Ir al contenido principal

Misión fantasma

 —¿Acepta la misión a cambio de cumplir su deseo?

Me había costado asumir la situación y admitir que era un fantasma en un espacio extraño. Con el tiempo aprendí que se trataba de una especie de cuarta dimensión y que, por ello, veía como elementos simples, no complejos, a las personas vivas desde una situación elevada, que no era arriba ni sabía cómo describirla. En cualquier caso, sabía, por la posición y movimientos corporales gruesos de mi familia, que estaban sufriendo profundamente. 

—Si no lo consigo o el resultado no es el esperado...
—Lo habrás logrado si su destino cambia. Entonces le daremos paz a tu familia. Sabes que nos coordinamos con los ángeles y tienen ese poder. No pierdes nada y podrías ganar lo que tanto ansías.

Tuve un intenso debate interno. La posibilidad de verme obligada a recurrir a medidas que pudieran contravenir mis principios pacíficos y pacifistas me inquietaba. La misión consistía en trastornar a un ser humano varón para evitar que hiciera algo terrible y, aunque confiaba en poder cumplir el objetivo sin dañar a nadie, sabía que era muy difícil. Finalmente, pensando en mi familia, acepté.

Al parecer, Adolf era un chico austriaco que iba a sembrar el terror en el mundo. Desplacé mi ser por su dimensión hasta encontrar la ubicación indicada por el Oráculo de la Ciudad, quien reinaba en la cuarta dimensión.

—No puede ser, ¡si apenas tendrá seis años!

Vigilé sus pasos durante un tiempo. Adolf sufría. Me obligué a pensar en mi familia para creer las palabras de quien me había encargado la misión. Primero, intenté comunicarme con palabras. Éstas, sin embargo, le llegaron distorsionadas y no entendió el mensaje: simplemente se asustó. Procuré entonces presentarme en su dimensión, mover algún objeto que nos permitiera establecer, al menos, un contacto. Tampoco sirvió.

La madre parecía querer llevar a Adolf a un centro de salud mental, pero el padre se negaba. Contrario a ello, acudieron a una vecina de su pueblo natal que era médium. Ella identificó mi presencia y tildó de malignas mis intenciones. Le ofreció un artilugio como amuleto al niño que, sorprendentemente, me alejó de la estancia. De nuevo solo podía verle desde una posición elevada, sin situarme en su dimensión. ¿Cómo iba a hacerle cambiar de destino si no podía llegar hasta él? Miré a mi alrededor buscando algún consejo que no apareció. Cuando los fantasmas estábamos en plena misión lo hacíamos en solitario. Adolf se marchó de la estancia y me personé frente a la médium. La mujer reconocía mi presencia y le resultaba desagradable. Intenté contarle que Adolf haría cosas terribles si no se lo impedíamos, que nos permitiera hacer nuestro trabajo. Ella solo veía objetos moviéndose o rompiéndose, supongo. Y, quizá, alguna imagen translúcida en alguna parte.

—No sé lo que pretendes, pero atentar contra un niño de buena familia no es manera. Ese amuleto que lleva funciona como una orden de alejamiento, ¿entiendes? Está a salvo de ti.

Durante mucho tiempo me sentí desesperada. Todos mis intentos quedaban frustrados por mediación de aquella mujer. Probé con gritos, pero le llegaban tan debilitados que conseguía despreciarlos con un gesto. Intenté inculcarle sueños cuando dormía, momento en el que se acercaba a mi dimensión. Sin embargo, no conseguía crear los espacios de conversación que necesitaba. Un día, por convencimiento materno, el chico fue llevado a un profesional de salud mental que aconsejó su internamiento. No sabía si eso sería positivo o negativo, pero entendía que estando recluido pocas decisiones trascendentes podría tomar. Sin embargo, la médium hizo aparición en la escena y consiguió convencer al padre para que Adolf no fuera internado.

 No obstante, él sabía que su hijo tenía un problema, así que pretendió solucionar sus miedos a base de golpes y amuletos. El niño crecía y aquello no mejoraba de ninguna de las maneras. Los amuletos ayudaban, los golpes le hacían contenerse, reprimirse, crecer en odio y mantener o empeorar sus serios problemas. Yo no quería ser un problema, la verdad, pero mi familia necesitaba paz. Mi muerte había sido repentina y a manos de mi ex pareja. No podía dejarles sufrir si yo ya estaba bien. Debía cumplir la misión. Adolf se contentaba con expresar su dolor, miedo e ira en sus pinturas.

El chico cumplió pronto la mayoría de edad, casi al tiempo que le negaron el acceso a los estudios de arte. El tiempo transcurre a distintas velocidades según la dimensión. Y sucedió algo me dio la vida. Figuradamente, claro, soy un fantasma. El muchacho se deshizo del amuleto y de todo lo que tuviera que ver con su padre. Regresé a su mundo en todo mi esplendor, tenía que hacerle entender que sus decisiones serían importantes y que debían ser las correctas. Aquella vez estaba dispuesta a conseguirlo. Sin embargo, no lograba que me entendiera; apenas le llegaban espejismos de mí y de mis palabras. Empezó a tomar decisiones que llevarían a la humanidad a una catástrofe. Yo seguía intentándolo, esforzándome, sin desanimarme por lo que ocurría alrededor de Adolf. Tuvo entonces, cuando alcanzaba los treinta y ocho años, una fuerte crisis nerviosa. Y creo que, en una especie de delirio, pudo escucharme... porque fue después de aquello cuando le pidió protección un doctor judío y él, Adolf Hitler, se la dio. 

Volví a la dimensión que me correspondía: eso significaba que había terminado. Mis semejantes festejaron que hubiera cumplido la misión. El ser humano que iba a provocar un holocausto contra las personas judías había cambiado su primera decisión. Yo no sabía que estaba luchando para prevenir algo tan grande, aunque es probable que, de haberlo sabido, me hubiera negado por no sentirme capaz. No obstante, había una gran alegría en la cuarta y quinta dimensión. 

El Oráculo de la Ciudad cumplió su palabra. Se me permitió visitar en sueños a mis familiares para despedirme y los ángeles le dieron la paz que tanto necesitaban. Todo estaba en su sitio.

Desgraciadamente, Adolf solo tomó una buena decisión. Las siguientes llevaron al mundo a lo que habíamos intentado evitar: la Segunda Guerra Mundial.

Autora: María Beltrán Catalán

Comentarios

JUAN PAN GARCÍA ha dicho que…
Hola, mi querida amiga Lady Luna. He venido a desearte unas felices fiestas y un nuevo año 2019 cargado de éxitos y sueños cumplidos.
Tu relato es distinto a los que nos tienes acostumbrados pero lo haces igual de interesante y ameno gracias a tu personal estilo.
Hoy he publicado en facebok una carta tuya de felicitación navideña que en su día, diciembre de 2011, me emocionó hasta las lágrimas. Es la mejor felicitación que hoy puedo dedicar a todos mis lectores.
Las redes sociales han dejado los blogs en segundo o tercer lugar, ya casi nadie entra a leernos, pero quiero volver desde enero a leeros y a actualizar el mío. Recibe un fuerte abrazo y un beso cariñoso.
Toñi ha dicho que…
Un texto que refleja la realidad del ser humano, somos libres para lo bueno y para lo malo, y somos responsables del destino del mundo.
Deberíamoss razonar mas sobre este hecho.
Te quiero corazon.

Entradas populares de este blog

La boina mágica

— ¡Hola chicos! —Toñi, la joven cuentacuentos, llegó a la zona de juegos en la que los pequeños se divertían.  — ¡Buenos días Toñi!—contestaron varios, mientras el resto avisaba a los demás de que había llegado ya. No tardó en hacerse un corro en derredor de ella. Todos la miraban expectantes, sonriendo. También se acercaron padres curiosos y algún adolescente intrigado. La joven se había sentado en uno de los bancos de piedra, en el Parque de los Pinos. — Mmm... ¿Sabéis qué es esto? —La joven señalaba con su mano derecha un objeto que sostenía con la izquierda. — ¡Un sombrero! —Dijo Irene enseguida. — ¡Una gorra de abuelo! —Exclamó Rafael. La risa general de los más mayores hizo sonrojar al chico. — Tal vez usted pueda responder a la pregunta que he hecho —se dirigió a uno de los padres que contemplaban la escena. — Es una boina. — Exacto. Una boina. Es el nombre que tienen los sombreros planos con los que solemos identificar a las personas mayores. ¿A qui...

El cuento del jardinero

Indira era pedagoga en un centro educativo y, Mario, un profesor de primaria recién licenciado que había entrado a trabajar en el mismo colegio. El joven empezó sus clases con mucho entusiasmo, volcándose en todas y cada una de sus explicaciones. Llegó el culmen del año académico e Indira vio a Mario en su despacho, con la cabeza oculta entre sus manos y los codos sobre la mesa. -¿Puedo? Mario se frotó los ojos y asintió con la cabeza. -¿Qué te ocurre? -preguntó la joven con delicadeza. -No sé. No sé qué es lo que he hecho mal. Indira entró en el despacho, cerrando la puerta tras de sí, y tomó asiento frente a su compañero, que prosiguió: -Hay de todo: alumnos que empezaron bien y han acabado igual de bien, alumnos que empezaron mal y han acabado igual de mal, alumnos que empezaron bien y conforme ha ido avanzando el curso han ido empeorando, alumnos que empezaron mal y conforme ha ido pasando el curso han ido mejorando... Si hiciera bien mi trabajo, todos de...

Háblame

Háblame de las montañas, de la brisa, de los ríos, del color de las mañanas, del perfume de los lirios... Las montañas siempre son hermosas. A veces visten de verde; a veces, de blanco, como si fueran a contraer matrimonio con el invierno. Cuando duermen no se ven, pero se oyen, y ese sonido es hermoso. Los insectos se reúnen y cantan, creando una melodía en la que todos los músicos de la orquesta parecen saber cuándo han de tocar su instrumento. La brisa es fresca, especialmente por la noche. Se respira aire puro, del que no existe ya en las ciudades. Allí el color de las mañanas es un cuadro de múltiples colores que se funden en un bello amanecer. El comienzo de un día. El nacimiento de un río que desembocará lejos, pero que siempre sigue, que no se detiene y sin embargo calma a las personas que junto a él se sientan, dejándose envolver por el perfecto perfume de los lirios. Háblame como si fueras la que inventa los amores. Y es en esa magia donde nacen los primeros amores, las se...