Eran maniquíes. Esculturas de plástico condenadas a posar en los escaparates con prendas ideales. Objetos inanimados, decía la gente.
Mauricio era uno de ellos, nuevo, pero preso de la misma tienda. Fue al instante de llegar cuando se fijó en ella, en Adelaida.
Mauricio era joven, inexperto, desconocedor de las reglas inquebrantables de cada puesto de ropa. Así que al caer la noche, suspiró y buscó a la bella silueta que había robado su atención desde el primer momento.
Allí estaba ella, inmóvil, perfecta, luciendo un sencillo traje primaveral, o veraniego, eso no importaba: la esencia era ella. Se acercó con el torso al descubierto, sus vaqueros rotos y una gorra.
-¿Qué haces aquí? Si te pillan pueden acabar contigo en menos que...
-¡Hola!
-Estás loco.
-Por ti. Cásate conmigo, vayamos a la sección de bodas.
Ella rió ante la ocurrencia disparatada del nuevo chico.
Entonces, alguien encendió la luz del pasillo.
Mauricio corrió a esconderse entre la ropa, cuidadosamente colgada en perchas para el día siguiente. Mientras se guardaba de no ser visto, imaginaba a su preciosa fantasía vestida de blanco, a su lado, entre parabanes envidiosos de su dicha. La precaución no gozaba de existencia entre los recovecos de su mente, centrada en disfrutar de aquel nuevo lugar, de su vida, y de sus pasiones de joven enamorado.
Esperó con paciencia a que el guardia apagara de nuevo la luz que le había separado de su joven escultura, pero no volvió a ella. Se marchó a su lugar, a la posición en la que le habían colocado los dependientes del centro comercial.
El día transcurrió demasiado lento para nuestro protagonista, que anhelaba regresar al escaparate de Adelaida. No obstante, eso no le impidió posar cual modelo profesional y lograr que chavales detuvieran su paso para probarse la ropa que descansaba en la estantería de al lado. También se divirtió observando el juego del escondite en un par de hermanos. Incluso compartió su aburrimiento con algún pequeño que bostezaba, luchando por no caer dormido.
Y por fin llegó la noche. Bajó de su escaparate. Ahora llevaba una camisa azul de cuadros. Hizo ademán de seguir la ruta del día anterior cuando otro maniquí le detuvo al decirle:
-Yo que tú, no lo haría. Te juegas el cuello, amigo, literalmente.
-¿Nunca has oído esa frase de "quien no arriesga, no gana"?
-¿Vale la pena?
-¡Claro que sí!
-No tienes ni idea. ¿Sabes lo que significa la palabra "miedo"? Eso es lo que deberías sentir en este momento.
-¿Para qué piensas que existen los miedos? ¡Para que podamos superarlos!
El maniquí, que portaba un traje de chaqueta, suspiró.
-No tienes remedio.
-Lo sé.
Mauricio sonrió y se puso en marcha.
Una flor. En eso se había convertido su joven amada. Llevaba un vestido de flamenca, rojo, con lunares blancos, acompañado de complementos de los mismos colores. Estaba deslumbrante.
-¿Otra vez aquí? ¿Es que no escarmientas?
-Has estado esperando este momento desde mi partida de ayer.
-Estás loco.
-Por ti. Cásate conmigo, vayamos a la sección de bodas.
Su risa era... indescriptiblemente mágica.
-Baja. Enséñame a bailar sevillanas.
-¿Y si...?
-Oh, "y si", la excusa perfecta para no divertirse. ¡Vamos!
Adelaida le miró, dubitativa.
-Está bien.
-¡Genial!
La joven maniquí bajó del escaparate. Mauricio le ofreció su mano. Ella aceptó, se colocó frente a él, y empezó a tocar las palmas. Los demás, que los observaban, los imitaron. Mauricio, lo mismo. Fue el señor de los deportes quien le puso voz al baile. "¡Vuelta!" decía ella, "¡giro!", para que el joven pudiera seguirla. Qué hermosos minutos de risas, arte, y cómplices miradas.
Después, Adelaida bailó con otro. Y ese otro, luego, con otra. Todos disfrutaban de la festividad sevillana como nunca antes lo habían hecho.
La sensación de vértigo cuando corrieron a esconderse del guardia les pareció a todos tan excitante que, a la noche siguiente, quisieron repetir la aventura junto al chico nuevo y enamorado. Decían que habían nacido con la aparición de Mauricio... que antes, esperaban, inertes, a no ser descubiertos. Una de las chicas de la moda joven comenzó una relación con el chico de las prendas masculinas. La vida, el amor, la alegría... todo eso había llegado junto a nuestro protagonista.
Una noche, Mauricio quiso llevar a Adelaida a la sección de bodas. Deseaba verla vestida de blanco, bailar algo lento con ella, correr jugando al escondite, reírse, amarla. Ella no puso resistencia a sus encantos. Se había encariñado de sus ocurrencias y desparpajo, de su forma de vivir, de su manera de querer.
-Ha sido una noche maravillosa.
-Porque tú lo eres.
-Mauricio, yo...
Y fue en ese beso iniciado por el joven... el momento en el que el guardia nocturno les descubrió.
-¿Qué nos va a pasar ahora? ¡No debí hacerte caso! ¡No debí caer en tus encantos!
-Lo nuestro estará siempre por encima de lo que pueda ocurrir, ¿entiendes?
Pronto se habían reunido un grupo de personas para separar a los dos maniquíes y llevarlos a quién sabe dónde. ¿Volverían a encontrarse? ¿Se desharían de ellos sin más, de sus cabezas, o de sus piernas? ¿Echarían de menos los juegos y bailes, las noches de diversión? ¿Valió la pena arriesgarse? Mauricio lo tenía muy claro. Adelaida...
Transcurrieron semanas sin la presencia de la joven pareja. Sus compañeros temían lo peor. Jamás habían visto nada parecido, la felicidad plastificada, reducida a nada. Volvieron a sus tristes vidas de monotonía y aburrimiento, de opresión y deseos congelados en el alma. El precio era demasiado caro si querían divertirse.
Toda esperanza se desvaneció cuando dos maniquíes sin cabeza ocuparon las posiciones que antes habían pertenecido a la joven pareja. La tienda entera lamentaba el final del amor, de la vida, los besos, la alegría, Mauricio y Adelaida.
Nadie se movió aquella noche. Tampoco la siguiente. Ni la siguiente. El panorama era desolador.
-Le avisé. Debí haberle atado, cogido, engañado... Esto no habría pasado -se culpó, de repente, Roberto, el maniquí con traje de chaqueta.
-Él era así. No te habría hecho caso, por mucho que tu hubieras querido -le consolaba Magdalena.
Entonces, el maniquí que ocupaba el lugar de Mauricio se movió y dirigió sus pasos a la voz del varón, tirando al suelo alguna que otra prenda, para tomar sus manos con una de las suyas y, con la otra, levantar el pulgar.
-¿Pero qué haces? ¡Un respeto!
El maniquí ignoró sus quejas para abrazarle.
-Espera... No, no puede ser.
El cuerpo sin cabeza puso sus brazos en jarra y empezó a bailar.
-¡Oh, Mauricio! ¡Es Mauricio! Lo que daría por oír de nuevo tus locuras.
El chico se encogió de hombros. Luego, hizo un gesto, con mímica, imitando a alguien que busca algo con la mirada. La diferencia, claro está, es que él ya no tenía cabeza. Roberto le entendió enseguida. Bajó de su escaparate y guió al joven hacia la maniquí que ahora ocupaba la posición de Adelaida. ¿Sería ella, de verdad sería ella?
Al llegar, Mauricio buscó su cara, pero no la encontró. Entonces bajó del cuello a su cintura, y la abrazó. Ella dudó un instante, el momento de reconocer sus brazos. Estaban juntos, otra vez. Literalmente, habían perdido la cabeza el uno por el otro. Mauricio había esperado paciente a que alguno de sus compañeros pronunciara alguna palabra para poder moverse con la seguridad de la noche y buscar a su amada. Se querían. Sólo un par de locos enamorados volverían a arriesgar sus vidas de esa manera tan insensata. Así eran ellos. Así era el amor.
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Fotografía de Ben Heine, de su colección Pencil VS Camera |
Yo fui testigo de cada gesto, palabra, lágrima, sonrisa. Soy el ojo que todo lo ve en este maldito mundo, o tienda, qué más da. De eso me di cuenta esa misma noche. Ya nadie volvería a separarles. ¿Qué derecho a destruir el amor, qué derecho a destruir la libertad, qué derecho a destruir la vida? Ninguno. Ya no. A partir de ese momento, borraría cada actuación de la planta segunda, como una buena cámara de seguridad.
Comentarios
Hoy salí de compras con mis padres cuando, al ver tanto maniquí aquí y allá, me vino la inspiración.
¡Espero que os guste!
En cuanto pueda me paso por vuestro cálidos rincones.
¡Un besito!
¡Besos!
PD: te espero en mi nuevo rincón : http://chocolate-y-mentaa.blogspot.com/ espero que te guste ^^
Un relato muy original, eso sí que es perder la cabeza por amor, jaja! Vuelve a brillar tu sana y positiva imaginación!
¿Después de una tarde de tiendas, se engordó tu armario? ;)
Un fuerte abrazo mimoso y besitos!
Un beso, guapa. Te felicito y deseo que la lluvia no te impida disfrutar de la Feria
Es súper original, y el final me ha gustado mucho, claro, ¿quién si no, una cámara, podría haberlo visto todo? Es genial.
Me encaNTA.
besos!!
A pesar de eso triunfó el amor.
Besos.
Cuando se apuesta la cabeza hay que saber perderla pero sin perder las metas y mucho menos las esperanza.
Precioso María, me ha encantado. Te espero por mi Londres particular.
Un besito =))
¡Qué final! Me emocionó a la vez de sorprenderme, ¡qué inesperado!
Por cierto, lo de la cámara de seguridad, el rizo que riza el rizo.
¡Besitos!
< -¿Nunca has oído esa frase de "quien no arriesga, no gana"?
-¿Vale la pena?
-¡Claro que sí! >
Me encanta, ese dialogo me ha encantado, cuantísima razón contenida en tres simples frases, o arriesgas o no ganas y, por supuesto, vale la pena arriesgarse, si no nos arriesgamos ¿para que leches estamos viviendo? ¿para ver pasar los días y las oportunidades como quien ve pasar los coches por la autopista?
En fin... tú ya sabes lo que opino realmente de la inmensa mayoría de lo que sale de tu cabeza desde que vi ese cuaderno rojo =P
Hacia mucho que no me pasana por aqui lo siento !! :)
Me ha parecido genial, simplemente.
Y lo de ir a las seccion de bodas :P Me ha encantado.
Mucho besitos :)
Que historia mas bonita :D Tienes mucha imaginacion!! Lo de la camara me sorprendio!
Un saludo :)
(Actualización semanal en mi blog :)
Sólo qvisiera hacer vn peqveño apvnte,,, nadie ha destrvído el Amor, ni la Libertad, tan sólo han destrvído la vida, pero hay cosas qve nadie pvede arrebatar!! Excelente historia, MiLady, hacía mvcho tiempo qve vna historia no me robaba la volvntad para convertirla sólo en la necesidad de segvir leyendo, gracias