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martes, 19 de marzo de 2013

El buen caballero y su hijo Yon


Una vez... hace mucho, mucho tiempo, hubo un guerrero cuyo nombre no recuerdo, pero era un hombre muy fuerte, valiente y amable. Había crecido entre la gente pobre, pero su valía se hizo notar en el ejército y no tardó en formar parte de él. En su pueblo natal le reconocían como el buen caballero, pues no participaba en batallas injustas y era fiel a sus principios e ideales, algo que el rey valoraba pero que sus compañeros no. Ellos pensaban que él no merecía estar allí, y entre baches y llanos hizo su vida. Conoció a una inteligente mujer de la que se enamoró, fue correspondido y decidieron tener un hijo. En aquella época los partos eran complicados, y ella murió al dar a luz. Él se quedó desolado y triste, pensando que había perdido a los dos, pero entonces el llanto del bebé le devolvió la alegría. Cuidaría de él doblemente, por su esposa. Eso es lo que ella hubiera querido, se decía.

El buen caballero abandonó el ejército para dedicar su tiempo a su hijo. Consiguió mantenerlo llevando a cabo trabajos a los que podía llevarse a su pequeño, como cortar leña y llevarla al pueblo. El niño creció aprendiendo todo lo que el padre le enseñaba, feliz.

Llegado el momento se tuvieron que separar, pues a cierta edad debían alistarse en el ejército para la primera batalla. El niño, llamémosle Yon, se despidió con tristeza y nervios de su padre y partió rumbo a su destino. Llevaba la sangre del buen caballero y todos esperaban de él lo que su padre había logrado, sin embargo él era distinto, y algunos pensaron que no daba la talla. Recibió burlas, amenazas y ataques de sus propios compañeros. Yon libró batallas dentro y fuera del campo, con el enemigo y con quien no debía formar parte de él. Deseaba abandonar aquel mundo, volver al pueblo con su padre, ayudarle con la leña, ser un hombre de bien y no un buen caballero, pero no quería defraudar a su padre. Él esperaba mucho de él y quería hacerle sentir orgulloso.

Pasó el tiempo y Yon fue creciendo en el ejército, regresando de vez en cuando a visitar a su padre, quien le recibía con una sonrisa que pronto desaparecía de su rostro. Yon, debido a todo lo que le ocurría, llegaba cansado y enfadado y acababa discutiendo con su padre. Si no empezaron los rumores a llamar "la casa de los gritos" a su hogar fue porque aún respetaban el nombre del buen caballero.

Sin embargo, un día, la situación fue a peor. Quienes debían apoyarle por ser compañeros le rodearon y empezaron una ardua batalla. Yon contra el mundo y el mundo reducido a quince personas. Espadas desenvainadas y un dolor en el pecho, a la altura del corazón.

Yon sacó de donde no supo la habilidad de esquivar los ataques, pero eso no resultó suficiente. Ellos no paraban y él no podía mantenerse a salvo siempre. No quería luchar. Jamás le había gustado. Admiraba a su padre y deseaba no defraudarle, pero Yon no era como él. 

No le quedó más remedio. Luchó. Tumbó a todos sus enemigos, dejándolos exhaustos pero sin quitarles la vida. Sin detenerse fue a la tienda del jefe, quien tenía el mando allí, y presentó su renuncia, cogió su caballo y galopó de regreso a su casa. Al llegar a ella llamó a gritos a su padre, quien con el corazón encogido, temeroso de una nueva disputa, bajó las escaleras. Yon se dirigió furioso hacia él y le abrazó, rompiendo a llorar.

-Lo siento, padre -le dijo. -Lo he intentado, de verdad, pero no puedo más, yo no soy como tú. He presentado mi renuncia.

El padre tomó a su hijo por los hombros y le miró fijamente.

-Pero hijo, yo no quiero que seas como yo, aunque yo también renuncié. El ejército es duro, pero el mundo no se acaba con él. El mío empezó cuando conocí a tu madre y siguió girando cuando supe que habías nacido.
-Entonces, ¿no...?
-Yon, hijo mío, has tomado tus propias decisiones y yo estoy orgulloso de ti, porque has sabido tomarlas, sean las que sean.

Padre e hijo se fundieron en un abrazo. 

Yon comprendió entonces que renunciar no es sinónimo de rendirse cuando se trata de cambiar de dirección porque algo no nos hace felices; aprendió que no era su padre quien esperaba de él grandes logros en el ejército, sino él mismo, por no aceptarse tal y como era. Entendió que de nada sirve enmascarar el dolor con gritos que dañan a quienes más nos quieren, que es mejor expresar lo que sentimos, compartir la carga y confiar en que esa persona no nos abandonará nunca, porque nos ha aceptado, criado, cuidado y custodiado sin réplica, desde la humildad de un padre que hace lo mejor por sus hijos.

María Beltrán Catalán
(Lady Luna)

Feliz día, papá.

2 comentarios:

LadyLuna dijo...

¡Hola!

A todos:
Como veis, intento mantener la estabilidad en las publicaciones aunque no siempre puede mantenerla debido a que me encuentro ya en el último curso de mi carrera universitaria. Prometo que me pasaré por vuestros rincones aprovechando el descanso de Semana Santa.
¡Espero que estéis todos bien y que os guste este nuevo cuento!

A mi padre:
A ti, que me aceptaste, criaste, cuidaste y custodiaste. Que lo sigues haciendo a día de hoy. Que lo seguirás haciendo.
A ti, que me das todo lo que necesito más todavía, que estás siempre ahí.
A ti, que soportas mis buenos y mis malos días, que no te cansas de perdonar aunque no siempre te pida perdón.
A ti, porque en ti está el amor humilde y sencillo de un padre, como San José quiso a Jesús.
A ti, porque hoy es tu día y no lo he olvidado.
A ti, porque he querido decírtelo por escrito, como en los viejos tiempos, para que puedas leerlo siempre que quieras.
Feliz día, papá.

A todos:
¡Un abrazo grande!
¡Nos leemos!

Tu papi dijo...

María...cada palabra que escribes, cada frase, cada párrafo, cada escrito, hace que me emocione y afloren mis sentimientos, que sienta orgullo de ser tu padre.
Gracias por este gran regalo.
Esos viejos tiempos hay que recordarlos más a menudo eh??? jejeje.
Te quiero muchísimo!!!