
Allí estabas tú, durmiendo plácidamente, con tu largo y oscuro cabello, dispersado por la almohada, sobre la que posas tus sueños de princesa que quedaron atrás. Esbozo una sonrisa; has cambiado tanto desde que me fui. Ya tienes trabajo fijo, aprendiste bien cómo defender tus ideales, y te levantaste sola en cada caída; cómo dolía.
Tu recuerdo, tan nítido como el presente, contrasta notablemente con lo que ahora ven mis ojos, desde la ventana que, como antaño, dejas abierta al anochecer. La habitación solo estaba iluminada por el leve brillo de las estrellas que se escapaban del cielo para contemplarte. Todo, igual que ayer.
Sé cuántas veces le gritaste a la Luna mi nombre, preguntando una y otra vez el porqué de mi partida. Mas ésta, no respondía. Yo he estado allí, en cada caída, rasguño, lamento, he estado allí; mi mano siempre estuvo atenta para ofrecerte mi ayuda... Y nunca me viste. Soy yo, no la luna, la que vela cada noche tu sueño y escucha cada lágrima que mana de tus lindos ojos. Soy yo, no la luna, la que aguarda paciente para escuchar de tu dulce voz y oculta tus secretos...
Parece mentira, cómo el tiempo hace preso al momento. Me cuesta creer que ya no eres tú aquella niña curiosa que pedía impaciente su pastel favorito, sentada en la silla que presidía la mesa del comedor. Has crecido, tu vida ha seguido su curso, y hasta ahora, no me percaté de ello. Anhelo tu risa juguetona, y tus labios formando esas palabras que ya no oiré más de tu voz, pues ya no eres tú, sino ella, la que te dice a diario: Te quiero, mamá.
Tu recuerdo, tan nítido como el presente, contrasta notablemente con lo que ahora ven mis ojos, desde la ventana que, como antaño, dejas abierta al anochecer. La habitación solo estaba iluminada por el leve brillo de las estrellas que se escapaban del cielo para contemplarte. Todo, igual que ayer.
Sé cuántas veces le gritaste a la Luna mi nombre, preguntando una y otra vez el porqué de mi partida. Mas ésta, no respondía. Yo he estado allí, en cada caída, rasguño, lamento, he estado allí; mi mano siempre estuvo atenta para ofrecerte mi ayuda... Y nunca me viste. Soy yo, no la luna, la que vela cada noche tu sueño y escucha cada lágrima que mana de tus lindos ojos. Soy yo, no la luna, la que aguarda paciente para escuchar de tu dulce voz y oculta tus secretos...
Parece mentira, cómo el tiempo hace preso al momento. Me cuesta creer que ya no eres tú aquella niña curiosa que pedía impaciente su pastel favorito, sentada en la silla que presidía la mesa del comedor. Has crecido, tu vida ha seguido su curso, y hasta ahora, no me percaté de ello. Anhelo tu risa juguetona, y tus labios formando esas palabras que ya no oiré más de tu voz, pues ya no eres tú, sino ella, la que te dice a diario: Te quiero, mamá.
Comentarios
Precioso texto para comenzar.
Un besote.
Alber.
Gracias^^
8 besitos!
¡¡Gracias x iluminar mi vida,mi niña!!
:)
Asombroso!
abrazo!
seguí leyendo y escribiendo mucho!
Es precioso. Las madres siempre velando por nosotros estén donde estén.
Muchos besos
Espero que no sea la última vez que os paséis por aqui^^
¡Besos!
ya que visito tu blog, he decidido hacerlo desde el principio, y así poco a poco me voy leyendo todo.
precioso el texto, siendo tuyo no se podía esperar menos. sigue así, artista ^^
hay personas que nos guardan, que aunque su partida duele, nunca se van, porque todos, están en ti, están en tu corazón y mientras sigan ahi, podrás revivirlos en cada sueño, en cada pensamiento, en cada lágrima, mientras no se los trague el olvido, seguirán existiendo