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La boina mágica

— ¡Hola chicos! —Toñi, la joven cuentacuentos, llegó a la zona de juegos en la que los pequeños se divertían.  — ¡Buenos días Toñi!—contestaron varios, mientras el resto avisaba a los demás de que había llegado ya. No tardó en hacerse un corro en derredor de ella. Todos la miraban expectantes, sonriendo. También se acercaron padres curiosos y algún adolescente intrigado. La joven se había sentado en uno de los bancos de piedra, en el Parque de los Pinos. — Mmm... ¿Sabéis qué es esto? —La joven señalaba con su mano derecha un objeto que sostenía con la izquierda. — ¡Un sombrero! —Dijo Irene enseguida. — ¡Una gorra de abuelo! —Exclamó Rafael. La risa general de los más mayores hizo sonrojar al chico. — Tal vez usted pueda responder a la pregunta que he hecho —se dirigió a uno de los padres que contemplaban la escena. — Es una boina. — Exacto. Una boina. Es el nombre que tienen los sombreros planos con los que solemos identificar a las personas mayores. ¿A qui...

En estos tiempos que corren...

Había abierto las ventanas y colocado las persianas de tal manera que permitían al Sol dejar caer sus destellos dorados sobre los pupitres dispuestos en fila. Estaba tan entusiasmada explicándole a nadie lo que habíamos estudiado hasta el momento que no se percató de mi presencia. La verdad es que yo, que siempre he sido un negado para las letras, aprendí en aquellos cinco minutos lo que en horas no había conseguido. Y no fue más tiempo porque, pronto, oí voces de compañeros acercarse, por lo que salí del aula y volví a entrar llamando antes de hacerlo. Ella bajó de la tarima y tomó asiento en la primer fila, junto al pasillo, como si nada hubiera pasado o acabara de llegar también. Creo que fue en ese momento cuando me enamoré de ella, de sus ganas, sus sueños, su ilusión, su boca callada y sus ojos parlantes. Es hermoso encontrar a alguien que estudia algo con y por vocación. Me hice amigo de ella y la animé a trabajar en aquello para lo que había nacido; no me costó convencerla. Aho...