¡Hola! Como sabéis, últimamente me ha dado por dibujar. Bueno, hacer cosas con el lápiz para entretenerme un rato en mi tiempo libre. Este es el último que he hecho.
Tras hacerlo, se me ha ocurrido una pequeña historia, así que aquí va:
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Incendio en el bosque - MªB.C. |
La ciudad de los calcetines era, en realidad, una pequeña tienda de madera situada en el corazón del bosque. De unas vigas colgaban hilos y, de ellos, pendían los calcetines. Cada uno de ellos tenía su carácter pero todos coincidían en una cosa: el músico que iba a visitarlos diariamente, a medianoche, suponía un incordio. ¡Ese instrumento creaba nubes que llovían sobre ellos!
Así, estaba por un lado el calcetín Ay, al que todo le sorprendía y vivía con elevada efusividad. Que lloviera era algo grave, mojarse una tragedia.
Por otro lado, el calcetín Zen, que pasaba un poco de todo y solía dormirse, literal o mentalmente. Desconectaba y solía soñar despierto. Tal vez, con un mundo donde poder volar y conocer nuevos lugares y culturas.
También vivía allí el calcetín Cruz. Era buena gente, pero se bloqueaba y desmayaba con facilidad, así que había que hacer planes sencillos y tranquilos con él.
Por supuesto, no podían faltar los gemelos. Los únicos calcetines de la ciudad que no se habían perdido mutuamente en una lavadora humana. Esos tornados despiadados que giraban sin compasión. Solo querían ser felices y a veces no eran ni conscientes de lo que ocurría alrededor. ¡No querían que nada de les interrumpiera su alegría!
El calcetín Sabio era el mayor. Muy consciente de su realidad, solía regular de forma más o menos ajustada sus emociones. Sabía lo que dependía de él y lo que no y actuaba en consecuencia. No se alteraba demasiado y mediaba entre los demás calcetines cuando estos discutían.
Una noche, una pareja humana pasó fumando tabaco cerca de donde estaba la ciudad de los calcetines. Eso solía molestar a algunos de ellos, especialmente a Sabio. El olor luego permanecía con ellos una eternidad. Sin embargo, esa noche lo peor no fue el olor.
Una colilla hizo que la tienda de madera que ellos entendían por ciudad empezara a arder. Cada calcetín reaccionó como le correspondía: algunos se asustaron ante el peligro, otros siguieron en paz, los gemelos siguieron pensando en positivo y el Sabio gritó pidiendo ayuda.
Y la ayuda llegó. El músico de flauta muda.
El músico hizo obrar su magia tocando una canción que generó una hermosa nube. Esta llovió sobre la tienda y, poco a poco, las llamas fueron apagándose.
Algunos calcetines quedaron agradecidos; otros, indiferentes. Y algunos hasta le acusaron de molestar o interrumpir. En cualquier caso, el músico se dio cuenta de que su flauta no era defectuosa ni él tampoco, sino que, simplemente, quizá, había estado en el lugar equivocado.
El músico decidió entonces despedirse de los calcetines amablemente y emprender un viaje para conocer nuevos mundos, personas y objetos parlanchines. Y en ese viaje conoció la alegría de compartirse con otras criaturas, sintiéndose a gusto en ellas, cuidado y apreciado como él cuidaba y apreciaba a los demás.
El músico, con su flauta, no volvió a sentirse un incordio, una carga o una molestia. Y, cuando algún lugar o persona le hacía sentir así, tomaba su instrumento y hacía uso de sus piernas, y de su libertad, para marcharse de allí.
María - LadyLuna
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¡Os leo en los comentarios!
Comentarios
Es hermoso deducir el significado de cada relato que nos cuentas.
TKM