarios:

María (LadyLuna) dijo...

¡Hola!
Siento la demora, pero el fin de carrera me tuvo bastante ocupada y no he parado en todo el verano de hacer cosas, por lo que he pasado poco tiempo frente al ordenador.
Como novedad en mi vida, ¡puedo decir que ya soy pedagoga!
Espero que os haya gustado este relato. ¡Poco a poco me iré pasando por vuestros rincones!
Un abrazo.

Forgotten words dijo...

Y supongo que son exactamente eso lo que hace que Manuel sea tan GRANDE, ya no como mago o persona conocida, sino como persona ante todo ;)

Toñi dijo...

cierto es que que todo lo que sucede en nuestra vida te va dejando una huella y depende de cada uno de nosotros el que sepamos hacerla buena aunque en un principio lo veamos como lo pero del mundo.El mundo es una gran escuela y tenemos que estar bien despiertos para aprender cada día cosas nuevas.Un beso cariño.

Xevi CG dijo...

¡Buenas noches!
Encantado de volver a leer tus relatos. Sin duda una actitud abierta y positiva es esencial para afrontar los retos y dificultades, un gran paso para ser felices, con calcetines rojos o sin ellos ;)

Te envío un nuevo abrazo mimoso! :)

PD: Estoy convencido de que serás (eres) una gran pedagoga! ^_^

José Florentino Menéndez Álvarez dijo...

Muy, pero que muy buen blog al que me suscribo con mucho gusto. Enhorabuena y ánimo, sigue adelante y no dejes nunca de perseguir tus sueños.

icarina_juan dijo...

Magia........tal vez la magia es todo aquello con que hacemos sonreír a los demás. Tal vez así de sencillo, tal vez así de complejo.

Felicidades de nuevo....por tu magia. Besos!!