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Entradas

Al borde del precipicio

-¡Tiradla por las escaleras! Lucía apresuró sus pasos hasta salir del edificio. Buscó con rapidez a su madre y, al divisarla, corrió hacia ella y la abrazó con ternura. Siempre se alegraba de volver a estar con ella. Carolina besó su mejilla y, de la mano, la dirigió al coche y regresaron a casa. -¿Cómo te ha ido en el colegio? -Bien, como siempre. ¿Y a ti? -También bien. He comprado pizza. -¡Qué bien, mamá! El almuerzo transcurrió sin imprevistos, con risas y a salvo. Al finalizar, Carolina se preparó para marcharse a trabajar mientras Lucía fregaba los platos. Un beso, un te quiero y un hasta luego. La joven, de trece años, acudió a su dormitorio para estudiar. Era demasiado temprano para salir con sus amigos. Sacó la agenda de la mochila y se le encogió el corazón al ver que una hoja de papel doblada caía al suelo. Se mordió el labio, tomó la nota y se dispuso a levantarse para tirarla sin leerla cuando una frase amable la detuvo: "léeme, por favor". ...

Situaciones incontrolables

A medio metro bajo tierra Juanito había construido una preciosa casa de una sola habitación redonda, de tierra, adornada con pinturas rupestres en las paredes. En el centro se hallaba un círculo formado por piedras diminutas y, dentro, hojas frescas que había recogido. En el exterior había margaritas blancas que embellecían la entrada al túnel. Éste era más ancho de lo habitual, ya que Juan disfrutaba de la tenue y débil luz de luna llena que llegaba a ese pasillo vertical que unía su casa con el mundo al aire libre. Juanito era un grillo de colores oscuros que detestaba las peleas, por eso su hogar se encontraba lejos de donde vivían los demás grillos. Sin embargo, a veces se sentía solo y cantaba tristes canciones de amor al anochecer. Juan era un artista solitario, pintaba y cantaba para sí mismo, sin nadie a quien enseñar sus obras, sin nadie que admirara aquello que se le daba mejor. De todos modos, pensaba, la mayoría prefería las peleas a la paz del arte. Una noche,...

Siempre a tu lado

-Siempre estás feliz. ¡Todo te va bien! -Exclamó de pronto. -Son dos conceptos que no tienen por qué ir relacionados -respondió con una leve sonrisa y un deje nostálgico en la voz.- Ser feliz depende de nosotros; que la vida nos sonría o nos de la espalda, no. -A ti siempre te sonríe, Clarisa, no me vengas con cuentos. -No, Esteban... A ti siempre te sonrío. Clarisa le dedicó una cálida sonrisa antes de retirarse a su habitación. Esteban la observó mientras bebía el último sorbo de su bebida y se marchó del hotel. Compartían amistad desde hacía veinte años y ella jamás había perdido el equilibrio, al contrario que él, quien se había derrumbado incontables veces y había encontrado apoyo en su fiel compañera. Clarisa cerró con delicadeza la puerta de su dormitorio y tomó asiento en la alfombra, junto a la cama de colchas rosadas. Lágrimas brotaron de sus ojos marrones mientras ella recogía sus piernas en un abrazo. Un mechón rizado y dorado se desprendió de las horquil...

Los calcetines rojos

Manuel llevaba horas buscando un calcetín rojo, bordado a mano por una vecina de edad avanzada, con estrellas y flores. Abrió cajones, al principio con suavidad y, a medida que el tiempo transcurría, con más brusquedad. Primero apartaba cuidadosamente la ropa o los objetos para mirar debajo de ellos, después los sacaba y los lanzaba por los aires. Cuando había empezado a buscar aquel calcetín, Manuel se encontraba reluciente, recién duchado, con el pelo engominado y un traje de chaqueta extravagante, como siempre le han gustado. En aquellos momentos, sin embargo, el hombre de pelo cano y rostro anguloso se hallaba con los labios apretados, los ojos entrecerrados y el ceño fruncido. -¿Dónde estás, maldita sea? ¿Es que os habéis peleado? Tengo a tu par, idiota -profirió con voz grave sin prestar atención a la ventana abierta y a la pareja que paseaba justo al lado de su piso, el cual se situaba en la planta baja. Un pitido incómodo procedente de su móvil sonó anunciando que pron...

El poder de un gesto bueno

Había acudido a una exposición de esculturas de barro. Llamaban a la artista “las manos ciegas”. La encontré con las manos en una de sus figuras, con una sonrisa similar a la que le recordaba. -Hace usted una obra maravillosa. -Gracias –respondió con amabilidad, girándose hacia mí, sin verme. –Me suena su voz. -Permítame contarle una historia... Tenían cuatro años. Pedro había ido de vacaciones a la playa y trajo consigo postales para repartir entre sus compañeros y compañeras. Recuerdo que lo primero que pensé fue que aquel gesto provenía de sus padres, bien por presumir, bien por socializar, bien por generosidad. Prejuicios que procuré, desde entonces, no volver a realizar. En el aula había una niña llamada Lucía que había perdido la vista en un accidente de coche. Era todo cuanto sabía de ella; eso, y que era una chica tímida, introvertida y seria para su edad; triste, para quienes se atrevían a soñar con la sonrisa de aquella pequeña morena de cabellos oscuros y mirad...

El buen caballero y su hijo Yon

Una vez... hace mucho, mucho tiempo, hubo un guerrero cuyo nombre no recuerdo, pero era un hombre muy fuerte, valiente y amable. Había crecido entre la gente pobre, pero su valía se hizo notar en el ejército y no tardó en formar parte de él. En su pueblo natal le reconocían como el buen caballero, pues no participaba en batallas injustas y era fiel a sus principios e ideales, algo que el rey valoraba pero que sus compañeros no. Ellos pensaban que él no merecía estar allí, y entre baches y llanos hizo su vida. Conoció a una inteligente mujer de la que se enamoró, fue correspondido y decidieron tener un hijo. En aquella época los partos eran complicados, y ella murió al dar a luz. Él se quedó desolado y triste, pensando que había perdido a los dos, pero entonces el llanto del bebé le devolvió la alegría. Cuidaría de él doblemente, por su esposa. Eso es lo que ella hubiera querido, se decía. El buen caballero abandonó el ejército para dedicar su tiempo a su hijo. Consiguió mantenerl...

Yo no puedo, ¡yo sí puedo!

            Érase una vez una clase que se impartía al aire libre, en un circuito cerrado donde había parque, selva, acantilados y un entorno parecido a la Antártida, con hielo y agua alrededor. Había en ella cinco estudiantes: un guepardo, una jirafa, una cigüeña y dos pingüinos. Sus nombres eran Gerardo, Jimena, Cinta, Pin y Quino respectivamente. Tenían una profesora llamada Niebla, que era una nube sonriente y muy entusiasta, y durante el curso le propuso a sus alumnos y alumnas una serie de pruebas que consistirían: la primera, en recorrer un sendero del parque; la segunda, coger una flor situada en la rama de un alto árbol de la selva; la tercera, cruzar un acantilado situado muy cerca de otro; y la cuarta, pescar en las aguas  situadas alrededor y bajo el hielo que simulaba la Antártida.             La primera prueba le resultó muy sencilla a Gerardo, el guepardo, quien corrió llega...