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martes, 12 de julio de 2016

Porque era tarde

Anoche llamó a mis brazos desde el otro lado de la habitación, mientras la recorría en diagonal para alcanzarme; acababa de llegar de trabajar, así que miré el reloj, impaciente, porque ya era tarde. Pronunció mi nombre con un amor que no cabe en este renglón, pero yo miré el reloj... porque era tarde. Levantó sus manos con ese aura infantil lleno de ternura que la envuelve y yo, sin embargo, miraba el reloj porque era tarde. Ni siquiera me perdí en su mirada del color de la tierra mojada; estaba mirando el reloj porque era tarde. Noté su beso en mi mejilla y supe que se había subido a una silla para ponerse a mi altura, pero yo, que miraba el reloj, le dije que ya era tarde.

Melting Watch, Salvador Dalí
Anoche se escondió al apagar las luces en el otro lado de la cama y empezó a hacerme cosquillas. Me enfadé, la reñí, miré el reloj y le recordé que era tarde. Susurró un "te quiero, papá" y mi respuesta fue "tengo que dormir, mañana madrugo".

Hoy, por el contrario, que estoy jubilado, he aprendido no sin dolor que las horas no están para contarlas. He roto mi reloj, lo he tirado lejos porque ya no lo quiero. Sin embargo, ella ya se había comprado uno, el cual le recuerda cada día, como a mí entonces, que no queda tiempo. 

Hoy no rechazaría sus brazos, no apartaría la vista de sus ojos marrones, le devolvería mil besos y la llevaría entre risas a dormir a su habitación, pero ya mi hija no es aquella niña, ni yo fui en aquel entonces el hombre que soy ahora. Hoy espero su voz pronunciando mi nombre al otro lado de la puerta, su risa traviesa y su canturreo incansable. Espero con un sí todo aquello a lo que dije que no... Pero quizá, ahora sí, sea demasiado tarde.

María Beltrán Catalán (Lady Luna)

domingo, 5 de junio de 2016

La llave

Key #7, pintura deTodd Bonita
El anciano encontró la llave. Contempló a su nieto, cerró y apretó sus manos. El niño dormía plácidamente mientras utilizaba la llave a modo de peluche. El anciano parecía debatirse entre alzar la voz y despertarle con un grito, arrancarle la cadena de bisutería de repente o golpear la pared hasta que ésta se derrumbara y él consiguiera tranquilizarse. Optando por la última de las opciones, el ruido hizo que su hija se apresurara a aparecer por la puerta del dormitorio.

-Padre, ¿qué ocurre?
-Ese niño al que tú llamas hijo y yo llamo nieto me ha quitado... -dio un nuevo golpe -mi llave. Otra vez.
-Respira, padre, como hemos practicado otras veces -dijo ella, acercándose con la ligereza de una gacela a su padre para tomar sus manos y mirarle a los ojos.
-Es mi llave.
-Lo sé, es tu llave... ¿y qué abre?
-Mi mueble.
-¿Y qué hay en tu mueble?
-Todo.
-No, padre, responde a mi pregunta.

El anciano se zafó de su agarre con brusquedad y se puso de perfil. Tenía la respiración acelerada, como el pulso, las manos doloridas y la necesidad de abrir aquel mueble.

-Padre, mírame a los ojos -insistió con dulzura.

Pero el anciano no dijo nada. Caminó hacia una silla y tomó asiento, no sin dificultad.

-Quiero mis licores, niña, y mi tabaco. Quiero mis películas. Mis cosas. Mis vicios. ¿Es tan difícil de entender? Es lo único que me queda.
-¿Eso crees?
-¿Qué tengo, si no? -respondió él, de manera más agresiva.
-Le tienes a él, padre -dijo, señalando a su hijo. -Él aún piensa que puedes recuperarte y ser un buen abuelo.
-Moira, sabes que lo he intentado y no puedo, ¡no puedo! Porque en el fondo no quiero.
-¿Eso crees? Padre, lo que te ocurre es que te da miedo enfrentarte a quién serías sin la máscara y la evasión de todos esos vicios. Pero no deberías temerle. Yo conocí a ese hombre, una vez, cuando era niña. Me enseñó a montar en bici, ¿sabes? Bailaba conmigo, jugaba conmigo... y siempre estaba riendo. Tenía ganas, ideas. Era fuerte. Le recuerdo feliz. A ti, sin embargo, te veo triste. Eso es algo que se ve a través de cualquier disfraz que te pongas... -Moira alzó las manos separando y extendiendo los dedos y abrió los ojos -Así que lo siento -las bajó y relajó su expresión -pero estoy del lado de mi hijo.

El anciano miró al niño que dormía en la cama, la cual había sido, en tiempos pasados, de su hija. Éste se movió y despertó poco a poco. Lo que al principio parecía ser una lucha entre el sol y las ganas de seguir durmiendo, terminó siendo un despertar diferente. Raúl siempre se levantaba siguiendo una estricta rutina que le acompañaba hasta la hora de volver a dormir, pero aquella vez fue diferente. El joven no se dirigió al cuarto de baño, como de costumbre, sino hacia su abuelo. Agarró la llave que llevaba colgada al cuello y le miró a los ojos con fijeza.

-¿De verdad es esto lo que quieres, abuelo? -Moira tradujo el silencio y la expresión de su hijo.

El anciano dijo que sí antes de pensar, de asimilar la pregunta que le estaba haciendo su nieto.

Moira nunca supo si se trató del efecto de algunas de sus pastillas sin la mediación del alcohol o porque, por un momento, había recuperado a su padre. Tampoco sabría si aquel abrazo que le dio a su nieto le nació sincero o del orgullo que le impedía llorar delante de un niño. Sin embargo, ocurrió.

Antes de que Raúl se quitara el colgante, Kim le abrazó, gesto que el pequeño no rechazó, y Moira pudo ver una lágrima recorriendo los surcos de las mejillas de su padre.

Autora: María Beltrán Catalán (Lady Luna)

miércoles, 25 de mayo de 2016

Tiemblan las paredes

Olivo. Pintura de Elidon Hoxha

Tiemblan las paredes de mi habitación, tiritan de frío los recuerdos; éstos, asustados, corren al presente en un intento desesperado de detener lo que no tiene remedio.


Qué amargo es el sabor de la urbanización innecesaria de zonas verdes. Esos olivares que ya no existen, pero estuvieron ahí, en los que me subía con amigos para conversar tranquilamente, para reír, jugar o contemplar la luna entre pequeñas ramas y aceitunas. Ahora sólo queda asfalto, un centro deportivo y edificios vacíos, fríos y desolados. Abandonados. Una realidad ya asumida, por la que paso de lado para que no me roce la nostalgia. Sin embargo, ahora es diferente, hoy tiemblan las paredes de mi casa.

Inmensas máquinas expertas en destrucción y borrado arrancan los olivos que me vieron crecer, con los que compartí momentos de alegría, de tristeza, de admiración y frustración. Esos escondites de piedras preciosas que no eran más que piedras amarillas, de tierra. Esos caminos por los que corrían los perros, mi Duna. Ese cementerio de amistades peludas más allá del tercer olivo...

Ya no queda nada. La copa de los árboles están en la tierra y las raíces en la superficie. Ya no hay coordenadas para localizar aquellos lugares especiales que solo quienes vivimos aquí, al otro lado del muro que separa nuestra casa del parque de olivos, conocemos. Los gorriones, desahuciados, han buscado refugio en los vestigios verdes que quedan todavía en los jardines de las casas vecinas. Pían sin descanso.

Tiemblan las paredes de mi habitación, tiritan de frío los recuerdos; éstos, asustados, corren al presente en un intento desesperado de detener lo que no tiene remedio. Y duele, sí. Es como una espina que se clava en el corazón y que repite incansable que ya no podré volver allí, que ya no es nuestro parque de atrás, el de los perros, el de los paseos, el de recogidas de aceitunas, el de los recuerdos que se hacen.

Ya no. Ahora, los recuerdos son para recordar, no para ser creados. Al menos allí, donde pronto solo habrá asfalto, donde ahora sólo hay ruido, temblores de una tierra que no comprende, de unos cimientos que saben que pierden la otra mitad de sí mismos.

Escrito el 23 de febrero de 2016.
Por María B. C. (LadyLuna)

martes, 3 de mayo de 2016

A viva voz

-¿Por qué lo gritas?
-Porque es algo maravilloso. ¡Tiene que enterarse el mundo entero!
-Estás loca.
-¡Y soy feliz!

Carlos rió. Había sido tan repudiado, excluido y olvidado en el pasado que había aprendido a contentarse con esos gestos secretos de simpatía en los pasillos, pasajes y escondites. Sin embargo, qué bien le sentaba que alguien no se avergonzara de él, que sonriera con esa naturalidad y que fuera capaz de decir, a viva voz, que le quería.

-Gracias, Anna.

Pero ella ya estaba corriendo hacia el mar para luego huir de las olas que llegaban a la orilla.

-¿No vienes? -exclamó Anna.

Y entonces él, que nunca había alzado la voz...

-¡Adonde tú vayas, iré!

Y Anna, que había recibido más insultos que palabras amables a lo largo de su vida, se adentró en el agua, feliz de que alguien no sintiera miedo ni repudio hacia ella. Dichosa, porque había encontrado un amigo, un nuevo amigo, en alguien que ya conocía.

sábado, 3 de octubre de 2015

Un día de tormenta

Aquella tarde había tormenta, así que el pequeño Arturo contemplaba enfurruñado, con el rostro muy cerca del cristal de la ventana, la lluvia y los truenos, la hierba mojada, el columpio empapado y los árboles estremecerse.

-¿No te gusta el agua, Arturo? -preguntó con dulzura maternal su abuela, doña Josefa.
-Así no se puede salir a jugar -se quejó, girándose para mirar a su abuela. Vestía con un delantal nuevo que le habían regalado por su cumpleaños número ochenta y llevaba magdalenas recién hechas en una bandeja. Olían muy bien. -¿Las de limón?
-Así es, tus favoritas.
-¡Bien!

Doña Josefa sonrió. Su nieto era un chico alegre, feliz con cualquier detalle pequeño, pero como todos los niños, también tenía facilidad para enfadarse o entristecerse.

-¿Sabes, Arturo? Hay algo muy importante, lo más importante del mundo -empezó ella, sentándose junto a su nieto y colocando la bandeja en la mesa. -Y ese algo, lo he escondido en un sobre. Oculto, porque es muy muy valioso. Sólo las personas sabias pueden descifrarlo.

Arturo se había olvidado de la magdalena que tenía en la mano a medio comer. Su abuela le estaba hablando de un tesoro y él iba a encontrarlo.

-Nadie sabe dónde está, porque era mi misión protegerlo y ya no recuerdo dónde lo he guardado.
-¡Yo lo buscaré! -Exclamó Arturo con entusiasmo, levantándose. -Pero... ¿por dónde empiezo?
-¿Qué tal si hacemos un plano de la casa, con todos los lugares donde pueda estar, y así vas marcando los sitios que ya hayas revisado?
-¡Buena idea! Hoy he dado algo en matemáticas sobre las escalas, voy mirar el libro para hacerlo.

Doña Josefa contempló con media sonrisa la curiosidad y motivación de su nieto. Sus maestros y otros familiares decían que no le gustaba estudiar, pero... ¡disfrutaba tanto aprendiendo! ¡Y era tan inteligente!

-Ya está, abuela, ya está hecho, mira.

Arturo le mostró su plano. Estaba bien ejecutado para su edad, aunque su abuela, con dulzura, le sugirió algunas modificaciones y adiciones. Arturo las introdujo con decisión y emprendió su búsqueda, lápiz y linterna en mano.

En algunas habitaciones, doña Josefa había escondido pistas, las cuales sólo se desvelaban si pasaba las pruebas. Había muchas y de distintos tipos: preguntas sobre historia, sobre conocimiento del medio ambiente, sobre lengua, sobre literatura... y, aquello que no sabía, Arturo lo buscaba entre sus libros del colegio.

Desde que doña Josefa le había contado aquella historia hasta que Arturo regresó con una pequeña cajita de madera, pasaron más de tres horas y media, casi cuatro. Arturo se sentía agotado pero satisfecho. Había resuelto todos los acertijos y encontrado el sobre de su abuela, el que contenía el tesoro, el secreto más importante del mundo.

-Anda, Arturo, ¿no lo has abierto aún? -preguntó su abuela.
-El sobre es tuyo, tenemos que abrirlo juntos. Me has ayudado con el plano.

Doña Josefa rió antes de coger la cajita y abrirla. Entonces, abierta, se la dio a su nieto para que tomara el sobre e hiciera los honores. Arturo, nervioso, lo abrió y...

El sobre estaba vacío.

-Abuela, ¿te lo han quitado? -preguntó, realmente preocupado.
-No, cariño -respondió con ternura. -Ese es el tesoro. Sólo yo puedo descifrarlo y, ahora te voy a decir a ti el secreto. Eso significa que no te puedes olvidar de él, ya que cuando seas mayor y le toque a otra persona cuidarlo, te tocará hacer lo mismo que he hecho yo contigo.

Arturo miraba a su abuela muy intrigado.

-En este sobre hay algo invisible, que nadie ve, pero que está contigo, y son tus acciones. A lo largo de nuestra vida, nos dicen muchas palabras, algunas bonitas y otras no tanto, y a veces nos creemos las palabras menos bonitas y nos desanimamos. ¿Te gusta estudiar, Arturo?
-No se me da bien... -respondió.
-De eso trata este sobre. Trae tu cuaderno de actividades.
Arturo obedeció. Su abuela lo abrió por la página de los deberes correspondientes al tema siguiente y se las mostró.
-¿Te suenan, hijo mío?
-No...
-Léelas, Arturo, y luego me respondes.

El joven, a desgana, hizo el esfuerzo. Entonces, sus ojos se iluminaron.

-¡Son los acertijos!
-Así es, Arturo.
-Sé hacer los deberes, se me dan bien... ¿es eso?
-El secreto, Arturo, es que no importa lo que piensen o digan, o lo que pienses o digas de ti. Lo importante es lo que hagas: con tiempo (paciencia), esfuerzo, pasión y alegría puedes conseguir lo que te propongas.
-Incluso divertirme en un día de tormenta.
-Incluso eso.

Arturo abrazó a su abuela tiernamente. Había dejado de llover.

Autora: María Beltrán Catalán (Lady Luna)
Todos los textos de este blog pertenecen a la misma autora.

domingo, 27 de septiembre de 2015

¡Estoy aquí!

Golpeo con rabia los renglones en blanco, las cuadrículas de este cuaderno que me impiden salir de estas letras que ya no existen. Siento el dolor de tu alma, que grita en silencio, sin fuerzas ni ganas, porque ya está cansada. Conozco los recovecos de tu mente, pero ha cambiado y no encuentro el camino. Ya no me ves, ya no me sientes, ya no me lees, ya no me creas... ni me crees. Doy patadas contra la inspiración y la voluntad de tomar el lápiz por si con ello consiguiera su atención, pero continúas distraída. ¡Estoy aquí! ¡Estoy aquí! Sé que me quieres, sé que me necesitas, y yo estoy aquí, aquí, que es como estar en ninguna parte...

© María Beltrán Catalán (Lady Luna)

miércoles, 14 de enero de 2015

Si aún te quieres quedar

-¿A qué te refieres?
-Lo siento, yo...

Había podido sentir la daga imaginaria que cruzaba su pecho, el mar de agua helada cayendo sobre ella, roca pulida hasta convertirse en un insignificante grano de arena. El corazón encogido, el alma alerta y los ojos abiertos, así contemplaba Elena a quien había sido su mejor amigo durante tantas emociones y tantos secretos. Las palabras comenzaban a fluir en su cabeza en medio de la tempestad en la que se encontraba en aquellos momentos: no podía ser verdad, tal vez solo se trataba de un mal sueño, de una pesadilla de esas que reúnen los peores temores para hacer sufrir a quien ose dormirse. Pero ella estaba despierta.

-Estás de broma -alcanzó a decir con un hilo de voz.

Carlos alzó la vista al techo de la habitación, decorada con estrellas blancas y una luna creciente. Apretó los labios y logró contener las lágrimas antes de bajar la mirada y dirigirla hacia su compañera. La realidad y la ficción no se distinguen cuando se trata de sentimientos.

-Es mejor así...
-¿Mejor para quién? -increpó ella.
-Mejor para ti, Elena.

Carlos alzó su brazo para deslizar sus dedos por su cabeza. Elena le miraba y le veía, le escuchaba, le sentía, ¿cómo era posible que él...? No. Y si así fuera no tenía intención de aceptarlo. Él era su mejor amigo, su compañero, su secreto favorito, su vía de escape. No podía irse.

-A quién quiero engañar... -Carlos abrazó a Elena con lágrimas en los ojos. -Te quiero, Elena, por eso existo y por eso me voy. Necesitas demostrarte que puedes caminar sola. Ya no... ya no te hago falta.
-¡Claro que no te necesito, Carlos! -Gritó ella, deshaciendo el abrazo y sosteniendo su cabeza, obligándole a mirarla a los ojos. -Pero te quiero a mi lado. Siempre ha sido así, no tiene por qué cambiar.
-Elena, yo no soy real... 

Elena rompió en llano, derrumbándose por fin, cayendo de rodillas al frío suelo que les sostenía de caer aún más profundo.

-No me importa, Carlos, no me importa nada...

Carlos se arrodilló junto al amor de su vida, de su existencia. Acarició los cabellos de quien le había creado con amor, imaginación y dulzura con manos de niña. Había sido testigo del paso de las primaveras, sabía que aquel momento llegaría desde el principio mas su negativa a aceptarlo le llevó a pensar, igual que ella deseaba, que sería para siempre.

-Iré desapareciendo. Eso significará que serás feliz... en tu vida de verdad.

Elena seguía llorando, pero se esforzó en levantarse para dirigirse a la cama y acostarse en posición fetal, abrazada al peluche que tantas noches había calmado sus temores.

-Carlos...
-Dime, mi reina...
-Si aún te quieres quedar...

Carlos apretó los puños. Claro que deseaba quedarse, en ese mundo en el que todo era perfecto porque solo se hallaba ella, en sus brazos y en la sonrisa que siempre conseguía que brotara al cesar las lágrimas. Si amaba la vida debía amarla a ella.
Elena continuó.

-Si aún te quieres quedar... puedo inventarme todas las razones que necesites.

Carlos abrazó a Elena con una sonrisa mojada ante la broma, pues no había sido otra persona sino ella quien le había inventado también a él. Elena se dejó hacer, comprendiendo que quien le había salvado la vida durante tantos años había culminado su misión.

-Nunca me iré del todo, lo sabes ¿verdad?
-Pero nunca será lo mismo.

Ana, hermana de Elena, contemplaba desde la puerta del dormitorio a quien tantas veces había oído hablar sola, convenciéndose a sí misma sobre la idea de seguir hacia adelante, pese al dolor, pese a las adversidades, escuchando una voz siempre ajena para Ana, para todos los demás. Tras unos instantes de silencio, se acercó a su hermana y acarició su brazo con ternura. Desvió la mirada a la mesita de noche, donde reposaban las conversaciones que sólo Elena entendía, y suspiró.

-Gracias, Carlos, por cuidar de mi hermana. 

Elena se giró y abrazó a Ana, sintiéndose comprendida por primera vez.

Autora: María Beltrán Catalán (LadyLuna)

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Notas del recuerdo

El sol lucía sus últimos suspiros cuando caminaba de regreso a casa, tras el largo paseo en solitario que había realizado aquella tarde. Se trataba de unos de esos días en los que echaba de menos a todo el mundo, incluso a mí misma. Buscaba también, en el ruidoso silencio de mis pensamientos, un motivo, una razón, aunque no sabía bien para qué.

Crucé Tetuán y la Plaza Nueva de Sevilla. El sol ya se había marchado, como la mayoría de la gente, como si las estrellas y la luna no ofrecieran luz suficiente, magia suficiente. Y entonces oí el sonido de su violín.

Era fácil distinguirle entre los demás músicos de calle. Mecía las notas con la misma suavidad con la que éstas tocaban el corazón y la mente de quien pudiera escuchar. Sonreí y me sonrió. Había olvidado cuántos meses llevábamos saludándonos desde lejos y las tardes que había pasado frente a él dejándome envolver por su música, pero él pareció recordar algo y, enseguida, empezó a tocar aquella melodía que tanto me gustaba en su violín.

Las luces, la gente, los edificios e incluso la calle, todo desapareció. Sólo estaba él, con su violín, y yo con los ojos cerrados y el alma abierta. Al terminar me miró. Yo estaba conmocionada.

-Pero no te pongas triste -dijo, preocupado, con su acento extranjero.
-No estoy triste -respondí tratando de retener las lágrimas, con éxito. -Gracias.

Ese mismo chico recogió sus cosas y me acompañó a la parada de autobús. De unos euros que había ganado, dio la mitad a un señor que hacía ceniceros y marcos con latas de refresco alegando que "él también tenía que comer". Me escuchó y le escuché, y aprendí tanto que no podré olvidar aquella tarde, ni querría.

Hará ya unos seis años de aquel día. También hace seis años de aquella tarde en la que estuvimos hablando tanto tiempo que, ni él pudo ganar lo que quería ni yo pude comprar el regalo de cumpleaños que buscaba. Y pidiéndole disculpas mil veces cuando nos dimos cuenta, no sólo no le dio importancia, sino que sacó una pulsera preciosa y me la dio "por si no encuentras nada mejor, para tu amiga".

Y perlas así. Esta es la melodía que tanto me gustaba y me gusta, y que tocaba cada vez que me veía: A time for us, de la BSO de Romeo y Julieta.

Aún recuerdo, también, a esas personas que alguna vez me han dicho "ten cuidado con "esa" gente", "¿no te da "miedo" juntarte con "ese tipo" de gente?" y mis respuestas... "el mismo miedo que me da estar contigo ahora, lo único que te diferencia es que has tenido más dinero y probablemente una vida más fácil que él".

Aprovecho, aunque ninguno de ellos pueda leerme, para recordar a Igor, Lidia, Joaquín, Antonio, Ángel, Patricia, Philiph y a todas esas personas, tantas veces invisibles, que tantas veces me han devuelto la vista.

María Beltrán Catalán (LadyLuna)

viernes, 5 de septiembre de 2014

Antifaz

Elisabeth sostenía con sus carnosos labios una horquilla mientras se contemplaba el cabello en el espejo. Aquella vez lo llevaba recogido en un moño no muy a la moda de la época, con dos mechones rojizos adornando su rostro firme y blanquecino. Sus ojos verdes tenían un brillo que gustaba entre los hombres pero no entre las mujeres. A lo largo de su vida, había formado parte de distintos grupos sociales en el baile; sin embargo, su negativa a disfrazarse no agradaba demasiado a quien lideraba esos grupos. Algunos fueron realmente maravillosos; otros, sencillamente, trataron de destruirla. Esbozó una sonrisa cuando su cabello quedó a su gusto y salió de su habitación, dispuesta a llevar a cabo su último movimiento en aquella partida.

La joven caminó por el pasillo y bajó por la escalinata de mármol con paso tranquilo y seguro, buscando con la mirada al último grupo al que había pertenecido. Sus disfraces de corte realista le habían llevado a la confusión, pero los ataques de los líderes, al principio imperceptibles y, tras un par de años, directos, le mostraron la realidad. Excluida y perdonada por haber dado una opinión diferente a los jefes, había regresado, aunque no del modo que ellos esperaban.

Una leve inclinación de cabeza como señal de saludo inició de nuevo la partida. Los líderes no se lo esperaban, ¡estaba en jaque! Lo común es que dejara de jugar y se limitara a obedecerles. Elisabeth les dedicó una dulce sonrisa antes de hacer un movimiento en el tablero de ajedrez, dando jaque mate al rey contrario. Los jefes se enfadaron, incluso aquel cuyo disfraz había sido más realista, dejó ver el antifaz bajo el cual guardaba su verdad. La joven sonrió nuevamente, se levantó y se marchó del grupo, mas no del baile. 

Elisabeth, quien había acostumbrado a moverse sola por el baile al considerarse bastante independiente, no tardó en encontrar y reunir a personas que, como ella, habían renunciado a llevar disfraz en la fiesta, el baile, la vida. Más de una vez había creído ser la única; descubrir lo contrario supuso para ella un empuje de energía. Bailó toda la noche, vivió toda la vida.

Los líderes de aquellos grupos que habían tratado de destruirla, a veces, iniciaban campañas contra ella. Elísabeth no competía, para ella la partida había terminado y no tenía intención de retomarla. La vida, al fin y al cabo, es eso, un baile de máscaras en el que algunas personas van con el rostro al descubierto, exponiéndose a la ira de quienes no soportan la autenticidad y la libertad de las personas. Elísabeth aceptó la copa que le ofrecía Iván, uno de sus amigos, y brindó con ellos, recordando aquel proverbio que decía  que el martillo siempre golpea al clavo que sobresale.

La sociedad, no importa la edad ni la época, no está preparada para la diferencia; quizá porque la falsa y forzada igualdad facilita el estudio y control del mundo, de cualquier contexto social; o, tal vez, porque aún no se ha dado cuenta de que esa diferencia es innata, natural, incontrolable, impredecible e indestructible, porque nunca dejó de ser real.

Autora: María Beltrán Catalán

jueves, 1 de mayo de 2014

Amor sin calendario

La primera vez que la vio, estaba sentada en una butaca frente a la puerta de su piso leyendo un libro. Llevaba la nieve por sombrero, sin ocultar el invierno de quien ha vivido todas las estaciones. Vestía una elegante prenda elástica que se ceñía al torso de su figura y dejaba más a la imaginación la silueta de sus piernas. Los rumores hablaban de una mujer soltera, no viuda, que desafiaba la decencia contrariando la apariencia que se esperaba de una mujer de más de ochenta años. Ella, sin embargo, hacía caso omiso de esas lenguas y seguía siendo ella: sin tintes, sin maquillaje, sin vestidos de colores oscuros ni zapatos con los que no podía andar sin lastimarse. Asistía a clases de baile, reía con otros hombres y, luego, como siempre, regresaba a su hogar donde la paz y un animal de compañía aguardaban pacientes su regreso. En un pueblo se sabe todo, pero para él, ella continuaba siendo un misterio.

Aquella noche, todo fue distinto. Cuando Vicente salía a pasear con la brisa nocturna y pasó por su calle, la butaca estaba vacía y a sus pies no se encontraba el pastor alemán que, también canoso, convivía con ella. Prosiguió su camino y, los rumores, como siempre, lanzaron hipótesis en forma de afirmaciones sobre su estado. Escuchó que se encontraba indispuesta, que había enfermado, que unos hombres habían venido a recogerla para institucionalizarla... De regreso, Vicente se detuvo frente a la puerta de su enigma, preguntándose, haciendo filosofía sobre si no se estaría comportando como las demás personas del pueblo, curioseando y juzgando vidas ajenas, comentando sucesos imaginarios. Alzó la mirada y encontró en el océano celeste una luna llena, radiante. Gracias a ella había podido pasear por el sendero de montaña que no se hallaba iluminado con farolas. Su mente divagó largo rato por recuerdos y escenas que nunca habían ocurrido. Fue un sollozo lo que hizo despertar a Vicente de su ensoñación. Provenía desde el interior de la casa, no tenía derecho a invadir la privacidad de aquella señora, pero la puerta abierta fue tentación suficiente para que Vicente subiera los escalones con su bastón y llamara con dos golpes suaves de nudillo.

Jamás hubiera esperado encontrarse con aquella visión. El cabello, despeinado como siempre, se encontraba húmedo como nunca. Y ella, hermosa como siempre, se hallaba sentada en una silla de ruedas. El animal apoyaba su cabeza en la rodilla de su dueña cuando ésta se percató de la presencia de un extraño. Apartó entonces al animal y, furiosa, pidió soledad. Pero Vicente no quería irse, no quería hablar de ella, no quería saber lo que le había ocurrido; llevaba años contemplándola como un ángel inalcanzable y en ese momento ella se sentía triste.

−Me iré, si es lo que deseas –respondió, no obstante.
−Ya puedes ir a contar por ahí que un coche conducido por un joven que acababa de salir de una fiesta me atropelló, que ya no habrá bailes, ni risas, ni salidas. Diles que seré como ellas, una más cuya única diversión es hablar sobre la vida de las demás.
−Ellas no te conocen.
−No, no me conocen.
−Tú tampoco a ellas.

La mujer rompió a llorar, cubriendo con sus manos el rostro más hermoso que había visto Vicente en su vida. Habría besado sus lágrimas siguiendo el sendero de sus arrugas, pero no era ese el momento para pensar en sí mismo.

−No pretendía...
−¡Maldita sea! Mi vida no tiene sentido.

Vicente cruzó el umbral de la puerta con su bastón, entrando en la casa de aquella señora. Nunca se le había dado bien hablar con mujeres, ni siquiera con los hombres. Educación es lo que le habían enseñado, nada más. ¿Qué podría consolar a alguien que ha perdido aquello que le hacía feliz? Entonces recordó a su esposa, fallecida por la terrible enfermedad del cáncer hacía décadas.

−Eres la misma persona que hace una semana leía un libro en su butaca, con su vestido elegante... La vida no nos ha sido fácil, pero hemos sobrevivido a muchos cambios inesperados en nuestros días. Eres más fuerte que esto. Seguro que hay cosas que te gustaría hacer y no las has hecho todavía; ahora tienes la oportunidad.

La mujer miró al hombre. Llevaba un traje de chaqueta y un sombrero, como todos. Qué sabría él sobre su fortaleza, sobre oportunidades cuando se pierde algo que se ama, como las piernas, como una amiga... Vicente pensó que quizá ella no se habría enfrentado a grandes pérdidas, como un hermano, como el amor de toda una vida, pero decidió no emitir juicio. Ella, sin embargo, pareció ponerle a prueba.

−¿Ah, sí? ¿Y si eso que me gustaría hacer es subir a la montaña para ver las estrellas, sin luces artificiales, sin mentiras ni etiquetas?

Vicente dudó sobre si hablaba realmente de las estrellas o se trataba de una alegoría sobre algo distinto: la gente, él, o incluso ella misma. 

−¿Es eso lo que quieres? ¿Ver las estrellas en la montaña?
−Sí, todas las noches. A partir de hoy. Y, mira por donde: no puedo. Ya puedes irte.
−¿Y si te contradigo? ¿Si te digo que sí puedes?
−¿Me vas a llevar? ¿Un viejo con un bastón? –rió despectiva. –Venga, por favor...

La mujer observó al hombre marcharse sin decir palabra. Otro como tantos. Palabras vacías, burlas encubiertas con una capa de educación e interés. Ana del Rosario no salió a su butaca en las noches venideras; tampoco se vio a Vicente pasear por el pueblo. Los rumores volvieron a la carga, esta vez también por él. La mujer, sin embargo, fingía no interesarse por la vida exterior. Alimentaba a su pastor alemán, pedía por teléfono la compra y se había olvidado de la pequeña flor de su maceta, que siempre había adornado su ventana. Sobrevivir, eso era lo que le tocaba.

Pasaron semanas, quizá meses. Ana del Rosario había dejado el calendario sin usar desde el fatídico día. El reloj de la cocina se había quedado sin pilas, pero tampoco le importó. Contar el tiempo ya no tenía sentido. Nadie sobrevive a la muerte y había asumido que ese momento llegaría más pronto que tarde. Ni siquiera supo que acababa de cumplir ochenta y dos años.

Una noche, sin embargo, un golpe en la puerta sobresaltó a Ana del Rosario, que abrió la puerta y se sorprendió al ver allí al hombre de la otra noche. Éste dejó a un lado el bastón, se colocó tras ella y empujó la silla con suavidad al exterior de la casa. 

−¿Qué haces? ¿A dónde me llevas? No me he duchado, huelo mal.

Vicente hizo caso omiso a las quejas de Ana del Rosario. Había estado ejercitándose y practicando para poder cumplir aquello. En silencio, caminó por las calles empujando la silla de ruedas, ignorando los comentarios de las vecinas y vecinos. El pastor alemán caminaba junto a su dueña, fiel como el mejor de los amigos. Al cabo de media hora, sentía los brazos cansados, pero era más fuerte su voluntad y no desistió. Ana del Rosario se dejaba llevar en silencio, llegando a colaborar en el paseo con sus manos cuando percibió el esfuerzo en el hombre.

−Ya casi hemos llegado.

Se salieron del camino y se dirigieron a la más pequeña de las montañas. Un monte en el que alguien había habilitado un camino liso. Vicente prendió una linterna. Ana del Rosario agradeció la presencia de su compañero animal, ya que la noche en un bosque junto a un extraño parecía sacada de una novela de suspense o de terror. Él le daba tranquilidad, pese a las veces que se había repetido que su vida ya no tenía sentido y, por tanto, no debía temer nada. Vicente, por su parte, agradeció que la mujer no rechazara el paseo ni el desvío, sino que se dejara llevar por él, ya que de lo contrario no habría podido enseñarle lo siguiente...

Ana del Rosario se frotó los ojos cuando llegaron a una explanada, tras haber pasado un rato subiendo por el camino de madera. Alguien había colocado pegatinas brillantes con forma de estrellas y lunas en los árboles que rodeaban el claro.

−¿Pero qué...?
−Mira arriba –interrumpió el hombre.

La mujer obedeció y fue testigo del paisaje más hermoso que había contemplado en su vida. Puntitos blancos parpadeaban a lo lejos, en la inmensidad de un universo en el que también estaba ella, en el que también estaba él. Bajó la vista y observó las pegatinas. El hombre se sorprendió cuando la escuchó llorar.

−Pe-perdona, no quería... yo pensé... –empezó, nervioso, mientras sacaba un pañuelo de su bolsillo y se lo ofrecía a la mujer, situándose frente a ella. –Te llevaré de vuelta y no volveré a molestarte.

El perro emitió un ladrido y Vicente se dispuso a colocarse de nuevo tras la silla, para devolver a Ana del Rosario a su casa, pensando que aquella idea había sido un error. Sin embargo, la mujer agarró su mano y clavó sus ojos azules en los suyos, marrones como la tierra mojada. Ana del Rosario observó por primera vez al hombre, al intruso, al extraño. Tendría unos setenta y cinco años, el pelo cano peinado hacia atrás, el sombrero a juego con el traje, esta vez sin corbata y esta vez con botines. Olvidó por primera vez la asociación entre los trajes y la maldad, la perversión, que podían habitar en un hombre educado. 

−Me llamo Ana del Rosario.

Vicente relajó sus músculos y Ana del Rosario casi pudo percibir un atisbo de sonrisa en la expresión de su rostro, apenas visible en la oscuridad.

−Me llamo Vicente.
−¿Soltero?
−Viudo. Sé lo que es perder la fuerza de la vida.
−Gracias.
−¿Por esto?
−Por compartir esa fuerza conmigo.

Aquella noche supuso un giro en la vida de ambos. Ana del Rosario rehízo su vida, salía a pasear, jugaba a las cartas e incluso alguna vez la vieron encestar un balón frente a los ojos atónitos de los jóvenes del pueblo. También cambiaron las circunstancias de Vicente, que había encontrado un nuevo amor tras décadas de luto. A veces ella acudía a casa de él para visitarle, y todas las noches acudía él a casa de ella para visitarla. 

−Te amo así –le dijo Vicente en una ocasión a Ana del Rosario, recordando sus palabras. Se hallaban en la cama, él sobre ella, la luz de la luna llena entrando por la ventana y una sonrisa radiante en el rostro de ambos. –Sin luces artificiales, mentiras, ni etiquetas.

Ana del Rosario acarició el rostro de Vicente, recorriendo con su índice las arrugas que se pronunciaban con su sonrisa.

−Te amo así –respondió ella, –sin complejos.
−Te amo así –prosiguió él, colocándola a ella encima –auténtica y ligera, liviana y natural.
−Te amo así –susurró ella, acercándose para quedar a unos centímetros de sus labios –tal y como eres, con tu alma y con tu piel –concluyó, culminando la frase con un beso suave, tierno, aprendido y soñado en tantas novelas leídas sobre el amor.

Autora: María Beltrán Catalán

lunes, 7 de abril de 2014

Hoy, que pasan de las doce

Tras un sábado agotador en el Banco de Alimentos ha tenido lugar un domingo tranquilo en el que debería haber avanzado más en mis proyectos y, sin embargo, en el que mi mente ha estado divagando a ratos tratando de recordar más detalles del pasado que compartí con una persona que significó, y que siempre significará, muchísimo para mí.

Ella me enseñó que saber escuchar es un don, que respetar y comprender a quienes depositan su confianza mí, es respetar y comprenderse a una misma. Me enseñó que a veces suceden cosas inexplicables, que la vida hay que vivirla con los cinco sentidos o con los que tengamos y que jamás hay que rendirse, haciendo honor a su nombre, haciendo honor a la Esperanza.

Escribo ahora que pasan de las doce de la noche, porque no me gusta celebrar su partida. Para mí no fue una despedida fácil. 

Mita, no quería que te fueras. Hubiera dado todas mis oraciones por retenerte conmigo, porque al menos tu último deseo se hubiese hecho realidad.

Escribo ahora que pasan de las doce de la noche, porque contigo los días y las noches eran más claras, porque te echo de menos, porque no olvido tu risa, tus manos barajando las cartas, tu cabello adornado con jazmín, tu caminar elegante pese a que todo te forzaba a lo contrario.

Gracias por todas las conversaciones, por escucharme siempre, por haber sido mi consejera de infancia, mi compañera de juegos, mi llamada de teléfono esperada.

Te escribo hoy, que pasan de las doce...

domingo, 16 de febrero de 2014

Al borde del precipicio

-¡Tiradla por las escaleras!

Lucía apresuró sus pasos hasta salir del edificio. Buscó con rapidez a su madre y, al divisarla, corrió hacia ella y la abrazó con ternura. Siempre se alegraba de volver a estar con ella. Carolina besó su mejilla y, de la mano, la dirigió al coche y regresaron a casa.

-¿Cómo te ha ido en el colegio?
-Bien, como siempre. ¿Y a ti?
-También bien. He comprado pizza.
-¡Qué bien, mamá!

El almuerzo transcurrió sin imprevistos, con risas y a salvo. Al finalizar, Carolina se preparó para marcharse a trabajar mientras Lucía fregaba los platos. Un beso, un te quiero y un hasta luego. La joven, de trece años, acudió a su dormitorio para estudiar. Era demasiado temprano para salir con sus amigos. Sacó la agenda de la mochila y se le encogió el corazón al ver que una hoja de papel doblada caía al suelo. Se mordió el labio, tomó la nota y se dispuso a levantarse para tirarla sin leerla cuando una frase amable la detuvo: "léeme, por favor".

Lucía observó el papel con detenimiento. Si fuera un insulto o una amenaza, como en las demás ocasiones, no habrían utilizado ese "por favor". Suspiró y la colocó sobre la mesa, indecisa. Llevaba años soportando burlas, falsas acusaciones y empujones de sus compañeras, aunque lo había asumido como parte de su vida. Todo había empezado de una forma muy sutil y, para cuando quiso darse cuenta, se había convertido en el blanco de todos los actos de desdén. Al principio lloraba a escondidas, pero luego llegó a pensar que se lo merecía por ser diferente; eso sí, nunca supo en qué se diferenciaba de las demás niñas. En un impulso abrió la carta. La caligrafía no le resultaba familiar. Resopló.

La joven volvió a verse hacía dos meses, a punto de quitarse la vida. Un impulso le hizo soltar aquel arma, aquella idea, y regresar corriendo a sus estudios. Recordó cómo trató con todas sus fuerzas centrarse en algo distinto, agarrarse a la vida, porque el infierno sólo existía en aquel edificio con pizarras en cada habitación. Suspiró de nuevo, mordió su labio inferior y comenzó a leer.

Querida Lucía:

Algunas personas hemos sentido alguna vez que nos encontramos al borde de un precipicio: a un lado las espadas y, al otro, una caída mortal. Hemos ignorado los gritos de alarma y los pasos amenazantes que se dirigían hacia nosotras, pensando que pasarían de largo, que nadie desearía dañar a otras personas por envidia, diversión o aburrimiento. Hemos restado importancia y rezado por la paz cuando les vimos desenvainar las espadas...

Algunas personas nos hemos enfrentado sin más armadura que nuestras ansias de vivir. Otras, le hemos dado la espalda al reluciente brillo de las armas afiladas y hemos contemplado el vacío, confiando con ingenuidad en que si nosotras no les vemos, ellos tampoco lo harán. Y también nos hemos quedado de pie, frente al ejército, con postura desafiante, preguntándonos y preguntándoles con mirada de incomprensión un sencillo porqué que nadie responde.

Nos han atacado. Hemos saboreado la sangre de un alma que se rompe, llevándose consigo a la persona que éramos. Pero no cambiaron nuestros principios: al alba, seguíamos allí, con la venda que debía cubrir nuestras heridas por bandera blanca.

Nos han matado. 

Algunas respiramos todavía; otras, ya no. Algunas de las que respiramos todavía, hemos renacido. 

Algunas hemos vuelto a la vida, combativas, para unirnos a esas personas que se hallan al borde del acantilado, que se ven obligadas a reducir el mundo a dos extremos: el sufrimiento o la muerte. Porque nunca hay dos opciones, porque la vida es mucho más, porque si se levanta la vista hay un hermoso cielo aguardando nuestro vuelo, un paisaje hermoso esperando que formemos parte de él con nuestra sonrisa. Porque nadie tiene derecho a reducir nuestras opciones, porque nadie merece ser infeliz, porque tú no mereces ser infeliz... Porque ya no estás sola.

Podemos vernos mañana en mi despacho a primera hora.

Atentamente,
Catalina.

Lucía contemplaba atónita las letras que tenía frente a ella. Catalina era la orientadora de su colegio, una chica nueva que se había formado en pedagogía, con especialidad en orientación. ¿Cómo sabía su nombre? ¿Cómo le había introducido aquella carta en su mochila? ¿Cómo se había dado cuenta de que estaba al borde del precipicio? Guardó la hoja de papel en su bolsillo y se puso a estudiar.

Al día siguiente Carolina notó nerviosa a su hija, quien se excusó aludiendo a un examen que tenía a primera hora de la mañana. Lucía no se sentía bien mintiendo a su madre, pero no quería defraudarla, deseaba que Carolina estuviera orgullosa de ella, y sabía que ser la diana de las maldades escolares no era motivo de orgullo. Un beso, un te quiero y un hasta luego. Lucía se adentró en el edificio y, tras subir el primer piso, no siguió por las escaleras hasta su clase, sino que caminó por el largo pasillo en dirección al despacho de la orientadora.

Autora: María Beltrán Catalán (Lady Luna)

sábado, 18 de enero de 2014

Situaciones incontrolables


A medio metro bajo tierra Juanito había construido una preciosa casa de una sola habitación redonda, de tierra, adornada con pinturas rupestres en las paredes. En el centro se hallaba un círculo formado por piedras diminutas y, dentro, hojas frescas que había recogido. En el exterior había margaritas blancas que embellecían la entrada al túnel. Éste era más ancho de lo habitual, ya que Juan disfrutaba de la tenue y débil luz de luna llena que llegaba a ese pasillo vertical que unía su casa con el mundo al aire libre.

Juanito era un grillo de colores oscuros que detestaba las peleas, por eso su hogar se encontraba lejos de donde vivían los demás grillos. Sin embargo, a veces se sentía solo y cantaba tristes canciones de amor al anochecer. Juan era un artista solitario, pintaba y cantaba para sí mismo, sin nadie a quien enseñar sus obras, sin nadie que admirara aquello que se le daba mejor. De todos modos, pensaba, la mayoría prefería las peleas a la paz del arte.

Una noche, mientras cantaba una balada sobre una amapola que lloraba por un caracol que se alejaba tras haber conseguido probar sus verdes hojas, alguien asomó su cabeza por el túnel que unía su casa con el exterior.

-¿Hola?
-¡Ah! -Juan se sobresaltó y se alejó, asustado, apoyándose en la pared de tierra. -¿Quién eres?
-Pepa, aunque mi familia me llama Pepita. Dicen que soy como una pepita de oro.

Juan tragó saliva y se recolocó las gafas que se le habían caído del susto. Pepa era una preciosa grillo de colores más claros que él. Le pareció fascinante su postura en la entrada de su casa.

-¿Y tú eres...?
-Oh, J-juan, me llamo Juan.
-He escuchado a alguien cantar ¿sabes? Y me ha parecido tan hermoso que he seguido el sonido, pero me habré equivocado. Siento haberle molestado.

Cuando Juan volvió a tragar saliva y levantó una mano diciendo "espera", Pepa ya se había ido. Juan tomó su piedra rojiza y comenzó una nueva pintura en su pared.

A la noche siguiente, Juan volvió a cantar baladas esperando que Pepita reapareciera, pero no fue así. Todos los días pintaba en su pared y todas las noches cantaba intentando atraer de nuevo la atención de aquella grillo tan bonita y tan simpática sin resultado.

Una noche, Juan volvió a cantar canciones tristes de grillos solitarios, a gusto en su soledad con su arte incomprendido. Y fue esa noche en la que Juan volvía a comportarse como siempre cuando Pepita regresó.

-¡Así que eras tú!

Juanito se sobresaltó de nuevo, pero consiguió responder.

-Sí. Pasa, por favor. Hay hojas frescas ahí -dijo, señalando el interior del círculo situado en el centro de la casa.
-Gracias, pero ya he comido -contestó. -¿Esa soy yo?

Juanito no pronunció palabra. Pepita contemplaba sus pinturas con seriedad. Poco a poco, una sonrisa y un brillo en los ojos contagiaron en Juanito la sensación de alegría. Pepita siempre había estado protegida por ser la más pequeña de todos sus hermanos, pero le gustaba la visión de heroína que tenía Juan de ella, ya que siempre había deseado ser valiente.

-¡Oh, me encanta!

El grillo sonrió y comenzó a tocar canciones animadas que invitaron a la pepita de oro a bailar con gracia. Reían y disfrutaban juntos de una compañía extraña cuyo objetivo iba más allá que la simple atracción. Era la misma compañía lo que les llenaba el corazón. Ambos quedaron dormidos, cogidos de una de las patas delanteras.

Fuera la luna se había ocultado tras nubes rojas que poco a poco fueron descargando su lluvia con fuerza sobre la tierra. Cuando los grillos se dieron cuenta, la tierra estaba húmeda y el techo se estaba deshaciendo. Las pinturas se borraban y, con ellas, todo lo que Juanito había construido con tanto esmero. Se sentía tan desolado que era incapaz de reaccionar.

Por fortuna, Pepita le cogió de una patita y se lo llevó por el túnel que daba al exterior, demasiado grande para que algo de luz de luna alcanzara y peligroso en días lluviosos. Las gotas la golpeaban con fuerza pero ella seguía escalando, sujetando a su nuevo amigo que no dejaba de morderse la patita que tenía libre mientras veía horrorizado como el agua destruía su mundo.

Corrieron veloces y buscaron refugio en el primer lugar que encontraron: una caseta de perro. Al parecer Juanito se había instalado en el jardín de un chalet de humanos. Saltaron y contemplaron asustados el granizo que golpeaba y rebotaba en el suelo.

-Por poco... -suspiró Pepita cuando la lluvia comenzó a amainar. 
-¿Por poco? ¡Mi casa! ¡Todo cuanto soy se ha destruido! 
-Eres más que una casa.
-Es que no era una casa, era mi casa... -y comenzó a llorar desconsoladamente.
-¿Quién arma tanto jaleo? -intervino una voz grave y fuerte.Los grillos se asustaron: era un perro. -¡Tranquilos, bichos! No me gustáis, prefiero la comida que me dan los humanos. -Los grillos volvieron a gritar y el perro soltó una carcajada. -Mi nombre es Curro. ¿Por qué estáis tan alterados? ¿Qué hacéis en mi caseta?
-Nosotros somos Juan y Pepita. Estábamos en su casa y, bueno, es de tierra y el tunel era demasiado ancho, así que el agua ha llegado hasta ella y la ha derrumbado.
-Menos mal que estáis vivos ¿no?
-Sí, pero él no deja de llorar y no sé qué hacer.
-A ver, Juanete, escúchame -le llamó la atención Curro. -En la vida hay dos tipos de problemas: los que dependen de nosotros y los que no podemos controlar. La inundación de tu casa es una situación incontrolable, así que lo importante, más que el propio problema, es tu actitud frente a él.
-¿Mi actitud? -Juan secó sus lágrimas con una de sus patas.
-Así es. Puedes lamentarte el tiempo que quieras, pero eso no va a cambiar lo que ha ocurrido ni tu situación actual. Sin embargo, también puedes construir una nueva casa, hacer el túnel más estrecho y menos directo al exterior, hacer nuevas cosas y mejorar lo que ya tenías.
-¡Curro tiene razón, Juanito! Yo puedo ayudarte con la casa. Pintaremos juntos y haremos túneles para estar más prevenidos. Y si vuelve a ocurrir, ¡volveremos a empezar!
-Bueno... a lo mejor tenéis razón... -El sol  del amanecer venció por fin a la lluvia y el campo de margaritas brilló a través de las pequeñas gotas de agua que había quedado en sus pétalos blancos.

Una semana después, Pepita y Juanito habían construido una nueva casa. Él echaba de menos su anterior hogar, pero aprendió a disfrutar de su nueva situación, a solucionar lo que podía controlar y a aceptar aquello que no dependía de él. Pepita aprendió que fue valiente al huir de casa de Juan con él a cuestas, contra las gotas de lluvia que tenía que esquivar mientras escalaba, y que la valentía, la lealtad y otro tipo de valores no eran innatos o imposibles, sino que eran actitudes que cualquier bicho (o persona) podía adoptar si así lo deseaba de corazón.

Autora: María Beltrán Catalán (Lady Luna)

domingo, 17 de noviembre de 2013

Siempre a tu lado


-Siempre estás feliz. ¡Todo te va bien! -Exclamó de pronto.
-Son dos conceptos que no tienen por qué ir relacionados -respondió con una leve sonrisa y un deje nostálgico en la voz.- Ser feliz depende de nosotros; que la vida nos sonría o nos de la espalda, no.
-A ti siempre te sonríe, Clarisa, no me vengas con cuentos.
-No, Esteban... A ti siempre te sonrío.

Clarisa le dedicó una cálida sonrisa antes de retirarse a su habitación. Esteban la observó mientras bebía el último sorbo de su bebida y se marchó del hotel. Compartían amistad desde hacía veinte años y ella jamás había perdido el equilibrio, al contrario que él, quien se había derrumbado incontables veces y había encontrado apoyo en su fiel compañera.

Clarisa cerró con delicadeza la puerta de su dormitorio y tomó asiento en la alfombra, junto a la cama de colchas rosadas. Lágrimas brotaron de sus ojos marrones mientras ella recogía sus piernas en un abrazo. Un mechón rizado y dorado se desprendió de las horquillas que habían mantenido su rostro despejado durante la cena. Pensaba en sus planes fracasados, en la confianza depositada en personas que la traicionaron o la abandonaron, en las batallas que había librado para llegar a ser quien era, especialmente contra sí misma. Pensaba en las ganas de derrumbarse, de tirarse al suelo y descansar por fin. Pensaba en sus miedos de quedarse allí tirada, sola. En su miedo a no recibir una mano dispuesta a levantarla. En su miedo a que volvieran a repetirse las historias llenas de decepción y traición. El sentimiento de soledad la golpeó en el pecho con fuerza.


Esteban salió del edificio y echó un rápido vistazo a los taxis que aguardaban pasajeros que llevar a cualquier parte. Decidió caminar. Hacía frío pero no llovía. ¿Qué habría querido decir Clarisa con esa última conversación? Lo cierto es que cuando quedaban solía ser él quien contaba su vida, quien compartía su carga y su alegría con ella. Pero si Clarisa no fuera feliz se lo hubiera dicho ¿no? Esteban sacó del bolsillo de su abrigo el móvil, buscó su nombre y la llamó.

El teléfono sonó para nadie. Clarisa acababa de pedir que le llevaran a la habitación una infusión que la ayudara a relajarse y se había cambiado de ropa. Estudió su expresión triste en el espejo del baño, los ojos enrojecidos y las mejillas mojadas.

Toc, toc.

La muchacha secó sus lágrimas con la manga de su pijama de flores y se dirigió a la puerta para abrirla y recoger su bebida.

-Es... Esteban. ¿Qué haces aquí? -La voz le temblaba al mismo ritmo que los labios. Los ojos, acuosos, desviaron su mirada a un lado.

Alguien llegó entonces con su infusión. Un agradecimiento y el caballero se marchó.

Esteban sintió que su corazón se hacía pedazos. Su amiga, la fuerte, el pilar y apoyo de su vida, estaba mal y él no tenía nada que decirle.

-Yo...
-Creo que es mejor que te vayas. Mañana será otro día -interrumpió ella.

Cuando Clarisa se dispuso a cerrar la puerta, Esteban se interpuso y la abrazó. Y ella lloró en su hombro todo lo que antes había llorado sola. Y, aunque con miedo, confió en esos brazos que en aquellos momentos la sostenían en pie.


No durmieron en toda la noche, Clarisa había compartido con él sus cargas, algunas más pesadas que otras, sus inseguridades, sus batallas... Esteban notó una ligera diferencia en la sonrisa de su compañera al día siguiente. Un brillo en los ojos y el compromiso por su parte a ser su fiel amigo. Porque así son las relaciones; un contrato no escrito entre dos corazones que deciden caminar juntos en la aventura de la vida.

María Beltrán-Catalán (Lady Luna)