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Mostrando las entradas etiquetadas como vida

Antifaz

Elisabeth sostenía con sus carnosos labios una horquilla mientras se contemplaba el cabello en el espejo. Aquella vez lo llevaba recogido en un moño no muy a la moda de la época, con dos mechones rojizos adornando su rostro firme y blanquecino. Sus ojos verdes tenían un brillo que gustaba entre los hombres pero no entre las mujeres. A lo largo de su vida, había formado parte de distintos grupos sociales en el baile; sin embargo, su negativa a disfrazarse no agradaba demasiado a quien lideraba esos grupos. Algunos fueron realmente maravillosos; otros, sencillamente, trataron de destruirla. Esbozó una sonrisa cuando su cabello quedó a su gusto y salió de su habitación, dispuesta a llevar a cabo su último movimiento en aquella partida. La joven caminó por el pasillo y bajó por la escalinata de mármol con paso tranquilo y seguro, buscando con la mirada al último grupo al que había pertenecido. Sus disfraces de corte realista le habían llevado a la confusión, pero los ataques de los lí...

Castillo de arena

No solía ir a la playa y, cuando lo hacía, las ganas de jugar con la arena y crear castillos se escondían, tímidas, en sus ojos oscuros. "Yo no sé hacerlos, nunca los he hecho" se decía para justificarse a sí misma, sin embargo, llegó una mañana y se enteró de que aquella tarde habría una especie de exposición de esculturas de arena, ¿por qué no iba ella a construir su castillo? Al fin y al cabo, no era algo tan raro. En un par de horas y media Almudena había terminado su obra. Había quedado bastante bien, un edifico pequeñito, con un par de ventanas y dos torres a los lados. La puerta era grande. Aplaudió para sí, riéndose. Es lo que ocurre cuando se tienen cuatro años: saben encontrar la felicidad en cualquier parte. Se imaginó entrando en él, caminando por una alfombra roja para llegar al trono de su padre y al de su madre. Luego subiría unas escaleras a una de las torres y se asomaría a un balcón. A lo lejos, divisaría a su príncipe azul galopando veloz para casarse con e...

Juventud

Apenas eran las nueve de la noche cuando caminábamos de regreso al autobús por la Avenida de la Constitución, calle predilecta para músicos con arte no reconocido. Una pequeña discusión con mi compañía, una culpa más en la espalda, un comentario de malas palabras dirigido al corazón y el orgullo ahogado en mi garganta. Al señor del blues se le escuchaba desde lejos gracias al buen amplificador que lo hacía posible. Le había visto muchas veces, siempre en el mismo sitio, incansable y con una amable sonrisa en el rostro. Aquella tarde, a su vera, bailaba de forma sencilla, natural, magistral y perfecta un pareja de edad bien avanzada. Me detuve para contemplar el espectáculo. Cada movimiento desprendía ternura, alegría y, sobretodo, ganas de vivir. Una imagen hermosa que me hizo recordar a groso modo los relatos que descansan en mis viejos cuadernos, narrando historias casi tan mágicas como la que estaba presenciando. Si ya estaba fascinada, imaginen mi sorpresa cuando vi que, al acabar ...

Violinista

Había pasado toda la tarde escuchando las notas que hacías bailar entre la gente despreocupada que caminaba de un lado a otro de la ciudad. No era la primera vez que nos veíamos, hablábamos, reíamos o me regalabas una pequeña alegría. Se me había hecho tarde, debía irme si no quería perder el último viaje de metro; lo sabías. Dejaste a medias tu canción habitual para tocar mi favorita tras una sonrisa que te devolví encantada. Cerré los ojos, pude sentir tu mirada deslizándose por la partitura creando magia a su vez. Solo tenía oídos para tu instrumento y mi respiración; lo demás no importaba. Disfruté cada segundo como si fuera el detalle más hermoso que recibiría en toda mi vida. La melodía llegó a su fin. Una mirada tuya me invitó a abrir los ojos y repetir tu gesto sonriente. Me acerqué, besé tus pálidas mejillas y eché a correr después del vistazo al reloj del móvil. Al día siguiente volvería a verte donde y como siempre, pero jamás olvidaría aquellos momentos de sincera felicidad...

Maravillas en tu piel

Descálzate y siente la arena mojada bajo tus pies, el agua salpicando tus rodillas. Camina, sabiendo que gozas de piernas para ello. Déjate acariciar por el tibio sol del atardecer, siendo la envidia de quien no presta su tiempo a maravillas como el propio cuerpo. Ayuda al pequeño que resbala jugando, usando tus manos para algo más que el trabajo. Abraza con tu delicadeza natural el aire que peina tus cabellos; él se encargará de hacérselo llegar a los que amas. Escucha la canción del oleaje, guarda su aroma en tus pulmones, saboréalo. Aprende a ver más allá de la orilla, contempla la inmensidad del horizonte, imagina su principio, su trama. Disfrútalo. Sonríe. Lo tienes todo, estás vivo, ¿no es maravilloso?