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domingo, 20 de mayo de 2018

El asesinato de Sara

Planteamiento del caso

Jamás imaginé que una fiesta pudiera convertirse en el escenario de un crimen. Nunca habría admitido la posibilidad de presenciar una tragedia como aquella. Y, sin embargo, ocurrió. Ojalá no hubiera sido así.

El sonido de la música pop del momento llenaba los rincones del gran patio de recreo en el que nos encontrábamos. Chicas y chicos bailaban en un escenario de forma descoordinada pero bienintencionada. Había risas, comida, bebidas, alumnado, familiares y profesorado. También se podía encontrar divertimento en la Casa del Terror que preparaban cada año los alumnos y alumnas de bachillerato. El fin de aquella fiesta era recaudar fondos para la construcción de un colegio en Bolivia.

—Algunas personas con tanto... ¡y otras con tan poco! 
—Anímese, padre. Hoy se pretende compartir ese tanto con quienes tienen tan poco —respondí al sacerdote.

Una chica se acercó a nosotros. Recordaba haberla visto de casualidad por algún pasillo pero nada más. Parecía reservada, inteligente y solitaria. Le dijo algo al padre Nicolás y ambos se marcharon hacia el interior del edificio. Me encogí de hombros y me acerqué al escenario. Un chico, micrófono en mano, hizo una declaración de amor.

—Sé que estás ahí escondida, como siempre, pero te quiero. ¡Este baile va por ti! —Me reí. Irene, mi alumna predilecta, se sonrojó. 

Los bailes iban subiendo de nivel acorde a la edad de los participantes. Al comenzar el segundo ciclo de secundaria, la inclusión de acrobacias despertaba la admiración de los presentes.

—No debería perderse esa valentía. —Al girarme vi a mi buen amigo Nicolás—. Me marcho a casa. Sabes que estoy viejo y me gusta rezar tres rosarios antes de acostarme...

La despedida fue breve; parecía inquieto y no quiso responder a mi pregunta sobre su bienestar. Luego, me dirigí a la barra del bar improvisado para hablar con los colegas. No tenía especial amistad con ninguno de ellos, aunque probablemente se debiera a que llevaba poco tiempo trabajando allí. 

Apenas media hora después ya anochecía y Andrea, una chica rechoncha, buena pero de bajo rendimiento académico, corría a gritos hacia nosotros. Tenía la respiración agitada y lloraba alarmada. 

Lo siguiente que recuerdo y veo cada vez que cierro los ojos es la ambulancia llegando al centro escolar, la policía y el cuerpo inerte de Sara, aquella niña tímida a quien apenas había visto de soslayo en los pasillos. Después del suceso todo el mundo repetía su nombre como un mantra, un nombre antes invisible, desapercibido, en aquel lugar. El alumnado lloraba la pérdida de una compañera. Irene y Marcos, sensiblemente afectados, se sobreponían lo suficiente para consolar a sus iguales. Como pedagogo del centro agradecí su labor de apoyo emocional; en ese momento no me encontraba en mis mejores condiciones.

No tardaron en determinarlo: había sido un asesinato. Fue un duro golpe para toda la comunidad educativa. Yo estaba en shock, incapaz de reaccionar, hasta que detuvieron a mi buen amigo Nicolás como principal sospechoso. Me derrumbé. Sentía que estaba dentro de una película de terror de la cual ansiaba, y no sabía cómo, escapar.

«Sacerdote detenido por asesinato de un menor», «El abrecartas, la sangre y el sacerdote: una trama criminal», «Todas las pruebas apuntan a un solo culpable», rezaban los titulares de los periódicos y telediarios.

Era imposible. Nicolás había entregado toda su vida a los demás como misionero y regresó solo cuando la Iglesia Católica le forzó a hacerlo por cuestiones de salud. Una persona así no podía matar. Y si no supe verlo siendo el orientador, ¿fui cómplice? Ese pensamiento martilleaba mi cabeza continuamente. El tiempo de duelo oficial de dos días en el centro terminó y todo simulaba volver a la normalidad, pero no era cierto: había una chica asesinada que no volvería a clase.

—Ha llegado la familia de Sara —me informó entonces la directora del instituto.

Necesité respirar centrando mi atención y esfuerzo en ello para no marearme. En la agenda tenía anotada la reunión con la familia, pero no la esperaba después del suceso. Tras entrar en mi despacho, pasaron eternos segundos antes de que alguno de nosotros iniciara la conversación.

—Siento muchísimo... todo lo ocurrido. Si puedo hacer algo por ustedes...
—Sabíamos que nuestra pequeña... —La mujer pelirroja, de tez blanca y pecas salpicadas en las mejillas, rompió a llorar.
—Que no estaba bien —continuó la otra madre. Era morena, de rostro redondeado y labios carnosos. Hablaba con dureza—. Por eso pedimos la cita con usted.
—¡Y llegamos tarde! —Se me partió el alma. Ella lloraba desconsolada mientras su pareja la acariciaba con cariño sin dejar de mirarme, seria, con lágrimas rodando por un rostro decidido a algo.
—Sara llegó un día con un chicle pegado en el pelo. Otro día llegó con el libro de matemáticas roto. Y desde hacía un mes estaba muy irascible, sus notas habían descendido y no entendíamos nada. Ustedes sí, porque lo que fuera que le pasara le sucedía aquí.

No sabía qué decir. Me estaban acusando, culpando, pidiendo ayuda o las tres cosas a la vez, y yo apenas podía respirar.

—Yo... llevo poco tiempo trabajando aquí. Solo sé... Sara era una chica reservada, solitaria...
—¡Nada más lejos! —La mujer morena me imponía sumo respeto. Hablaba con autoridad pese a los dos ríos salados cayendo en cascada por sus mejillas. Entonces, la madre pelirroja deslizó su mano hacia mí con una memoria USB—. Si quiere conocer a nuestra hija puede hacerlo con las fotografías y cartas guardadas ahí.
—Le pido... por favor... —intervino quien me había dado el pequeño objeto; apenas le salía un hilo de voz—. Conózcala, a ella, su entorno, lo que la estaba matando... —Rompió a llorar de nuevo.
—La policía... —comencé sin saber muy bien qué decir.
—Usted está dentro. Usted puede averiguar qué ocurría aquí.
—Pero eso no... no va a servir para... para... —respondí, titubeante.
—No nos la va a devolver, pero sí nos ayudará a comprenderla en sus últimos meses de vida. Quizá años, no lo sabemos...
—Por favor... —terminó la pelirroja.

Vomité en cuanto las mujeres se marcharon. Y lloré. 

Iba a dejarlo pasar como si no hubiera ocurrido, como si solo fuera una terrible pesadilla, pero por respeto a la familia esa misma noche introduje la memoria USB en mi ordenador. La visión de aquella fotografía lo cambió todo para mí; las cartas, también. Sospechaba que allí ocurría algo más complejo y que Nicolás solo había sido víctima de las circunstancias, no el asesino. Antes de ser consciente de ello ya estaba decidido a descubrir la verdad.

Descripción del detective

Me pide usted que le hable de mi hermano, el pedagogo, ¿verdad? Pues es un hombre muy... suyo, particular, no sé si me explico. Siempre ha tenido una gran intuición y una excelente capacidad y habilidad para generar, en un breve lapso de tiempo, un clima de confianza absoluto. A un nivel exagerado, ¿eh? Si estás con él diez minutos le acabas contando tu existencia aunque nunca antes os hubierais visto. Sabe hacer las preguntas adecuadas, supongo.

Estudió Pedagogía porque cree que la educación salvará el mundo. Es idealista. Piensa que hay esperanza para todos, que si los delincuentes son detectados en sus factores de riesgo pueden recibir la ayuda necesaria para contrarrestar dichos factores. Bueno, palabrería extraña de la suya, esa de los factores de riesgo. Se toma muy en serio la misión que cree tener en la vida, la justicia, la honestidad, la búsqueda del conocimiento y la verdad... A veces puede ser incluso radical consigo mismo en el cumplimiento de estos valores. Es un hombre perfeccionista, ambicioso y autoexigente. Trabaja en un instituto y al mismo tiempo, de forma altruista, forma parte de un equipo de investigación de prevención de la violencia en la universidad. Es doctor en algo así como Psicología de la educación, la justicia y el bienestar social. Esta experiencia le ha dado una capacidad deductiva y un espíritu crítico que le convierte en mejor profesional aún. Además, ha formado parte de los grupos de intervención en crímenes juveniles, esos que se crearon y que duraron unos cinco años. Resolvía todos los casos y conseguía reinsertar a la mayoría de los chicos. Su vida y misión se encuentran en el trabajo, por eso tiene pocas relaciones. Si no le estimulan intelectualmente, no le sirven en su investigación o no necesitan de su ayuda, suele retirarse. Antes solía enfadarme con él por ello, hasta que le acepté tal y como es. No tiene remedio.

Toda esa fachada cubre la realidad de un hombre que, al mismo tiempo, es sensible. No soporta las injusticias; mucho menos si no puede hacer nada al respecto. En su casa no hay televisión y nunca verás en su navegador páginas de prensa. Si él no puede arreglarlo no quiere saberlo. ¿Le he dicho ya que es muy... especial? Pues eso. Y tiene miedos que no se le notan pero le aterran. El fracaso, por ejemplo. Eso le ha convertido en una persona obsesiva que consigue resolver su trabajo en cuestión de días, aunque para ello deje a un lado las horas de comida y descanso. También tiene una memoria que asusta, recuerda hasta el más mínimo detalle de un gesto, una palabra, algo que sabe que luego es posible que le sirva. A él eso no le ayuda, por supuesto. Tiene infinitud de pesadillas.

Físicamente, ya le ha visto... es alto, delgado pero de complexión atlética, algo que mantiene por su afición al atletismo. Creo que lo utiliza para soltar la frustración cuando algo no sale como él esperaba. Más que fuerza física, sabe aprovechar la del adversario: es judoca. Tiene los ojos marrones, como yo, pero más oscuros. Parecen negros. La gente suele decir que tiene una mirada muy profunda. Cejas pobladas, boca grande pero bien proporcionada con labios carnosos... Cuida mucho su dentadura. Es un poco maniático porque es capaz de oler algo a mucha distancia, por lo que habitualmente, si sale a la calle, lleva una mascarilla. Ya le he dicho que es un poco particular, ¿verdad? Tiene unas piernas largas y corre casi tan rápido como su cerebro deduce. La apariencia nunca le ha importado demasiado, así que suele vestir informal y con colores que no llamen la atención. Eso no ha cambiado: ya utilizaba esos tonos cuando éramos unos críos.

Todo esto que le estoy contando lo sé porque soy su hermano y han sido muchos años conviviendo con su forma de ser; otra persona no podría decirle mucho porque es muy reservado. De sí mismo habla muy poco. ¿Le gusta el baloncesto? ¿El ajedrez? ¿Está enamorado? No lo sabemos, ni siquiera yo. ¿Es asexual? Ni idea. ¿Homosexual, bisexual? Tampoco. ¿Cree en Dios? Sospecho que sí, pero no puedo asegurarlo. Su sentido de la verdad y la justicia, de participar en un bien más grande, me recuerda un poco a lo que solíamos oír en misa cuando mis padres nos llevaban antes de hacer la primera comunión.

¿A que es curioso cómo, siendo tan raro, consigue que cualquier persona se abra a él como le decía al principio? Los menores le adoran. Recuerdo que apenas necesitaba una hora y media con un menor delincuente para que éste siguiera todas sus indicaciones, confiando en él y en su palabra. Mi hermano solía decirme que la confianza debía ser mutua si se pretendía que funcionara. Nunca lo he comprendido porque yo no confiaría en alguien que ha robado, herido o algo peor. Con las personas que le rodean también es servicial, ayuda, dedica su tiempo, escucha y consejo, sea la hora que sea. En vacaciones suele irse de misiones. Pienso que todo eso hace que, aunque personalmente pueda chocar con sus colegas, todos le aprecien en cierto modo. Saben que es bueno, supongo, y que estará ahí si lo necesitan. Siempre ha sido así. Del mismo modo, puedo decirle que es la persona más honesta que conozco.

A veces se me viene a la mente su elevado sentido de la responsabilidad y concluyo, especulando, que su obsesión por el bien puede ser una forma de compensar algo por lo que se sienta culpable, responsable. Aprendí de él que la mente humana es un misterio, que distorsiona la realidad, especialmente si ésta es dura o hace daño. 

En fin, creo que no tengo mucho más que decirle... Ese es él. Un tipo que quizá esté huyendo de algo arreglando el mundo a su paso, dispuesto a desentrañar cualquier enigma, investigador nato y, como he dicho, con un sentido de la verdad y la justicia muy arraigados.

Resolución del caso

La pista con la que inicié mi investigación fue una fotografía. Sara acababa de mudarse y era nueva en el centro escolar. De eso hacía ya algunos años, pero incluso entonces pude ver que algo ocurría. En el centro de la foto, el alumnado se agrupaba alzando los brazos, sonriendo y mostrando ilusionado su disfraz. Sara, sin embargo, se ubicaba en una esquina, cabizbaja y con los hombros caídos, completamente apartada de los demás tan literalmente que, de haber sido cortada la fotografía por ese lugar, nadie hubiera notado que faltaba alguien. Esta prueba me hizo mirar otras fotografías de otros cursos, especialmente de aquellos más recientes. En todas ellas aparecía seria, sin expresión emocional en el rostro. Recordé entonces el estudio científico realizado por Fontaine y otros colegas en el año 2016. Sara podría haber sido víctima del llamado maltrato entre escolares.

Revisé enseguida los sociogramas que realizábamos en el centro cada dos años y, nuevamente, otra evidencia me encaminaba a esa realidad: tenía una posición baja dentro de la jerarquía del aula y así había sido desde su llegada hasta su asesinato. Andersen, junto a sus colaboradores en el año 2015, había encontrado en una rigurosa investigación que esto incrementaba las probabilidades de victimización escolar.

Leí el diario de Sara. Necesitaba conocerla para identificar a la persona que pudiera haberla deseado matar. Allí descubrí que era una persona profundamente creyente y hablaba de un confesor con quien se sentía segura. La única persona en el centro en la que podía confiar. Supe enseguida que se refería al único sacerdote del instituto, mi buen amigo Nicolás. En ese momento confirmé que él no había podido ser el asesino. No encajaba con las pruebas que tenía, con la actitud y sentimientos de la víctima, de Sara. 

Descarté a quienes encajaban en el perfil de víctima agresiva. Suelen ser muy impulsivas e inestables y habrían terminado confesando. Me centré en el perfil de agresor más inteligente, así que reduje la lista de sospechosos a quienes tenían un estatus social elevado en sus respectivas aulas, siguiendo los factores de riesgo identificados por Garandeau, Lee y Salmivalli en el año 2014. Hice entrevistas y sociogramas. Así, observé conductas narcisistas, justificación de los medios por un fin deseado, importancia personal del estatus social en el aula... y otros factores que definían las probabilidades de que alguien fuera maltratador inteligente, psicópata.

Finalmente, me quedaron dos menores. Les pedí que hicieran un dibujo sobre la humanidad. Sabía que quien hubiera asesinado a Sara representaría lo contrario a lo que verdaderamente pensaba: que los seres humanos son indignos de confianza. Era un rasgo muy característico del maquiavelismo que Berger y Caravita, en el 2016, habían identificado en los maltratadores de sus compañeros, ya fueran chicos o chicas. Lo que no me esperaba era el resultado: Marcos dibujó una humanidad dividida por la riqueza, mostrando la realidad de las noticias de televisión y la que vivíamos en el mal llamado primer mundo. Irene, mi querida alumna, quien me ayudaba siempre, sin embargo, dibujó un mundo alegre, utópico, algo que, tras la entrevista clínica que había tenido con ella, sabía que no pensaba.

Aquello me dolió profundamente. Creo que ella lo notó. Quise aguardar antes de hablar con la policía, que aún seguía confiando en mí por el grupo de investigación de criminalidad juvenil al que pertenecí. En los días posteriores observé si había hipocresía, comportamientos medidos y habilidades de manipulación que me convencieran de que realmente había sido ella. Se mostraba sumamente educada con el profesorado, sin embargo, me di cuenta por primera vez de cómo era capaz de convencer al resto del alumnado para conseguir lo que deseaba, ya fuera un cambio de fecha de examen o a dónde ir de excursión. Desde mi despacho se divisaba el patio de recreo y pude ver, con un profundo dolor, cómo modulaba su comportamiento fríamente según estuvieran presentes mis colegas o no. 

Decidí que necesitaba una prueba más, pero ésta no tardó en aparecer ante mí como la más clara evidencia. Observaba el patio desde el despacho mientras le contaba a mi hermano, miembro del cuerpo de policía, las pistas y evidencias que había ido encontrando en mi investigación. No parecía sorprendido hasta llegar al final. 

—¿Y quién es, Mateo? 
—Necesito una prueba más, Marcos —respondí.
—El forense nos ha informado de que quien asesinó a la víctima pudo haberle quitado un zarcillo. Si ha sido así puede estar en la basura o vete a saber dónde... 
—Un zarcillo...

Oímos un grito y ambos contemplamos cómo un grupo de alumnas rodeaba a una chica y la agredía. Irene estaba allí, gritando, animando, guiando la agresión sin participar en ella.

—Cuando regresen del recreo ve a la clase de la víctima. Revisa los estuches, los pendientes que lleven puestos... La asesina lleva el zarcillo como trofeo encima porque es una chica narcisista y psicópata. En ningún momento se esperará que la descubráis así, sobre todo si no ha salido la información que me has dado en prensa.
—No ha salido. He venido en cuanto nos lo han dicho.

Mi hermano llamó a sus compañeras e hicieron el registro sin cuestionar mi palabra, deducción o acotación de sospechosos. Irene, efectivamente, llevaba un zarcillo diferente en cada oreja. Comprobaron que fuera el mismo tipo que el de la víctima, se lo requisaron y se lo llevaron. Estuve presente. Irene ni se inmutó. Simplemente, al pasar por mi lado, me dijo: "soy menor de edad, estaré aquí antes de que te des cuenta".

Los análisis confirmaron que el zarcillo que llevaba Irene era el de Sara. Y, como ella auguró, apenas estuvo unos meses recluida en casa y teniendo que acudir a servicios educativos por ser menor de catorce años.

(María Beltrán Catalán)

viernes, 20 de abril de 2018

Segunda vida

«¿Te encuentras bien?», pensó Carles.
«Me están vigilando», respondió su compañero.
«Suelen hacerlo».
«No así».

Carles, extrañado, aprovechó la conversación mental para hackear el sistema y encontrar la ubicación del compañero. Frunció el entrecejo al descubrirla fuera del mapa digital de su pulsera.
«¿Dónde estás?». 

No hubo respuesta. Llevó una mano al parche traslúcido de su frente para comprobar si había algún daño. Tras la revisión volvió a colocárselo. Trabajaba para aquella compañía, una de las más poderosas del mundo, desde hacía varios años. El compañero ya estaba allí cuando llegó. Fue amable en la oficina cibernética donde se conocieron y conectaron, literalmente, enseguida. Tenían una relación cordial, pero afable, probablemente la única posible lejos de intereses para Carles. No resultaba sencillo este hecho con el limitado salario mensual. 

El sonido de la alarma le recordó que debía comer. Se colocó una mascarilla antes de salir. La oscuridad se cernía sobre la ciudad, lo cual contrastaba con los carteles publicitarios digitales, de llamativos colores y eslóganes exóticos, ubicados sobre los edificios. Había muchas personas desesperadas por llegar a tiempo a sus respectivos lugares mientras otras tantas se consumían en el alcohol y las drogas. Aquella segunda vida era húmeda, deprimente y contaminada. La real, la cibernética, sin embargo, sí valía la pena.

«Ayuda...». Reconoció enseguida el pensamiento del compañero pese a las interferencias. Algo en su segunda vida estaba afectando a la que compartían. Carles no supo identificar muy bien la emoción experimentada pero estaba decidido a encontrarle.

—¡Eh, Llaves! —La voz de Puños sonó tras él—. La hamburguesería de la esquina acaba de cerrar. Vamos a asaltarla.
—Ve tú —dijo, girándose—. Hoy voy a hacer otra... —Un puñetazo interrumpió la objeción. Carles luchó por mantener el equilibrio y se llevó la mano a la nariz. ¿Estaba sangrando? El instinto de supervivencia cuando se tiene familia convertía a la gente en personas más frías, impulsivas y agresivas. Él, hábil con los cerrojos, suponía un acceso más limpio a los locales. Entendía la frustración de quien le había pegado, pero debía irse.
—No vas a interferir en mi comida. Vienes y punto —insistió.

Puños levantó la mano cerrada para dirigirla nuevamente a la cara de Carles, quien respondió con una exitosa llave de judo. Luego, salió corriendo. Entre la multitud de aspecto desgastado fue fácil perderse. Miró la pantalla de su muñeca. La batería del aparato fuera de la vivienda era de duración escasa: tendría que darse prisa. Buscó allá donde le alcanzaba la vista encontrando una moto al otro lado de la calle. Entre tantos ojos distraídos, Carles se montó y puso en marcha el vehículo rumbo al punto de localización de su compañero. 

Cruzó la ciudad sorteando peatones, vehículos, contenedores de basura y otros obstáculos por zonas desconocidas para él, aunque todas tenían el mismo aspecto degradado bajo la lluvia. Se percató de que se iba reduciendo el número de personas a la vista cuanto más se acercaba al límite urbano. No le dio tiempo a preguntarse el motivo antes de que unas agentes le detuvieran. Por un momento se planteó si acudir en ayuda de su compañero en lugar de proseguir la rutina marcada, perjudicando a una familia entera con ello, era la decisión correcta. Las mujeres uniformadas le indicaron la imposibilidad de continuar en aquel sentido: la calle estaba cortada.

—No me importa —respondió neutral.

Las agentes le agarraron de la chaqueta sacándole de la moto. Luego, una de ellas le dio una patada en el vientre. Carles se retorció por la inercia del golpe. Si sufría daños graves no podría encontrar a su compañero ni regresar a tiempo al centro, así que se irguió y, con un gesto, les invitó a repetir el ataque. Al llevar a cabo la llave maestra se percató de algo extraño en aquellas agentes. El contacto con el asfalto sonó metálico: eran avatares. Las mujeres se levantaron. Carles conectó enseguida su cognición al sistema cibernético de la pulsera. Empezó a alejarse con cada paso de acercamiento de ellas. Le estaba costando hackear la base motora de aquellos seres. Le acorralaron. Carles siguió intentándolo pese a que cada vez percibía menos probabilidades. 

«Joder...». 

Finalmente, lo consiguió y los avatares quedaron paralizados.

«Somos autoridad. No sabes lo que estás haciendo. Estás agrediendo a dos agentes de tu género. Nuestra labor es proteger...». 

Carles desconectó su cognición de las agentes. Revisó el atuendo, desvistió a una de ellas para colocarse el uniforme y cogió uno de los colgantes identificativos. Accedió al coche eléctrico-propulsor con el cual le habían alcanzado y emprendió la marcha sin cuestionar, aquella vez, su decisión.

El último punto de localización registrado le hizo llegar a un muro de acero ilimitado. No podía ver más allá. Se bajó del vehículo, observó con detenimiento el lugar en el que se hallaba y encontró una pantalla. En ella, un joven le saludaba mientras le indicaba dónde colocar el colgante acreditativo de agente de la ley. Siguió las instrucciones con el identificativo de los avatares que había robado previamente. Entonces le solicitaron un registro ocular: debía colocar su rostro frente a la pantalla con los ojos abiertos. Carles se apartó. ¿Cómo iba a conseguirlo? 

Estaba barajando todas las opciones posibles cuando una puerta se abrió. Dos agentes salieron, saludándole, y él aprovechó para entrar simulando su movimiento pausado. Cruzó el umbral con cautela. Ante él apareció una realidad de apariencia programada, surrealista.

La gente caminaba despacio, como si no tuviera que mirar el reloj ni tuviera vida real como él. Lo hacían en unas calles prácticamente desiertas, iluminadas como las imágenes que se veían tras la ventana de la oficina cibernética donde conoció a su compañero. Había personas adultas con menores, sin mascarillas, comiendo sobre un suelo verde, rugoso. Unas columnas marrones, salteadas por el lugar, terminaban en una copa frondosa también verde. Apenas podía reconocer aquellos elementos. Volvió en sí y miró su reloj de muñeca: la batería iba a agotarse. Corrió en la dirección indicada por la pequeña pantalla y, cuando no supo qué camino seguir, devolvió la vista a su dispositivo: éste se había apagado.

«No puede ser...», pensó.

Carles contempló los edificios de altura media, colores claros y ventanales en perfecto estado. Por un momento estuvo confuso, ¿estaba en su segunda vida o en la primera? Entonces, lo vio. Un gran letrero mate de tonos oscuros rezaba el nombre de la empresa para la cual trabajaban. Apresuró el paso hacia allí. Las puertas se abrieron automáticamente y una chica le estaba esperando.

—Hola —empezó él—, no sé dónde estoy, pero trabajo para esta compañía. A mi compañero le ha ocurrido algo.
—Sígame, por favor.

Ambos se dirigieron a un ascensor. Éste, espacioso, les llevó a una planta iluminada por luz blanca. Había muchas personas vestidas con batas a modo de uniforme. 

—Jefa, el usuario ha llegado.
—Perfecto, hazle pasar.

Carles accedió a una habitación muy extraña. Había mesas grises con artilugios que desconocía. Y camillas. En una de ellas había un hombre. 

«Márchate. Huye». Era su compañero.

Un pinchazo en el cuello le dejó inconsciente.

(María Beltrán Catalán)

viernes, 13 de abril de 2018

Ángel de la Red

Ya no había marcha atrás. Verónica iba de un lado a otro. Esmeralda estaba apoyada en la pared, cabizbaja. Fátima la acompañaba con los brazos cruzados.

—Saldrá bien. —Ana, la coordinadora, miró con cariño a sus compañeras—. Lo conseguiremos.

Julia se encontraba frente a la puerta de la Fundación Prevención de RiEsgos VItales por motivos SOciales, normalmente conocida como PREVISO. Era un edificio modesto, al igual que la entidad. Ésta se encontraba asociada a una empresa de ingeniería biomédica y de las telecomunicaciones, aunque había tantas en la zona que no sabría identificar cuál. El sensor de presencia hizo aparecer un holograma que le dio la bienvenida y preguntó si había leído y entendido las Condiciones de acceso. Al ser un procedimiento habitual y protocolario, las aceptó sin leerlas o escucharlas. Cruzó el umbral de la entrada y un empleado robótico, que la estaba esperando, la guió a una sala situada en el subsuelo. Supuso que Ana, tozuda, querría enseñarle algo nuevo sobre su experimento pedagógico-holográfico. Julia no iba a cambiar el voto, lo había hablado en numerosas ocasiones con Víctor. El proyecto era en sí mismo una muestra de osadía irresponsable y ella estaba en una posición jerárquica superior. No lo consentiría. ¿Utilizar imágenes privadas? ¿Intervenir con alguien que no sabe que ha consentido? No resultaba ético.

De repente, estaba sola y las luces se apagaron.

—Hola, Julia. Soy el Ángel de la Red. Voy a mostrarte quién eres para que puedas decidir quién quieres ser. —La voz sonaba en toda la estancia.
—El comité no ha aprobado la implementación del programa —replicó Julia con autoridad.

Un holograma le mostró las condiciones de acceso que había firmado para entrar en PREVISO. Los epígrafes que referenciaban su consentimiento estaban resaltados en negrita. Julia comenzó a sudar. Comprendió que iban a probar el experimento con ella.

—Esto no ha sido... no... No es ético... ¡No puede ser!

Apareció una imagen tridimensional que ocupaba toda la pared. Estaba en movimiento y mostraba a una chica joven sonriendo. Le resultaba familiar pero no la reconocía. Aprovechando la luz que emanaba, Julia miró en derredor. La vista solo le alcanzó a distinguir un aseo, un colchón y comida racionada para varios días. No había salida. La imagen holográfica seguía narrando sin sonido la vida de aquella chica.

Víctor notó la ausencia de su esposa al llegar a casa. Acudió a PREVISO y, aunque lo exigió indicando su cargo público, no le dieron ninguna información. Puso una denuncia de desaparición en la comisaría, pero no tardaron en comunicarle que ésta había sido voluntaria, no forzada, y no podían hacer nada al respecto.

Al cabo de unos días, Julia perdió la noción del tiempo. El holograma se desvanecía una hora en tres ocasiones y durante ocho horas seguidas diarias. Se aseguraban de que estuviera alimentada, hidratada y descansada. Julia no supo identificar cuándo había dejado de pensar en el mundo exterior para centrarse en la muchacha que se desplazaba por la estancia a placer. No sabía si era real o ficticia. Parecía tímida pero era segura. Además, observó que tenía capacidad de liderazgo y que le preocupaba mucho la justicia. Intercedía por los indefensos siempre que tenía posibilidad, aun a riesgo de perder seguridad o reputación. La querían. Vaya, su primer día de trabajo...

Entonces, la reconoció.

Víctor había citado en su despacho a la coordinadora del equipo PREVISO. Intentó sacarle información sobre Julia que le fue negada por la cláusula de confidencialidad. Amenazó a Ana con aires de grandeza. El departamento que dirigía Víctor se presentó al día siguiente con una orden parcial para peinar el edificio y encontrar a Julia, misión que fracasó. Con la firma de Julia difícilmente ganarían una batalla legal. Se sintió desafiado por Ana. En aquel momento estaba dispuesto a destruirla derribando el proyecto. No le importaba que éste pudiera mejorar la sociedad.
Finalmente, con un soborno y una falsa promesa, Víctor hizo que el departamento de informática atacara la red de PREVISO para ver, controlar y bloquear los sistemas. Los ciborg que dirigían la empresa asociada a PREVISO frenaron el ultravirus a tiempo, pero el flujo era continuo. El campo de fuerza cibernético se fragmentaría en cualquier momento.

—Si consiguen entrar van a fastidiar el programa. —Fátima se mordía las uñas mientras miraba a Ana—. ¿En qué fase se encuentra el usuario?
—Avanzada.

Julia había pasado varios días observando a su holograma tratarle con el mismo desprecio con el que ella misma había tratado a esa persona, sin ser consciente de ello, en los últimos meses de estrecha relación. Parecía un teatro en el que ella representaba a quien había sido su víctima. No comprendía cómo había sido capaz de abusar de su posición para menospreciar personalmente a una compañera a la que apreciaba. Ni cómo se había dejado convencer por Víctor para expulsarla del Comité.

—¿So, soy... una... a, acosadora?

Víctor accedió con varias personas a la fundación. Sus informáticos habían hackeado los robots para que les llevaran junto a Julia.

—¡Han entrado! —La voz de Verónica sonó desgarradora.
—¡Bajo a por el usuario! —Esmeralda se marchó a toda prisa.

Esmeralda y Víctor llegaron al mismo tiempo. Ella se adelantó para hacerle un chequeo rápido y comprobar que no hubiera daños. Parecía aturdida. Él se acercó y apartó a Esmeralda con un empujón.

—¡Detente! —Era la primera vez que Julia contradecía a Víctor.
—¿Qué... qué dices? Te tenían secuestrada, Julia. Nada de lo que han conseguido hubiera sido posible sin nuestros permisos, ¡y así lo agradecen!
—No... no, Víctor. Tú... y yo... —Julia sollozó—. Tengo que hablar con Ana —salió corriendo—, ¡tengo que disculparme con ella!

El día de la votación, PREVISO sabía que Julia votaría a favor del programa. Había superado todas las pruebas médicas y encontrado su propia voz. Solo Víctor y sus sometidos votarían en contra de una medida que podría prevenir la principal causa de muerte en jóvenes y adultos: el suicidio debido al acoso escolar y laboral.

—Durante décadas se ha utilizado la realidad virtual para la superación de fobias específicas. La realidad holográfica aumentada puede utilizarse también como herramienta reeducadora de aquellas personas, criminales o no, que abusan de su poder reiterada e intencionadamente para lastimar al prójimo. El consentimiento expreso lo obtendríamos a través de las Condiciones de acceso y uso y las Políticas de privacidad de nuestras nuevas redes sociales, que normalmente nadie lee. La víctima denunciante consciente y el acosador imprudente nos permitirían acceder a las grabaciones de su vida privada. La legalidad vigente sustenta que el gobierno obtiene estas imágenes para velar por la seguridad ciudadana. Este programa las usaría, previo consentimiento, para el mismo fin.

El Comité deliberó y aprobó, por mayoría simple, el programa pedagógico-holográfico Ángel de la Red.

(María Beltrán Catalán)

miércoles, 4 de abril de 2018

Invasores

Aquello nunca tuvo que haber ocurrido. Anser observaba con afecto el despliegue de alas de su hija, Ocarina, que escondía el extremo de su pico entre las plumas. Él formaba parte de los cuarenta gansos conquistadores y sentía orgullo al contemplar cómo se multiplicaba cada año su comunidad. Ya eran quinientos y pronto tendrían que buscar un espacio mayor. Una humana pequeña interrumpió los pensamientos de Anser con un ofrecimiento de comida. Era una especie amable. Jugaban juntos y alimentaban a los suyos. Además, limpiaban periódicamente su territorio.

—¡Padre, deme un poco! —El graznido de Ocarina llegó a sus oídos como una dulce melodía.
—Ni lo sueñes. —Anser aún tenía el pico lleno.

Ambos pelearon, entre risas, por el trozo de pan hasta que él se lo comió. La madre, junto con el resto de hermanos, se bañaba en un lago que había al otro lado del puente. Anser y Ocarina se unieron a ellos. 

—Es bonito vivir aquí. —Branta estiraba su cuello con la elegancia de un cisne.
—Bonita eres tú. —Anser acercó su pico al de Branta.

Todo sucedió muy rápido, cambiando por completo el mundo que habían creado. Unos humanos grandes tenían entre sus manos a Gansela y otros amigos. Los gansos emitían graznidos con todas sus fuerzas. Anser dio la voz de ataque. Los gansos se lanzaron con picotazos contra los humanos, que huyeron. Consiguieron salvar a muchos de los hermanos de la comunidad, pero no a todos.

—¿Cómo es que solo habéis conseguido capturar a cuatro de los gansos del parque? —El alcalde mostraba abiertamente su enfado.
—Es una especie invasora que crece exponencialmente y tenemos que deshacernos de ella.  Si no, acabará con otras aves, algunas de ellas en peligro de extinción —intervino el biólogo delegado de Protección de Aves Españolas—. Es una medida impopular, pero son los gansos o las demás.
—Los gansos se rebelaron —se excusaron los operarios—. Tuvimos que huir. Estamos asustados, todos escuchamos en el telediario que transmiten enfermedades.
—Cumplid con vuestro deber. Hicimos este parque para el pueblo, no para los gansos —sentenció el alcalde. Seguía sin comprender cómo habían llegado esas aves al parque y por qué no le podía haber ocurrido a su predecesor en el cargo en vez de a él. 

Al día siguiente, un grupo de veinte personas acudieron al parque, situado junto al río Guadiana, con redes para capturar a los gansos. En esa ocasión consiguieron capturar a un grupo de ellos, y habrían secuestrado a más aves si los graznidos de los vencidos no hubieran alertado a los demás. Tuvieron que retirarse y algunos de ellos resultaron heridos. La prensa aguardaba, ansiosa de primicias, en la puerta del recinto.

Mientras tanto, un grupo de terrorismo medioambiental jugaba a las cartas en un garaje. Había adquirido cierta reputación con los incendios forestales provocados en otras zonas de la península.

—¿Has visto las noticias? —El líder se dirigió a su compañero, ofreciéndole una cerveza.
—No, ¿por qué? ¿Algo arde? No es época. —El joven cogió el móvil que le ofrecía otra compañera.

“Badajoz no sabe qué hacer con sus gansos: atacan a los ciudadanos y cada vez son más numerosos y agresivos. El Ayuntamiento ha pedido ayuda al Gobierno.”

—Creo que va siendo hora de jugar. —El cabecilla sonrió maliciosamente.
Branta acogía bajo sus alas a una Ocarina asustada. Anser las contemplaba. Había llamado a todos los grupos de gansos que residían en el parque. Los humanos les habían declarado la guerra en su propio territorio y debían defenderse. Era su hogar.
—¿Y si nos vamos? —Gansela señaló con el pico la pata que le habían herido en el primer intento de secuestro—. De todos modos pensábamos hacerlo. 
—¡Sí, claro! ¿Y qué pasa con nuestros hermanos caídos? ¡Venganza!
Los graznidos de opiniones dispares llenaron el parque. Éste estaba sucio y oscuro. 
—¡Silencio! —intervino Branta—. La venganza nunca debe ser un motivo, pero tampoco somos cobardes. ¿Qué le estaríamos enseñando a nuestras crías si cedemos ante quienes nos atacan?
—Branta tiene razón. No atacaremos por venganza. ¡Nos prepararemos para defendernos! —Anser gritó batiendo sus alas y alargando su cuello.

Era de noche. Ocarina vio unas luces cuadradas acercarse a ellos. Los demás no tardaron en darse cuenta. Anser y Branta organizaron a los suyos en filas de diez, una detrás de otra. Heces y picotazos por turnos hasta acabar con el enemigo.

—¡Los veo! ¡Allí están esos gansos!
—¡Sí, yo también los veo!
—Seremos héroes. ¡Adelante!

El pequeño grupo de terrorismo ambiental que había acudido al parque estaba formado por cinco hombres. Jamás imaginaron ser un grupo demasiado reducido para hacer frente a cientos de gansos. Lanzaron el primer cóctel molotov.

—¡Padre! ¡Madre!

Ocarina contemplaba alarmada cómo su familia y amigos caían contra aquellos humanos grandes. Llena de rabia, avisó a Gansela y le propuso una alternativa. Ella no quiso escucharla pero, cuando el número de gansos se vio drásticamente reducido, cambió de opinión. Redistribuyó a los compatriotas de las últimas líneas de combate en filas de diez, como antes, pero desde diferentes ángulos. Atacarían desde varios frentes al mismo tiempo. Era la batalla definitiva. Mientras tanto, ninguno de los bandos era consciente de que el parque se iba consumiendo en las llamas.

—Oh, ¿qué pasa? ¿Ya no sois tan valientes? —Uno de los humanos se burlaba de los gansos. Gansela solo vio que bajaba la guardia.
—¡Ahora!

De repente, el pequeño grupo de humanos se vio acorralado y sin capacidad de reacción. Apenas podían abrir los ojos o respirar bajo la lluvia torrencial de picotazos que no cesaba. Estaban asustados, querían escapar y no podían. Los gansos iban relevándose en un ataque continuo. Gansela estaba dispuesta a matarlos.

Los instantes siguientes sucedieron muy deprisa. Unos humanos vestidos de colores rojizos llegaron con mangueras de agua. Los gansos se retiraron y fue entonces cuando vieron su hogar destrozado. Otros humanos se llevaron a los atacantes en camillas blancas. Al fondo, flashes centelleaban. Allí no quedaba nada por hacer. Gansela dijo a los suyos, reunidos sobre el pequeño puente que adornaba el parque, que habían luchado hasta el final y era de sabios reconocer el momento de marcharse. Los gansos, malheridos física o emocionalmente tras la batalla, eran conscientes de que podían seguir ganando enfrentamientos con el liderazgo de Gansela. No obstante, también reconocían su autoridad y no hubo oposición a la decisión. 

—Han ganado ellos: nos vamos. —Ocarina dirigió una dolida mirada a Gansela.
—No, Ocarina. En una guerra siempre pierden los dos bandos.

Gansela inició el vuelo.

Autora: María Beltrán Catalán

martes, 20 de marzo de 2018

Compulsión

El primer paso fuera del establecimiento le hizo sentir como un chiquillo entrando a un nuevo colegio. Alzó la vista hacia el cielo y cerró los ojos. La tibieza del sol se experimentaba de un modo distinto; la brisa, con inmensidad. La libertad siempre le había dado miedo, pero en aquella ocasión podía saborearla. Era capaz de distinguir el piar de los gorriones entre el tráfico de la ciudad, el olor a azahar entre la contaminación. Había ansiado tanto ese momento, que no supo identificar las emociones que sintió cuando le dieron el alta médica. Había superado su adicción, su abandono de sí mismo y de lo que más le importaba. 

Atento y sorprendido, se dirigió al apartamento que su hermana, generosamente, había alquilado para él. En el camino observó cómo las modas, el lenguaje, las tecnologías... y tanto del mundo que había conocido ya no era lo mismo. Para él fue como ser extranjero en su propia ciudad. No hubo fiesta de bienvenida; bueno, nadie, esperando su regreso. Incluso su hermana recelaba de su recuperación, si bien eso no le impedía custodiarle como ángel de la guarda. Entró en su nuevo hogar. Todo estaba limpio y frío. Buscó un teléfono y lo halló en el dormitorio. Se había repetido aquel número cada día de internamiento. Lo marcó.

—¿Sí, dígame? —Una voz dulce y cantarina contestó a la llamada.
—Lucila, soy yo —logró decir tras una breve pausa para tomar impulso.
—¿Papá? 

Aquella palabra le desvistió de su armadura. Se derrumbó como un castillo de naipes y lloró.

—Lucila, ¿quién es? —La voz de Cristina sonó a lo lejos, y se acercó rápido para coger el teléfono en cuanto vio la mirada brillante de su hija—. Te dije que no llamaras hasta que fueras capaz de estar sobrio... —le dijo con voz seria.
—Cristina, he estado en el centro de reinserción. El del folleto que Lucila me dio antes de que te la llevaras.
—Y te has vuelto a escapar.
—No, me han dado el alta. Estoy en un piso que me ha facilitado mi hermana hasta que encuentre trabajo o emprenda.
—Esto no es justo y tú tampoco lo eres.
—Solo quiero verla.
El silencio que sobrevino a su petición se le hizo eterno, pero no le importaba esperar la vida entera por volver a encontrarse con su hija.
—Si dentro de una semana sigues sobrio y nos vemos en la cafetería Flores, a las siete de la tarde, al día siguiente podrás verla. Lo siento, pero no puedo dejar que vuelvas a lastimarla.
—Allí estaré.

Una semana. 

Sería difícil. Su médico le había dicho que el primer día sería el peor y que debía alejarse de relaciones pasadas, tóxicas, tentadoras. Sonaba más fácil de lo que resultaría lograrlo.

Al cabo de unos días salía de una empresa tras haber entregado su currículo y alguien le abordó. Era un hombre de apariencia anciana y débil, pero joven en edad. Le reconoció enseguida pero no quiso pronunciar su mote, ni dar pie a que se iniciara una conversación. Él, sin embargo, no opinó lo mismo.

—¿Es que no me reconoces, tío? Soy yo. Cuánto tiempo ha pasado. Mírate, pareces un pijo. ¿Dónde lo has conseguido?
—Aquí —Extrajo de su chaqueta un folleto del centro que le había ayudado en su reinserción.
—Tío, ahí te drogan. Es como una cárcel pero peor, porque te quitan incluso la voluntad. 
—No, allí la recuperas.
—Yo soy libre, me levanto cuando quiero y hago lo que me da la gana.
—Yo también lo pensaba.
—Mira, aún me queda un poco de lo que tanto te gustaba.

Observó con los ojos abiertos la droga que le ofrecía. Por un momento acercó su mano para aceptarla, por un instante creyó que la necesitaba.

—¡Aparta eso de mí!

Salió corriendo. 

Su hija. Su hija. Eso era lo que necesitaba.

Los días eran largos incluso en compañía, aunque su hermana intentaba darle facilidades. La gente fumaba y bebía con normalidad y eso le generaba ansiedad, desesperación. Y aún era más difícil cuando alguien le ofrecía un cigarrillo o una copa. Decir que no cuando ansiaba decir que sí. Las noches también se volvieron eternas. Hasta que, por fin, llegó la tarde en la que podría demostrarle a Cristina que podía ser un buen padre, que había regresado, que no haría daño a su pequeña.

Apenas durmió la noche anterior. Los nervios no le permitieron conciliar el sueño, pero fueron útiles para no amanecer cansado. El problema, sin embargo, era que se notaba ansioso. Se dirigió antes de la hora prevista a la cafetería, por si acaso, y se situó junto a la entrada del local. Enseguida supo que era una mala idea esperar junto al grupo de personas que salía a fumar cada cinco minutos. Si quería evitar pedirles un cigarrillo debía entrar dentro, y así lo hizo. El barman le reconoció en cuanto se acercó a la barra y le sirvió, como siempre, un whisky con hielo. Aquello le pilló desprevenido y notó el calor repentino en su rostro. Eso era demasiado. No iba a ser capaz.

—Hoy no, Mateo. Sírveme un refresco —dijo, al fin.
—¿No querías lo de siempre?

Decir que no ansiando decir que sí. Por su hija. Debía conseguirlo.

—Yo...

Era tan difícil.

—No, Mateo. Hoy quiero un refresco sin alcohol. Gracias.

Cristina llegó a la cafetería con la seguridad y sencillez con la que siempre caminaba. Los años no pasaban en ella. Temía no encontrarse con quien aún era su marido, hallarle bebiendo de nuevo aquel whisky con hielo. No le reconoció entre las personas que estaban en el exterior, así que respiró hondo y abrió la puerta. Aunque siempre había esperado esa llamada, nunca esperó que sucediera realmente. Le daba miedo creer que fuera cierto y llevarse un nuevo desengaño. Echó un vistazo sobre las mesas y la barra. 

Y, entonces, lo vio. 

Sentado en un taburete, de espaldas a ella, estaba su marido. Y, justo al lado, un vaso de whisky con hielo.

Autora: María Beltrán Catalán

viernes, 16 de febrero de 2018

Nosotros

Texto y fotografía por
María Beltrán Catalán (LadyLuna)
Somos nosotros, hogar. Levantarme contigo y que nuestros besos no paren, hasta que te pierdas en la lejanía del camino que te lleva al trabajo. Es tu regreso, que haga ruido, que yo sea la primera en abrir. En verte. Luego tú me miras, me besas y nos abrazamos. Es casa, ese sitio seguro de los juegos infantiles, donde nada malo puede tocarte, donde es imposible perder. Eres tú, soy yo. Somos nosotros. Es una distancia a nuestra medida, que no existe. Es el amor haciéndose cada día en nosotros, cada noche. Es una serie infinita en el sofá tarareada, con algún bostezo y algunas risas, con mucho cariño. Son recuerdos creándose. Son experiencias viviéndose, sueños compartidos para mañana, para pasado, para el otro. Somos nosotros cada día, cada noche. Hogar. Dentro y fuera, allí y aquí. Siempre nosotros.

miércoles, 17 de enero de 2018

Detective justiciero

-¡Es una trampa! ¡No deberías quedar con ellas!
-Todos merecemos una segunda oportunidad ¿no? A ti te la di y ahora somos amigos.
-No es lo mismo...
-¿Por qué no?
-¡Porque no y ya está!
-Diego, mira... Mira ese árbol.

El muchacho desvió la vista de su amiga al árbol indicado.

-Es otoño y sus hojas caen. En primavera será colorido. Si cambian las estaciones, ¿por qué no las personas?
-Porque las personas pueden ser malas, Matilda.
-Y buenas.
-Ellas no lo son.
-Todos tenemos un poco de todo, aunque todos elegimos qué alimentar, si el bien o el mal, y eso es lo que crece. A lo mejor han elegido hacerlo diferente.

Matilda cogió su abrigo del armario y salió de casa.

-No pienso ir a ver cómo te hacen daño.
-Lo entiendo. No importa.

La joven adolescente llegó al lugar indicado por sus compañeras de clase. Al llegar, dos de las chicas confesaron antes de que Matilda pudiera decir nada.

-Admito que te empujé. No quería hacerlo. Me convencieron. Sé que estuvo mal. Lo siento.
-Yo también lo admito y lo siento.

Matilda las escuchó. Aunque había asistido al encuentro, que era en un lugar concurrido y seguro, su corazón latía rápido. Se encontraba en terreno hostil y en desventaja. Debía estar alerta por si Diego tuviera razón.

-Acepto vuestras disculpas si se lo contáis a la profesora.
-Entonces nos expulsarían. Tenemos faltas de comportamiento acumuladas, no como tú o como quien nos convenció para hacerlo.
-Es lo justo. Ahora mismo soy yo quien tiene el castigo. Y eso es injusto. Yo no hice nada.
-No podemos hacer eso. Nuestros padres no nos dejarían salir en una semana tampoco.
-Entonces no habéis dicho la verdad. No lo sentís. Os da completamente igual.

Matilda se dispuso a marcharse pero una de las chicas la asió del brazo. Ella no se giró. Solo podía esperar. 

-Suéltame.
-Te lo tienes muy creído. Piensas que todos deben hacer lo que tú digas.
-No, lo que creo es que hay que ser coherente con lo que se dice y con lo que se hace. Suéltame.
-No me da la gana.

La otra chica soltó una carcajada y Matilda hizo un brusco movimiento con el brazo, consiguiendo desasirse. Sin mediar palabra se marchó a paso firme, rápido pero sin correr, y con la cabeza alta. Empezaron a lloverle piedras. Había gente alrededor, algunos miraban y otros no, pero nadie parecía ver. Todos callaban y dejaban hacer. Entonces Matilda echó a correr.


Al día siguiente había una fotografía colgada por los pasillos, en la clase, en la pizarra, en la mesa del profesor...

-¿Quién sacó esta foto?

La pregunta era una amenaza en el tono. La formuló la parte dominante de la pareja de chicas con las que Matilda se había encontrado la tarde anterior. El resto de compañeros guardaba silencio.

-¡Quién ha sacado esta foto!
-Así que es una foto, no un montaje. Está bien saberlo.

La joven adolescente se giró alarmada al escuchar la voz de la profesora.

-Yo no he dicho eso.
-Ya, claro. Lo que estás haciendo en esa imagen no es legal, por cierto. 

La profesora redactó una citación para las familias de las dos agresoras y se llevó consigo a las dos muchachas.

-Las familias defenderán a sus hijas. Esto no servirá de nada. Seguirá siendo la palabra del grupo contra la mía.
-Esa foto, en la que salen tirándote piedras, aunque no se te ve la cara, está también en la calle y en la puerta del colegio. Y me consta que la han recibido más familias, e incluso la policía. 
-¿Cómo sabes eso, Diego?
-Ya sabes que quiero ser detective justiciero.

Matilda sonrió.

-Eso no existe.
-Existo yo, que por el momento me vale. Además, ahora la profesora te cree.
-Eso es cierto.

La profesora regresó sin las chicas y las clases dieron comienzo con normalidad.

-Diego, que... tienes razón. Existes tú, y eso a mí también me vale.

El muchacho esbozó una ligera sonrisa mientras continuaba tomando apuntes. Ella, imitándolo, tomó el bolígrafo y comenzó a escribir en su cuaderno.

Autora: María Beltrán Catalán (Lady Luna)

sábado, 16 de diciembre de 2017

Despliegas las alas

Fotografía realizada por David García Felis
Despliegas las alas y te recuerdo en aquellas letras azules, en el buen corazón que te motivó a encontrarme sin saber que me buscabas.

Despliegas las alas y releo nuestras conversaciones, nuestras risas cómplices, tu hombro al otro lado de la pantalla, tu callada compañía cuando más la necesitaba.

Despliegas las alas y cogí aquel tren. Y fue Madrid, la magia, la ilusión, la cena, la estrella fugaz, el deseo, Pandi, el semáforo en rojo y nuestro primer beso. Fue también el sofá, las caricias en el pelo, el reloj del que nos olvidamos durante tantas horas.

Despliegas las alas y regresé. Y ya sabíamos que estábamos destinados a estar juntos. Eras tú. Siempre habías sido tú.

Despliegas las alas y los kilómetros se agrandan. Qué cosas las del amor, que no hay distancia que pueda con su verdad.

Despliegas las alas. Consigues aquel sueño tras tanto esfuerzo. Y soy feliz de verte brillar, sobre todo cuando tus ojos se iluminan como dos universos en los que me apasiona perderme.

Despliegas las alas y estás conmigo. En todas las tormentas y tormentos, en los días de lluvia y sol, en letras y en voz. Con distancia y sin ella. Y disfrutas viéndome brillar también.

Despliegas las alas y te acercas, subimos a castillos, palacios y alcázares, bajamos a los bosques, parques, a playas, jugamos con arena, agua y sal. Y aún me gustas más.

Despliegas las alas y me cubres, me abrazas, me esperas y me animas. Y te dejas también cubrir, abrazar, esperar y animar por mí.

–María, yo te recibo como esposa y prometo amarte fielmente durante toda mi vida.
–David, yo te recibo como esposo y prometo amarte fielmente durante toda mi vida.

Despliegas las alas. Y yo también. Y echamos a volar...

Autora: María Beltrán Catalán (Lady Luna)

sábado, 25 de noviembre de 2017

Los elegidos

Pedro había sido el elegido. Entre todos los escolares de aquella clase, la profesora había dicho su nombre. Él se encargaría de anotar en la pizarra el nombre de aquellos compañeros que osaran hablar. El primer minuto transcurrió en el más sepulcral de los silencios. Durante el segundo, se escuchó una voz. Identificó enseguida el acento de la chica nueva y extranjera. A ella, no la anotaría en la pizarra.

Lucía también tenía nombre propio. No la habían elegido en ninguna parte, simplemente había llegado allí. El silencio representaba un pasaporte para quien rebosa imaginación. Mientras sus iguales estaban en clase, ella había viajado a la Catedral de Sevilla. Qué bonita es. Recorría pasillos, rampas, lugares escondidos y lugares diversos... Se fijaba en los detalles de la arquitectura, de las pinturas y de todo lo que formaba parte de aquel magnífico monumento.

-¿Cómo olerá? -susurró, quien solo conocía aquella ciudad a través de los libros.

-Lucía, has hablado, te anoto -interrumpió Pedro.

Lucía se encogió de hombros. 

Los demás compañeros no tardaron en retomar el murmullo de las conversaciones. Alguien le estaba contando un sueño que había tenido la noche anterior a quien se sentaba a su lado. Pedro se interesó y le pidió que lo contara un poco más alto.

Mientras tanto, en la pizarra, solo el nombre de Lucía seguía leyéndose.

El sonido de los pasos de la profesora sumió en el silencio más absoluto a la clase. Se abrió la puerta y la profesora entró, acompañada de otra persona, la cual vestía una especie de capa. 

-Bien, niños, ella es Margarita -la presentó.
-Hola Margarita -dijeron todos.

Margarita se fijó en el nombre escrito en la pizarra. La profesora, también.

-Lucía, por haber desobedecido, serás la primera en salir de clase con Margarita. -Luego, se dirigió a Pedro -Muy bien hecho, puedes sentarte.

Margarita hizo un gesto, invitando a Lucía a irse con ella. No hubo preguntas, solo silencio, mientras recorrían el pasillo hasta un despacho. Allí había dos personas. Sin mediar palabra, le pusieron unas cartas en la mesa, las cuales tenían dibujos de diferentes objetos. Luego, las retiraron. 

-¿Me puedes decir los dibujos que recuerdas haber visto?

Lucía no sabía que tenía que prestar atención a las cartas. Explicó, no obstante, las representaciones que recordaba.

Margarita observaba a Lucía. Para ser una chica desobediente estaba inusualmente callada y estaba respetando el proceso sin cuestionarlo, al menos explícitamente.

-Puedes regresar a clase.

Lucía se levantó de su asiento y se marchó. Nadie la siguió. Caminaba despacio. No tenía prisa por volver a la clase. Estaba apunto de regresar a la Catedral cuando una voz la sorprendió.

-Me llamo Alejandro, ¿quieres ser mi amiga?
-Me llamo Lucía. Vale.
-Tengo una idea, ¿y si te llevo a un sitio muy chulo antes de que vuelvas con esa gente?

Lucía rió y asintió.

Alejandro asió de la mano a su nueva amiga y corrió hacia una pared, tocó varios ladrillos y se abrió una especie de pasadizo. Ambos siguieron corriendo por los caminos hasta llegar a una pequeña aldea como las que salían en los libros y películas, de calles sin asfaltar y trabajos manuales. Olía a tierra mojada, a madera, a fuego, pero no tenían frío ni calor. Lucía apenas se fijó en las personas vestidas como de otra época, simplemente siguió a su nuevo amigo.

Éste la llevó hasta una carpintería, donde un señor retocaba lo que parecía la figura de un caballo de juguete.

-Señor, ¿podemos quedarnos a mirar?
-Por supuesto que no. Venid y ayudadme.

Ambos se sintieron muy contentos. Principalmente observaron, ayudando en tareas menores, pero aquella fue una de las mejores excursiones de Lucía.

De repente, sonó un timbre.

-¡Vamos, corre!

Alejandro volvió a tomar de la mano a Lucía y echó a correr, regresó a los pasadizos y, en un abrir y cerrar de ojos, literalmente, Lucía se hallaba sola, frente a la puerta de la clase. 

-¡Volveremos a vernos!

Se giró, pero su amigo había desaparecido. Esbozó una tímida sonrisa. Había sido la elegida, por su nuevo amigo, para vivir una aventura insuperable, y eso no dejaba indiferente a nadie. No obstante, respiró hondo y entró en el aula con aparente normalidad.

Autora: María Beltrán Catalán (Lady Luna)


martes, 31 de octubre de 2017

Intocable

Eres un espejismo que se dibuja en mis sueños. Una ilusión que se confunde con el verdadero recuerdo, que tal vez no sea nada. Sé que fue real, pero ¿hasta qué punto de la historia? Eres intocable. Apenas puedo rozarte con el pensamiento. No existes, en realidad, pero tampoco desapareces. Al menos, no del todo. Y te echo de menos. Bueno, en el fondo, no sé qué echo de menos exactamente. Nada puede cambiar lo que es o no es. No tengo reproches que hacerme porque volvería hacer lo mismo si tuviera las mismas oportunidades. Con todas las consecuencias. Con todas las veces que me salvaste. 

No sé cómo debo sentirme. Ni siquiera sé si es bueno o legítimo verte a veces todavía, cuando te cuelas en un descuido, cuando duermo. 

Ni siquiera eres tú realmente. Eres la imagen que he creado de ti para salvarme la vida. 

Me siento confusa. Me gustaría poder abrazarte cuando apareces, aunque no seas más que un espejismo. Y otras veces quisiera... No, no puedo mentirme.

Quizá solo tenga que aceptarlo. Aceptarme. Y continuar.

Aceptar, tal vez, que mi memoria es un puzle de vivencias y fantasías, que no siempre controlo, y que no pasa nada. Que todo sigue. Y yo también.

Gracias, en cualquier caso, aunque no entiendas por qué... ni yo tampoco. Al menos, no del todo. Para mí, fue real.

Autora: María Beltrán Catalán (Lady Luna)

viernes, 25 de agosto de 2017

Lo que cuentan las palabras: ausencia, ayuda y paciencia

En el silencio de mi despacho, escuché lo que las palabras ausencia, ayuda y paciencia venían a contarme...

10. Ausencia

Terror, angustia, desesperación, dolor, silencio ensordecedor, grito desgarrador, ausencia. Los cristales han caído, los espejos se han roto y a mí me falta la esperanza.
Entonces tu voz me llama. No puede ser. Estás en coma. Pero sí, es tu voz. Me giro.
Eres tú. 
Lloro, lloro y te abrazo con todo el amor del mundo. Vuelvo a mirarte. Y sí, eres real. Mi más bella y despierta realidad. Tranquila, mi amor. Vamos a casa.

11. Ayuda

Él era un chico alegre, cariñoso, bueno y leal. Un día, todo cambió. Se alejó de todo, en especial de sí mismo. Por esconderse y defenderse de molinos de viento, atacó a quienes más le querían. Necesitaba ayuda, no lo admitía y no la pedía. Hizo daño y en su voz siempre fue víctima. Mintió y su boca ni se daba cuenta. Traicionó y se traicionó y lo convirtió en hábito de vida. Se quedó solo porque no se aceptaba a sí mismo. Y allí estaba, rodeado de personas en las que no confiaba, perdiéndose entre rencores por no abrir su corazón.

12. Paciencia

Y entonces oré: Señor, me presento ante ti con manos vacías, como la niña que confía en el Padre y en la Madre, a ciegas, sabiendo que está a salvo. Como la cananea que persevera con fe, humildad y paciencia. Con el amor más sincero y torpe del mundo. Me presento ante ti sabiendo que no tengo derecho a ello, pecadora como la que más, sabiendo también que me amas de todos modos. Dios mío, escóndeme en el corazón de tus llagas, en el perdón y el amor de la Cruz que nos redime y nos salva. 

Autora: María Beltrán Catalán (Lady Luna)

viernes, 9 de junio de 2017

Y él, con un monopatín

El viento ondeaba su cabello negro, el cual enmarcaba un rostro afable y usualmente sonriente. Podría haber sido hasta entonces, para él, un día tranquilo o ajetreado, suave o intenso; en cualquier caso, una jornada normal. Pedaleaba acompañado de dos amigos, cruzando la ciudad que le acogió cuando emigró buscando un trabajo digno acorde a su preparación académica. Sin embargo, había algo diferente en aquella calle. No pudo evitarlo, se detuvo y contempló la escena. Había terror, la armonía estaba en ruinas, como todo lo que toca quien vive, o más bien muere y mata, con el odio. 

La anciana todavía recordaba que una mujer gritaba. Yo, aspirante a periodista, tomaba nota veinte años después del suceso. Mencionó entonces la velocidad con la que aquel joven bajó de su bicicleta y se introdujo en aquellas tinieblas. No era presuntuoso. Allí no había público para aplaudir, solo un hombre armado atacando a una mujer, y él, con un monopatín, decidido a detenerlo. A sus amigos no les dio tiempo a reaccionar y ella, admitía, habría salido corriendo, asustada. Por eso, insistía, no olvidaría jamás lo que vio desde aquella ventana, protegida por la persiana que ocultaba su escondite pero no le impedía la visión.

Tuvieron que atacarle por la espalda otros hombres, continuó. Un acto mezquino, cobarde y criminal. No pudieron hacerlo de frente. Eran tres hombres armados contra un chico con un monopatín. Le asesinaron. La mujer necesitó hacer una pausa antes de proseguir, una pausa que respeté en silencio, conmovido.

Cayó al suelo, sí... pero con él se levantó el honor, la gloria y el verdadero poder, que es el servicio, en un ejemplo tan radicalmente acorde a sus convicciones religiosas. Desde entonces, incluso en las carreteras más solitarias suena más fuerte una caricia sobre el asfalto que un disparo, una caricia de ruedas de monopatín, brisa fresca y risas cómplices como las que él compartía con sus amigos. Incluso hoy, tantos años después, el eco del miedo tiene corto recorrido, frente al eco de un acto de inmensa generosidad y heroísmo como el que acabo de contarte.

Lo pagó con su vida, dije. Nos pagó con su ejemplo, me respondió.

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Este es mi humilde homenaje a Ignacio Echeverría, el héroe del monopatín en el atentado de Londres el pasado 3 de junio de 2017, que ha recibido hoy, 9 de junio de 2017, en España, la Gran Cruz de la Orden del Mérito Civil a título póstumo.

Que descansen en paz todas las víctimas mortales del terrorismo y se recuperen las víctimas heridas.
Que las familias encuentren consuelo.
Que el mundo frene el terror.
Nosotros somos ese mundo.

María Beltrán Catalán (Lady Luna)

domingo, 19 de marzo de 2017

Polvo y humo

Tiembla el suelo, relámpagos suenan por todas partes, el polvo y el humo inundan el aire. No puedo ver, ni oír, apenas puedo respirar. Tengo que encontrar a mi hermana. No sé cómo. Me agarra el pie. Ya no puede caminar. La tomo en brazos. Avanzo en cualquier dirección, sin saber qué sentido tiene. He de salir del ruido. Debo escapar del polvo. Nos pondremos a salvo.

Autora: María Beltrán Catalán (LadyLuna)

viernes, 10 de febrero de 2017

El valiente descalzo

-Nos hemos perdido. Y encima me he dejado un zapato por el camino, con mi calcetín. Me duele el pie.
-Sigamos adelante. En algún momento nos encontraremos, ya verás.
-Es inútil. Llevamos horas dando vueltas.
-¿Y qué propones, si no? Mira, allí parece que hay algo.
-Quiero irme a casa...

El sonido de las hojas secas retumbaban en el silencio de aquel laberinto. Armando seguía a Candela como un animal de compañía, sin plantearse por qué o para qué.

-Parece un túnel -exclamó ella en voz baja, con cierta expectación.

Aquella frase hizo reaccionar a Armando. Se trataba de un conducto creado con ramas, cuyo interior y destino eran desconocidos e inciertos.

-Yo ahí no entro, Candela.
-Pues ya nos veremos...

Candela se colocó a cuatro patas y se introdujo en el túnel. Escuchó la voz de Armando, frustrado y resignado, cada vez más cercana.

-Lamentarse solo te hace más infeliz, Armando. Disfruta.
-¿Y si nos come un animal?
-Al menos habrás disfrutado los minutos anteriores.

El resto del camino lo hicieron en silencio y a rastras, pues el espacio se redujo notablemente. Armando estaba al borde de un ataque de ansiedad cuando Candela chocó con algo metálico.

-¡Ay!
-¡¿Qué ha sido eso?!
-Armando, respira, solo me he golpeado con algo. Parece una rendija.
-Ay, Dios bendito...

Al cabo de un rato, Candela estaba cruzando al otro lado seguida por Armando. A ambos les latía el corazón vertiginosamente, hasta que, a rastras, llegaron a un lugar donde unas luces de emergencia les permitió vislumbrar dónde se hallaban.

-Estamos en un museo -dijo Armando.
-¿Quién anda ahí? -No reconocieron esa voz.

Candela y Armando se escondieron detrás de un dolmen, acalorados por el susto. Candela imaginó que sería un guarda de seguridad; en ese caso podrían explicarle lo sucedido y arreglarlo todo. Armando, sin embargo, que la conocía bien y no era tan confiado, cubrió su boca para evitar que articulara palabra. La chica se deshizo de aquel agarre, pero antes de que pudiera decir nada, Armando la abrazó. Aquel gesto fue tan desconcertante que no supo reaccionar, y fuera quien fuera quien estuviese ahí al otro lado, se marchó. Entonces Armando soltó a Candela.

-Bueno... -dijo ella, sin pararse a discutir lo que acababa de ocurrir, -salgamos de aquí.

Juntos buscaron una salida y no tardaron en encontrarla. Solo tuvieron que seguir las señales de "salida de emergencia". Sin embargo, al abrir la puerta empezó a sonar una estruendosa alarma que los sobresaltó. Los jóvenes salieron corriendo, dejando atrás unas voces masculinas que parecían alteradas y enfadadas. Corrieron con todas sus fuerzas, tanto que ni siquiera vieron a dónde se dirigían.

-¡Candela!

Un acantilado.

Armando sujetaba con fuerza a Candela, pero si no encontraba algún punto al que aferrarse, más seguro que aquella piedra y su pie, acabarían cayendo los dos.

-¡Armando!

Candela se sentía aterrada, notaba cómo sus manos se iban resbalando.

-¡No te sueltes, Candela, no me sueltes!

La joven lloraba, sabía que Armando no tenía la suficiente fuerza como para levantarla y que, si seguía resistiendo, podrían caer los dos al vacío. Sin embargo, sentía tanto miedo que no se atrevía a pedirle que la soltara. No quería morir, no todavía.

-¡NO! -gritó él.

Candela vio caer a su amigo sobre ella. El pie se le había salido del botín que le quedaba, perdiendo el agarre que los mantenía en tierra. Ambos gritaron con todas sus fuerzas, estaban perdidos, se había terminado.

Y entonces alguien agarró a Armando, y Armando, que no había soltado a Candela, se vio de nuevo elevado a tierra firme seguida de su amiga. Ambos se abrazaron, llorando.

-¿Qué hacíais aquí? -preguntó, tras unos instantes, el hombre que les había salvado la vida. Era un oficial.

-Nosotros, el museo, alguien... -intentaron explicar, entre sollozos y respiraciones alteradas.

-Estabais en el museo.

Ellos asintieron.

-¿Activasteis la alarma conectada a la puerta de emergencia?

Volvieron a asentir.

-Nos habéis ayudado a detener a unos ladrones que perseguíamos desde hace años.

El oficial ni siquiera les preguntó cómo habían entrado al museo, ni cómo habían llegado a él. Los llevó a una comisaría cercana, les ofreció una infusión, algo de comer y los llevó a casa.

Candela miró a Armando. Armando miró a Candela. Ya solo estaban ellos dos.

-Debí pedirte que me soltaras.
-No lo habría hecho.
-Tenía miedo -confesó.
-Yo también.
-No lo entiendes... Tuve miedo desde el principio. No lo manifiesto y sigo adelante por ti, porque quiero que te sientas seguro conmigo. Me hago la valiente pero luego, a la hora de la verdad, no fui capaz de ponerte a salvo de mí.

Silencio.

-Me has traído de vuelta a casa -dijo él, al cabo de un rato.
-Y tú me has salvado la vida -respondió ella.
-Eso cuenta como doble, así que le explicarás a mamá por qué regreso sin zapatos.

Candela rió. Armando se sumó a su risa. Volvieron a mirarse y, antes de llamar a la puerta, se fundieron en un fuerte y largo abrazo.

Por María Beltrán Catalán (Lady Luna)

viernes, 9 de septiembre de 2016

El lienzo de los recuerdos

Anna apoyó sus manos en los brazos de su butaca y se dejó caer suavemente. Luego, esbozó una sonrisa mientras su mirada se perdía en algún punto de la mesa que tenía justo frente a ella, llena de libros. Había pasado más de medio siglo y todavía lo seguía haciendo: aparecía sin más, como un eco de lo que fue y no llegó a ser, de las ganas que se quedaron paralizadas porque no había alternativa o, quizá, porque era lo correcto.

Ella sabía que la memoria no siempre recuerda los hechos tal y como ocurrieron, que siempre hay un tinte que depende de las circunstancias, emociones, experiencias y decisiones. Probablemente ensalzaba demasiado a una persona que no era más que eso, y en aquel entonces apenas un adolescente, pero jamás olvidaría los momentos más significativos que vivió con él y lo que significaron para ella. Del mismo modo, nunca sabría si él se acordaría de ella alguna vez, si sus tintes teñían de intensidad o difuminaban el lienzo de aquellos días que compartieron. 

Anna solo podía mostrar su lienzo y en él había un joven que le cautivó enseguida y sin esperarlo. ¿Tal vez fue con el primer beso lanzado al aire, en el teatro, a varias filas de distancia? Las risas que acompañaban los besos intercambiados lo transformó todo. Y ella, acostumbrada a la ciudad de la villa donde lo bueno podía gritarse a los cuatro vientos, no dudó en hacer lo propio al concluir el evento. Nadie le avisó de que aquello estaba prohibido en aquel lugar.

Suspiró largamente. No olvidaba las burlas, amenazas y los golpes, pero tampoco las miradas que, pese a todo, se intercambiaban. Ya no había besos, pero no importaba. Aquellas miradas traspasaban el alma. Fue un amor imposible vivido en secreto y en solitario, con una lealtad que nadie, salvo ellos, comprendían. Yo le quiero a él, había dicho en una ocasión a un galán que trataba de cortejarla, años más tarde. Él también a ti, pero no podéis estar juntos: vente conmigo. Aquel joven era apuesto, noble y alegre, pero no podía traicionarse a sí misma.

A veces conseguían verse a solas. En el lienzo había un lago de un azul intenso, quizá helado. Sabía que nunca fue lago ni al aire libre, pero así se sentía cuando estaba con él. Todo cambió cuando llegó con heridas de guerra sin ser soldado. Anna había representado ese "no me importa", pronunciado por él cuando ella supo todo, que el motivo del ataque había sido el descubrimiento de sus encuentros, con una lágrima envolviendo ambos cuerpos, cayendo y disolviendo el hielo sobre el que se hallaban. A ella sí le importaba; debía hacer lo correcto.

Se acabaron en ese momento las miradas, las risas a escondidas, las carreras para averiguar quién corría más rápido de los dos. Sus caminos tomaron direcciones diferentes y ya nada fue igual. Alguien podría pensar que ganaron los malos, aquella sociedad de mente sucia, cerrada y violenta, pero ella, en lo más profundo de su corazón, sentía que habían ganado los buenos: él la vida, y ella aquellos recuerdos que jamás desaparecerían de su memoria. Prueba de esto eran los sueños esporádicos en los que aparecían, ambos jóvenes, y se miraban toda la noche sin que nadie les dijera nada o les acusara por ello.

Si el sueño de esa misma noche tuvo algo que se saliera de lo común y había despertado en ella la sonrisa fue, precisamente, que a diferencia de los anteriores, realistas en cuanto a límites, en aquella ocasión fue un abrazo constante lo que sucedió entre ambos y no miradas a distancia. Sentía que había conseguido liberarse de aquellas cadenas, esas que le recordaban que no pudieron apenas rozarse en una caricia de consuelo. Se había reconciliado consigo misma, así como con aquel grito de amor al principio y aquella decisión de hacerle bien al más fiel de sus compañeros al final.

Anna, acercando su caballete adaptado a la altura de su butaca, añadió al lienzo un sol y unos tonos dorados que iluminaron toda la historia, dándole, quizá, un final diferente... o un sentido distinto. 

-Te ha quedado muy bonito, Anna, ¿lo has terminado?

Anna sonrió sincera y feliz, reacción inevitable cuando oía la voz de su amado esposo. 

-Quién sabe, mi amor. El lienzo de los recuerdos nunca deja de pintarse ¿verdad?

Carlos besó sus cabellos antes de coger uno de los libros depositados sobre la mesa y tomar asiento junto a su mujer.

-¿Te apetece que leamos algo, mi vida?

Anna hizo a un lado el caballete para poder ver mejor a su marido.

-¡Oh, me encantaría! 

-Y a mí me encantas tú.

Tomaron sus manos. Él empezó a leer, mientras ella le miraba con el amor de quien se entrega con el alma, de quien agradece cada día que pueden pasar juntos con esa facilidad tan maravillosa que bien podía ser parte de un mágico cuento de hadas, pero era real. Mágicamente real. Y quizá por ello no pintaba en lienzo la historia de amor que compartía con su marido, porque la estaban recorriendo juntos, viviéndola apasionadamente desde hacía más de treinta años, como un libro que sigue escribiéndose y al que aún le quedara mucho por contar...

María Beltrán Catalán (Lady Luna)

martes, 12 de julio de 2016

Porque era tarde

Anoche llamó a mis brazos desde el otro lado de la habitación, mientras la recorría en diagonal para alcanzarme; acababa de llegar de trabajar, así que miré el reloj, impaciente, porque ya era tarde. Pronunció mi nombre con un amor que no cabe en este renglón, pero yo miré el reloj... porque era tarde. Levantó sus manos con ese aura infantil lleno de ternura que la envuelve y yo, sin embargo, miraba el reloj porque era tarde. Ni siquiera me perdí en su mirada del color de la tierra mojada; estaba mirando el reloj porque era tarde. Noté su beso en mi mejilla y supe que se había subido a una silla para ponerse a mi altura, pero yo, que miraba el reloj, le dije que ya era tarde.

Melting Watch, Salvador Dalí
Anoche se escondió al apagar las luces en el otro lado de la cama y empezó a hacerme cosquillas. Me enfadé, la reñí, miré el reloj y le recordé que era tarde. Susurró un "te quiero, papá" y mi respuesta fue "tengo que dormir, mañana madrugo".

Hoy, por el contrario, que estoy jubilado, he aprendido no sin dolor que las horas no están para contarlas. He roto mi reloj, lo he tirado lejos porque ya no lo quiero. Sin embargo, ella ya se había comprado uno, el cual le recuerda cada día, como a mí entonces, que no queda tiempo. 

Hoy no rechazaría sus brazos, no apartaría la vista de sus ojos marrones, le devolvería mil besos y la llevaría entre risas a dormir a su habitación, pero ya mi hija no es aquella niña, ni yo fui en aquel entonces el hombre que soy ahora. Hoy espero su voz pronunciando mi nombre al otro lado de la puerta, su risa traviesa y su canturreo incansable. Espero con un sí todo aquello a lo que dije que no... Pero quizá, ahora sí, sea demasiado tarde.

María Beltrán Catalán (Lady Luna)