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viernes, 9 de junio de 2017

Y él, con un monopatín

El viento ondeaba su cabello negro, el cual enmarcaba un rostro afable y usualmente sonriente. Podría haber sido hasta entonces, para él, un día tranquilo o ajetreado, suave o intenso; en cualquier caso, una jornada normal. Pedaleaba acompañado de dos amigos, cruzando la ciudad que le acogió cuando emigró buscando un trabajo digno acorde a su preparación académica. Sin embargo, había algo diferente en aquella calle. No pudo evitarlo, se detuvo y contempló la escena. Había terror, la armonía estaba en ruinas, como todo lo que toca quien vive, o más bien muere y mata, con el odio. 

La anciana todavía recordaba que una mujer gritaba. Yo, aspirante a periodista, tomaba nota veinte años después del suceso. Mencionó entonces la velocidad con la que aquel joven bajó de su bicicleta y se introdujo en aquellas tinieblas. No era presuntuoso. Allí no había público para aplaudir, solo un hombre armado atacando a una mujer, y él, con un monopatín, decidido a detenerlo. A sus amigos no les dio tiempo a reaccionar y ella, admitía, habría salido corriendo, asustada. Por eso, insistía, no olvidaría jamás lo que vio desde aquella ventana, protegida por la persiana que ocultaba su escondite pero no le impedía la visión.

Tuvieron que atacarle por la espalda otros hombres, continuó. Un acto mezquino, cobarde y criminal. No pudieron hacerlo de frente. Eran tres hombres armados contra un chico con un monopatín. Le asesinaron. La mujer necesitó hacer una pausa antes de proseguir, una pausa que respeté en silencio, conmovido.

Cayó al suelo, sí... pero con él se levantó el honor, la gloria y el verdadero poder, que es el servicio, en un ejemplo tan radicalmente acorde a sus convicciones religiosas. Desde entonces, incluso en las carreteras más solitarias suena más fuerte una caricia sobre el asfalto que un disparo, una caricia de ruedas de monopatín, brisa fresca y risas cómplices como las que él compartía con sus amigos. Incluso hoy, tantos años después, el eco del miedo tiene corto recorrido, frente al eco de un acto de inmensa generosidad y heroísmo como el que acabo de contarte.

Lo pagó con su vida, dije. Nos pagó con su ejemplo, me respondió.

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Este es mi humilde homenaje a Ignacio Echeverría, el héroe del monopatín en el atentado de Londres el pasado 3 de junio de 2017, que ha recibido hoy, 9 de junio de 2017, en España, la Gran Cruz de la Orden del Mérito Civil a título póstumo.

Que descansen en paz todas las víctimas mortales del terrorismo y se recuperen las víctimas heridas.
Que las familias encuentren consuelo.
Que el mundo frene el terror.
Nosotros somos ese mundo.

María Beltrán Catalán (Lady Luna)

1 comentario:

Ana Sopca dijo...

Precioso la sensibilidad y el amor te estremece en cada linea.
Un chico ha perdido la vida por un acto cobarde y sin razón.
El amor mueve el mundo y no el odio, actos como estos nos demuestran que hay esperanza de que las cosas cambien.
En un mundo de locos que nos encontramos donde vamos acelerados y donde cada uno va a lo suyo, esto nos demuestra que todavía hay buenas personas que se preocupan y ayudan a los demás.
Mi mas sentido pesame a la familia, DEP y a todos aquellos que han perdido la vida por esta sin razón.