
Sus padres, siempre ocupados, se veían obligados a dejarla en la guardería (más tarde preescolar o infantil) para luego, en casa, estar bajo el cuidado de algún joven dispuesto a hacerse cargo de ella si la madre no llegaba a tiempo.
Así, poco a poco, Nuria fue centrando su amistad en aquella criatura peluda sin vida.
Una tarde, cuando caminaba de regreso a casa, un grupo de niños cuyas edades se hallaban comprendidas entre 7 y 8 años le arrebató de sus manos el conejito.
- ¡Devuélvemelo!
- Si tanto lo quieres... Cógelo.
Los críos se pasaban entre ellos el peluche, a una altura suficientemente elevada para que Nuria no pudiera alcanzarla y rompiera a llorar de rabia e impotencia. Entonces apareció otro niño, parecía tener unos 6 años, que, decidido, salió en defensa de la pequeña.
- Suéltalo, Pedro.
- ¿Por qué? ¿Vas a pegarme?
- Sé dónde vives, se lo voy a decir a tu madre.
- Oh, qué miedo. Pero vale, lo "soltaré".
Pedro lanzó a Kuko ladera abajo, donde las malas hierbas cubrían todo aquello que osara adentrarse en ellas, ocultándolo a conciencia. Luego, huyó con su pandilla. Nuria gritó desconsolada. Cuando su madre la encontró, se la llevó casi a rastras del lugar dejando atrás al chico que había intervenido y amenazado a Pedro. Antes de cruzar la esquina, la chica volvió la vista atrás y comprobó que se dirigía a la zona donde Kuko había sido arrojado. Cuando llegó a casa todavía estaba llorando. "Es sólo un peluche, duérmete ya" le había dicho su padre, pero ellos no podían imaginar cuánto había perdido con él, el vacío tan intenso que golpeaba su corazón y le dolía por dentro, Kuko era su único y mejor amigo en el mundo.
Al día siguiente Nuria repetía el mismo recorrido de la tarde anterior cuando se detuvo al ver de frente al chico desconocido que había frenado la pelea consiguiendo que perdiera lo más valioso que tenía. Ella le dio la espalda y se sentó en la acera con la mirada perdida en la hierba. Él se acercó y la imitó, quedando a su vera.
- Le quieres mucho, se nota, siempre vas con él - comentó, refiriéndose a Kuko, el joven.-Me llamo Javi. Creo que tú eres Nuria ¿no?
-Mi amigo no está. Ayer se lo llevaron. Nadie ocupará su lugar.
- Se puede tener más de un amigo.
- No. Él no está. Tú le dijiste que lo tirara.
- Eso no es verdad.
- ¡Sí que lo es!
Antes de que la primera lágrima brotara de sus ojos oscuros, Javi le tendió un Kuko sucio y arañado. Nuria lo cogió y abrazó con la alegría de quien recupera la vida. Se levantó y acusó al chico de haberla engañado.
- Te lo llevaste, me lo quitaste, por eso lo tenías ¿no? ¡Eres malo!Aquella noche la pequeña pensó en lo ocurrido mientras acariciaba una de las orejitas del conejo. Pedro lo había tirado después de que Javi interviniera, pero aún recordaba la mirada seria de éste último cuando marchó ladera abajo en busca de su mejor amigo hasta encontrarlo y devolvérselo, ¿por qué?
Al amanecer dejó a Kuko en casa, en la cama. Era la primera vez. Y cuando iba de regreso a casa como de costumbre volvió a ver al chico del día anterior. Se acercó a él, quien extrañado preguntó:
- ¿Y tu amigo?
- Se llama Javi y está delante de mi.
Él sonrió, ella le imitó y cogidos de la mano se fueron a jugar.
Y es que no se necesitan excusas para hacer algo bueno, como denunciar una injusticia o luchar por su antónimo, aprender a querer y a confiar. Muchas veces lo olvidamos y perdemos el tiempo buscando un por qué inexistente.Para cambiar el mundo hemos de empezar por nosotros mismos, aprender a querer, perdonar y enseñarlo allá a donde vayamos, predicándolo siempre con el ejemplo.
¿Empezamos con una sonrisa?



































Todavía sigo acudiendo a la llamada del alba, para deleitarme con el sonido de su armónica, sin saber su nombre, edad, desconociendo por completo el timbre de su voz...

PD: No hace mucho, escuché una canción en inglés que trataba sobre el maltrato infantil y me inspiró para escribir este texto.












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