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Mostrando las entradas etiquetadas como cuento

Segunda vida

«¿Te encuentras bien?», pensó Carles. «Me están vigilando», respondió su compañero. «Suelen hacerlo». «No así». Carles, extrañado, aprovechó la conversación mental para hackear el sistema y encontrar la ubicación del compañero. Frunció el entrecejo al descubrirla fuera del mapa digital de su pulsera. «¿Dónde estás?».  No hubo respuesta. Llevó una mano al parche traslúcido de su frente para comprobar si había algún daño. Tras la revisión volvió a colocárselo. Trabajaba para aquella compañía, una de las más poderosas del mundo, desde hacía varios años. El compañero ya estaba allí cuando llegó. Fue amable en la oficina cibernética donde se conocieron y conectaron, literalmente, enseguida. Tenían una relación cordial, pero afable, probablemente la única posible lejos de intereses para Carles. No resultaba sencillo este hecho con el limitado salario mensual.  El sonido de la alarma le recordó que debía comer. Se colocó una mascarilla antes de salir. La oscuridad se ce...

Ángel de la Red

Ya no había marcha atrás. Verónica iba de un lado a otro. Esmeralda estaba apoyada en la pared, cabizbaja. Fátima la acompañaba con los brazos cruzados. —Saldrá bien. —Ana, la coordinadora, miró con cariño a sus compañeras—. Lo conseguiremos. Julia se encontraba frente a la puerta de la Fundación Prevención de RiEsgos VItales por motivos SOciales, normalmente conocida como PREVISO. Era un edificio modesto, al igual que la entidad. Ésta se encontraba asociada a una empresa de ingeniería biomédica y de las telecomunicaciones, aunque había tantas en la zona que no sabría identificar cuál. El sensor de presencia hizo aparecer un holograma que le dio la bienvenida y preguntó si había leído y entendido las Condiciones de acceso. Al ser un procedimiento habitual y protocolario, las aceptó sin leerlas o escucharlas. Cruzó el umbral de la entrada y un empleado robótico, que la estaba esperando, la guió a una sala situada en el subsuelo. Supuso que Ana, tozuda, querría enseñarle algo nu...

Invasores

Aquello nunca tuvo que haber ocurrido. Anser observaba con afecto el despliegue de alas de su hija, Ocarina, que escondía el extremo de su pico entre las plumas. Él formaba parte de los cuarenta gansos conquistadores y sentía orgullo al contemplar cómo se multiplicaba cada año su comunidad. Ya eran quinientos y pronto tendrían que buscar un espacio mayor. Una humana pequeña interrumpió los pensamientos de Anser con un ofrecimiento de comida. Era una especie amable. Jugaban juntos y alimentaban a los suyos. Además, limpiaban periódicamente su territorio. —¡Padre, deme un poco! —El graznido de Ocarina llegó a sus oídos como una dulce melodía. —Ni lo sueñes. —Anser aún tenía el pico lleno. Ambos pelearon, entre risas, por el trozo de pan hasta que él se lo comió. La madre, junto con el resto de hermanos, se bañaba en un lago que había al otro lado del puente. Anser y Ocarina se unieron a ellos.  —Es bonito vivir aquí. —Branta estiraba su cuello con la elegancia de un ci...

El valiente descalzo

-Nos hemos perdido. Y encima me he dejado un zapato por el camino, con mi calcetín. Me duele el pie. -Sigamos adelante. En algún momento nos encontraremos, ya verás. -Es inútil. Llevamos horas dando vueltas. -¿Y qué propones, si no? Mira, allí parece que hay algo. -Quiero irme a casa... El sonido de las hojas secas retumbaban en el silencio de aquel laberinto. Armando seguía a Candela como un animal de compañía, sin plantearse por qué o para qué. -Parece un túnel -exclamó ella en voz baja, con cierta expectación. Aquella frase hizo reaccionar a Armando. Se trataba de un conducto creado con ramas, cuyo interior y destino eran desconocidos e inciertos. -Yo ahí no entro, Candela. -Pues ya nos veremos... Candela se colocó a cuatro patas y se introdujo en el túnel. Escuchó la voz de Armando, frustrado y resignado, cada vez más cercana. -Lamentarse solo te hace más infeliz, Armando. Disfruta. -¿Y si nos come un animal? -Al menos habrás disfrutado los minutos anteriores. ...

Antifaz

Elisabeth sostenía con sus carnosos labios una horquilla mientras se contemplaba el cabello en el espejo. Aquella vez lo llevaba recogido en un moño no muy a la moda de la época, con dos mechones rojizos adornando su rostro firme y blanquecino. Sus ojos verdes tenían un brillo que gustaba entre los hombres pero no entre las mujeres. A lo largo de su vida, había formado parte de distintos grupos sociales en el baile; sin embargo, su negativa a disfrazarse no agradaba demasiado a quien lideraba esos grupos. Algunos fueron realmente maravillosos; otros, sencillamente, trataron de destruirla. Esbozó una sonrisa cuando su cabello quedó a su gusto y salió de su habitación, dispuesta a llevar a cabo su último movimiento en aquella partida. La joven caminó por el pasillo y bajó por la escalinata de mármol con paso tranquilo y seguro, buscando con la mirada al último grupo al que había pertenecido. Sus disfraces de corte realista le habían llevado a la confusión, pero los ataques de los lí...

Yo no puedo, ¡yo sí puedo!

            Érase una vez una clase que se impartía al aire libre, en un circuito cerrado donde había parque, selva, acantilados y un entorno parecido a la Antártida, con hielo y agua alrededor. Había en ella cinco estudiantes: un guepardo, una jirafa, una cigüeña y dos pingüinos. Sus nombres eran Gerardo, Jimena, Cinta, Pin y Quino respectivamente. Tenían una profesora llamada Niebla, que era una nube sonriente y muy entusiasta, y durante el curso le propuso a sus alumnos y alumnas una serie de pruebas que consistirían: la primera, en recorrer un sendero del parque; la segunda, coger una flor situada en la rama de un alto árbol de la selva; la tercera, cruzar un acantilado situado muy cerca de otro; y la cuarta, pescar en las aguas  situadas alrededor y bajo el hielo que simulaba la Antártida.             La primera prueba le resultó muy sencilla a Gerardo, el guepardo, quien corrió llega...

Lección entre pinceles

Cuando Pau inició sus clases en septiembre de un año cualquiera a comienzos del segundo milenio después de Cristo, no esperaba poder enseñar lecciones a través de sus cuadros o, al menos, no lecciones como las que le enseñó a la pequeña Alícia. Alícia era una joven que se había encontrado con muchas quejas familiares y risas burlonas de amistades al decidirse en voz alta por los estudios a los que pretendía optar, pero eso no impidió que siguiera adelante. No obstante, la batalla diaria le hizo dudar sobre la idea de encontrarse o no en el camino correcto. -Alícia, ¿qué te ocurre? Los dibujos no te salen. Estropeas el lienzo. -No lo sé, profesor. Pau le miró, diciéndole sin palabras su conocimiento acerca de la poca veracidad en su respuesta. -Bueno –admitió. –No sé si hice bien al entrar aquí. Pinto y algunas personas disfrutan de ello; otras, quedan indiferentes. Camino por la calle y gente que es mejor que yo está vendiendo allí mismo sus creaciones. El joven...

Personas como pompas de jabón

Nota: Gracias a Philip y a Patricia (los artistas en la imagen) por permitirme hacerles partícipes de esta historia y de la fotografía . Aún no había llegado el día de Navidad y en el ambiente ya se respiraba la festividad. Luces de colores adornaban los árboles, edificios y calles; el olor a castañas asadas impregnaba el aire, ya cargado de melodías invisibles tocadas por manos anónimas.  Lucía era una niña de apenas seis años e iba con su madre, Mercedes, dando un paseo por el centro de la ciudad. Mercedes recorría con la mirada los distintos escaparates, leyendo ofertas y valorando si eran o no apropiadas para ella. Lucía, por su parte, quedaba embelesada con el gran espectáculo que le ofrecía Sevilla con cada una de las actuaciones, llegando a detenerse frente a dos artistas diferentes. Un hombre y una mujer, al son de la música que emitía una radio vieja situada junto a la pequeña tarima que elevaba a la mujer, actuaban con el encanto de quien siente lo que...

Hablando en condicional

Todo comenzaría una noche de verano en la que me encontraría cenando una ensalada de frutas, de esas que no suelo comer a menos que me la pongan por delante. Sin embargo, en aquella gran casa de dos plantas, jardín, sótano y desván viviría yo sola, como si alguna vez me hubieran gustado los edificios tan vacíos, como si fuera de esas personas adictas al trabajo que huyen de las relaciones sociales por miedo a quedarse tal y como empezaron: solas. Cuando apenas hubiera terminado, alguien llamaría a mi puerta con estrépito y yo, asustada, iría alegremente a abrir la puerta, como si alguna vez hubiese sido tan temeraria; aquello no era valentía. Entonces un señor que pertenecería a mi pasado me invitaría a subir con urgencia a un coche de lujo, una de esas limusinas que nunca he podido permitirme y que no entraba en mis deseos materiales poseer. El interior de aquel vehículo sería como una discoteca en miniatura y deshabitada, salvo por la presencia del señor que me acompañaría y me...

Demetrio, un sapito agradable

¡Hola! Hoy os voy a contar una historia bastante curiosa sobre un sapito llamado Demetrio. Demetrio era muy grande, verde y con manchitas más oscuras en su piel. Tenía unos enormes ojos, aunque siempre estaban cansados y los párpados quedaban a mitad de sus pupilas casi. Su boca era grande, muy grande, y sus patas, cuando se estiraba, larguísimas. Había salido a pasear por el parque cuando un niño pequeño le vio. Entonces, corrió hacia él, alejándose de su padre, para darle un beso fugaz y volver a los brazos de quien había abandonado por un instante. Sus mejillas se hicieron redonditas. Os estaréis preguntando ¿No se puso colorado? Pues no; le crecieron las mejillas. Sí. Cosas de sapos. Resulta que esa mañana yo también había salido a dar una vuelta por el mismo sitio que él, y me lo encontré echado en un banco, suspirando. Se me ocurrió pensar que igual se sentía triste, así que le saludé. -Hola señor sapo. -Hola señora humana. -Puede llamarme Toñi. -Demetrio. -¿Por...