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viernes, 9 de septiembre de 2016

El lienzo de los recuerdos

Anna apoyó sus manos en los brazos de su butaca y se dejó caer suavemente. Luego, esbozó una sonrisa mientras su mirada se perdía en algún punto de la mesa que tenía justo frente a ella, llena de libros. Había pasado más de medio siglo y todavía lo seguía haciendo: aparecía sin más, como un eco de lo que fue y no llegó a ser, de las ganas que se quedaron paralizadas porque no había alternativa o, quizá, porque era lo correcto.

Ella sabía que la memoria no siempre recuerda los hechos tal y como ocurrieron, que siempre hay un tinte que depende de las circunstancias, emociones, experiencias y decisiones. Probablemente ensalzaba demasiado a una persona que no era más que eso, y en aquel entonces apenas un adolescente, pero jamás olvidaría los momentos más significativos que vivió con él y lo que significaron para ella. Del mismo modo, nunca sabría si él se acordaría de ella alguna vez, si sus tintes teñían de intensidad o difuminaban el lienzo de aquellos días que compartieron. 

Anna solo podía mostrar su lienzo y en él había un joven que le cautivó enseguida y sin esperarlo. ¿Tal vez fue con el primer beso lanzado al aire, en el teatro, a varias filas de distancia? Las risas que acompañaban los besos intercambiados lo transformó todo. Y ella, acostumbrada a la ciudad de la villa donde lo bueno podía gritarse a los cuatro vientos, no dudó en hacer lo propio al concluir el evento. Nadie le avisó de que aquello estaba prohibido en aquel lugar.

Suspiró largamente. No olvidaba las burlas, amenazas y los golpes, pero tampoco las miradas que, pese a todo, se intercambiaban. Ya no había besos, pero no importaba. Aquellas miradas traspasaban el alma. Fue un amor imposible vivido en secreto y en solitario, con una lealtad que nadie, salvo ellos, comprendían. Yo le quiero a él, había dicho en una ocasión a un galán que trataba de cortejarla, años más tarde. Él también a ti, pero no podéis estar juntos: vente conmigo. Aquel joven era apuesto, noble y alegre, pero no podía traicionarse a sí misma.

A veces conseguían verse a solas. En el lienzo había un lago de un azul intenso, quizá helado. Sabía que nunca fue lago ni al aire libre, pero así se sentía cuando estaba con él. Todo cambió cuando llegó con heridas de guerra sin ser soldado. Anna había representado ese "no me importa", pronunciado por él cuando ella supo todo, que el motivo del ataque había sido el descubrimiento de sus encuentros, con una lágrima envolviendo ambos cuerpos, cayendo y disolviendo el hielo sobre el que se hallaban. A ella sí le importaba; debía hacer lo correcto.

Se acabaron en ese momento las miradas, las risas a escondidas, las carreras para averiguar quién corría más rápido de los dos. Sus caminos tomaron direcciones diferentes y ya nada fue igual. Alguien podría pensar que ganaron los malos, aquella sociedad de mente sucia, cerrada y violenta, pero ella, en lo más profundo de su corazón, sentía que habían ganado los buenos: él la vida, y ella aquellos recuerdos que jamás desaparecerían de su memoria. Prueba de esto eran los sueños esporádicos en los que aparecían, ambos jóvenes, y se miraban toda la noche sin que nadie les dijera nada o les acusara por ello.

Si el sueño de esa misma noche tuvo algo que se saliera de lo común y había despertado en ella la sonrisa fue, precisamente, que a diferencia de los anteriores, realistas en cuanto a límites, en aquella ocasión fue un abrazo constante lo que sucedió entre ambos y no miradas a distancia. Sentía que había conseguido liberarse de aquellas cadenas, esas que le recordaban que no pudieron apenas rozarse en una caricia de consuelo. Se había reconciliado consigo misma, así como con aquel grito de amor al principio y aquella decisión de hacerle bien al más fiel de sus compañeros al final.

Anna, acercando su caballete adaptado a la altura de su butaca, añadió al lienzo un sol y unos tonos dorados que iluminaron toda la historia, dándole, quizá, un final diferente... o un sentido distinto. 

-Te ha quedado muy bonito, Anna, ¿lo has terminado?

Anna sonrió sincera y feliz, reacción inevitable cuando oía la voz de su amado esposo. 

-Quién sabe, mi amor. El lienzo de los recuerdos nunca deja de pintarse ¿verdad?

Carlos besó sus cabellos antes de coger uno de los libros depositados sobre la mesa y tomar asiento junto a su mujer.

-¿Te apetece que leamos algo, mi vida?

Anna hizo a un lado el caballete para poder ver mejor a su marido.

-¡Oh, me encantaría! 

-Y a mí me encantas tú.

Tomaron sus manos. Él empezó a leer, mientras ella le miraba con el amor de quien se entrega con el alma, de quien agradece cada día que pueden pasar juntos con esa facilidad tan maravillosa que bien podía ser parte de un mágico cuento de hadas, pero era real. Mágicamente real. Y quizá por ello no pintaba en lienzo la historia de amor que compartía con su marido, porque la estaban recorriendo juntos, viviéndola apasionadamente desde hacía más de treinta años, como un libro que sigue escribiéndose y al que aún le quedara mucho por contar...

María Beltrán Catalán (Lady Luna)

4 comentarios:

Toñi dijo...

Preciosa historia, contada con tanta dulzura ... la vida suele ser bastante complicada y no siempre sale las cosas como uno quiere, de todas formas eso no quiere decir que el nuevo rumbo sea peor o mejor, simplemente es distinto y aunque pueda doler, en un principio, al final forma parte de todos nuestros recuerdos.
La vida debe continuar y nos encontraremos con múltiples caminos que irán engrosando nuevos recuerdos, algunos, o quizás, muchos muy buenos.
Tkm.

María (LadyLuna) dijo...

Gracias por leerme y dedicar un ratito a escribirme siempre, siempre con tan sabias palabras. Te quiero mucho, mamá.

Ana Sopca dijo...

Preciosa historia, tierna, dulce...
La vida es compleja, pero a veces la complicamos mas nosotros mismos.
Siempre adelante, aprendiendo de los paso dados para mejorar.
Un abrazo muy grande

María (LadyLuna) dijo...

Muchas gracias por leerme, por comentar y por tus consejos, querido Sopca. Te mando muchos besitos.