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Entradas

Aprender del mundo

Vivimos en un mundo maravilloso. No tenemos más que salir a la calle, alzar la vista al cielo y ver cambiar los colores con los que el sol tiñe las nubes. Si paseamos, hay árboles que con su oxígeno permiten que sigamos aquí. La hierba, los animales, los insectos. La magnificencia de la naturaleza, de todo lo que está vivo. Dicen que el ser humano es inteligente. Sin embargo, no sólo oprime, satura y abusa de este mundo hermoso que se nos ha regalado por alguna razón que no conocemos, sino que además se autodestruye a sí mismo. No tenemos más que salir a la calle, volver la vista a un lado, para ver que hay gente tirada en el suelo, que es su casa. Si paseamos, muchos comercios han cerrado. La desgracia del ser humano, la tristeza, la ira, la intolerancia, los prejuicios, el poder, la avaricia, la pereza e incluso el odio existe entre las personas. El mundo no es nuestro, sólo somos parte de él, y sin embargo nos creemos los dueños. Esto ocurre a todas las escalas, inclus...

Hoy es diferente

La gente entra y sale de la facultad. Todo sigue igual. Un día más. El sol brilla para unos y para otros son las nubes grises las que toman el protagonismo. Cada persona es un mundo, aunque a veces parece que se olvida la pertenencia a un mismo universo. Jóvenes risueñas acceden al edificio hablando de temas de efímera importancia. Y, a la vez, allí está ella, entre un par de motos y un coche, de espaldas al reloj de la vida. Nadie se ha dado cuenta de que hoy es diferente. Está sola. No ríe. Está quieta. No grita, saludando, como de costumbre. Y, sin embargo, nadie se ha dado cuenta de que hoy es diferente, de que algo no va bien, de que algo ha cambiado en su mundo y, por consiguiente, en el universo de esa calle. Una mirada. Un abrazo. Y lágrimas terribles. Una soledad que ha sido compartida durante años, más de los que yo poseo, se ha convertido en un vacío desgarrador por quien se ha marchado para siempre. Un vacío a vivir en solitario, si se sobrevive a él. Un vacío q...

Un deseo

A veces desearía ser invisible; otras, formar parte de ese vestido amarillo que cubre la tierra del campo, contrastando con el triste gris de este cielo inglés que no me deja ver el sol. Ahora lo pienso y me resulta curioso: un extremo u otro; pues me encuentro en ese incómodo intermedio de ser visiblemente distinto. Aquellas flores son como modelos hermosas, con sus pétalos perfectamente dibujados y sus tallos altos y esbeltos. Y yo, un solitario diente de león, un pequeño copo de nieve que no se deshace en primavera. Un deseo, eso es lo que soy. Un anhelo imposible, un sueño de los que no se recuerdan al despertar. En conjunto, somos una fotografía congelada en el tiempo, un cuadro de esos que se exponen en los museos, que la gente mira sin ver, en realidad, más allá de las extrañas pinceladas. De repente, una mano me separa de mis raíces, paraliza mis pensamientos. ¿Qué ocurre? Oh, una niña. Más bien, una joven. Detrás de ella aguarda un chico algo mayor que ella. -Cuando era pe...

Sol y lluvia

Sonia tenía ocho años. Le encantaba salir con sus amigos, recorrer a la máxima velocidad que le permitían sus pies las calles del barrio. Solía detenerse en un parque, a lo alto de uno de los montes que caracterizaban el lugar. Desde allí se veía, incluso, la ciudad. Entonces reía, sola, sin nadie, o con gente. Eso no importaba. El sol acariciaba con su tibieza el cuerpo de la joven, su rostro infantil. -Me encanta este lugar, ¡no quiero irme jamás! -decía a menudo, como si en el fondo de su alma supiera que algún día tendría que marcharse. Ese día no tardó en llegar. Le habían ofrecido a su padre, hasta entonces en paro, un trabajo en otro país. Lejos de su tierra, sus amigos, su hogar. No dudaron en hacer las maletas. Sonia estaba triste. Allí no conocía a nadie, ni siquiera hablaban su idioma. Además, pudo comprobar durante la primera semana que los días de sol no eran frecuentes y que era la lluvia la que ocupaba su lugar. -¡No me gusta el agua! ¡Los días grises, los días trist...

Un abrazo

...que comience en este mes de enero, limpio, sin que nada, ni nadie,  se interponga entre nuestros cuerpos. Y amarte, mucho, y siempre. Porque ya no tengo elección. Y en realidad nunca la tuve. Porque ya estabas en mi corazón antes de que me diera cuenta. © María Beltrán Catalán

Diciembre

Somos equilibristas sobre un pequeño hilo. Caminaba delante de ti, sin volver la vista atrás, pero con el oído atento a tu respiro. Perdiste la fe, tambaleaste la cuerda y me giré. La inseguridad de tu voz al pronunciar aquellas palabras de rendición me hizo olvidar dónde estaba, el peligro de caer desde aquella altura. Me olvidé de todo lo que no fueras tú. Ahora seguimos caminando, pero yo tengo miedo de tus dudas, y temo que por ello, un movimiento brusco te muestre fácil la salida, y lo dejes todo; me dejes a mí. Si pudiera saberte como antes, con los brazos abiertos para acogerme si resbalo, todo sería diferente, todo sería como antes... y no como ahora, un diciembre incierto para quien no sabe qué pasará después, si hay otro mes o se acaba el año, si está la grada medio vacía o medio llena, si el espectáculo seguirá vivo cuando acabe la función o ya no quedarán más que tristes fotografías, de esas que encierran la magia y la alegría que no se supo mantener.  Tiritan mis palab...

Los Reyes Magos

Estela era una niña de nueve años que vivía con su madre Yolanda. Su familia quedaba muy lejos y hacía años que había perdido todo contacto con ella. Se acercaban las fiestas de Navidad, Fin de Año, y el Día de los Reyes Magos; días felices para muchos, pero difíciles para otros. La crisis económica aquel año había hecho perder a Yolanda su trabajo, complicando así el mes de diciembre que tanto le gustaba a su hija. Un día, antes de que finalizaran las clases, Estela llegó a casa muy ilusionada: ya sabía lo que iba a pedirle a los Reyes Magos. Yolanda, que sólo pensaba en cómo conseguir el sustento del día a día, no pudo evitar exaltarse con Estela. - Estela, los Reyes Magos no creo que puedan venir este año. Hay muchos niños que los necesitan más que... nosotras. - Pero los Reyes Magos pueden cumplirlo todo, mamá. - A veces... verás... - Confía en mí, mamá -la joven sonreía, ilusionada. - Estela, ¡los Reyes Magos no existen! ¿Vale? -Yolanda se llevó las manos a la boca y, luego, cu...