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Entradas

Mi filosofía (compartida en este nuevo año)

Sabía que estarías allí, en el lugar de siempre, sentado con aires de pobreza, sucio, harapiento y con la mirada cansada. Alguna tarde tocabas una flauta dulce de plástico con una maestría que me enamoraba y que la gente, sorda e ignorante, no apreciaba. Pero ya no te quedaba aire en los pulmones, aliento en el alma, fuerzas en el cuerpo, ganas de soñar. Muchas veces te he mirado preguntándome el sentido de la Navidad para ti, para las personas que no se percatan siquiera de tu presencia, para mi. ¿Seguirías creyendo en la buena fe? ¿Habrías perdido la esperanza? ¿Cuántos años llevarías tirado en la calle cual periódico viejo? ¿Contarías los días como lo hacen los calendarios o no te importaba el tiempo, ni la vida? Me acerqué a ti sin saber muy bien lo que estaba apunto de proponerte. Cuando llegué a tu lado saludé con un "hola" que respondiste con un asentimiento de cabeza. Tomé tus manos y te ayudé a levantarte. Creo que no escuché tu voz, te dejaste guiar por mis pasos jó...

Me gusta

Montarme en el metro sabiendo que estarás al otro lado, sentado en la estación, esperándome. Llegar y recibir la sonrisa más sincera, la alegría que representa tu persona. Encontrarme con un abrazo cariñoso. Reflejarme en tus ojos claros. Reirme contigo. Me gusta. Leer las líneas que me dedicas, cada palabra de cariño. Escucharte al otro lado del teléfono. Saber que me sigues. Acordarme de ti. Tenerte cerca. Me gusta. Saber que me quieres, hagas lo que hagas, digas lo que digas. Conversar contigo en el coche. Contarte mi felicidad. Que me recibas cuando regreso a casa. Verte a diario. Contar contigo. Me gusta. Navegar por estos mares, buscando perlas que admirar. Conocer tu corazón a través de cada gota. Que me apoyes en mi decisión. Comprenderte. Me gusta. Descubrirte en un saludo desconocido, inesperado. Lograr una mirada amable, una sonrisa. Alejarme de tu voz. Recordarla. Y aprender algo nuevo. Me gusta. Salir por ti sin saber con quién. Disfrutar de todo. Ser tu amiga. Me gusta. Q...

Cambiar

Nuria era una niña de unos cinco años, morena y muy linda. Solía llevar un lacito en el pelo y un vestido, o bien un gorro a juego con su ropa. A todos lados iba acompañada de Kuko, un conejito blanco de peluche al que dedicaba su tiempo, amor y confianza. Sus padres, siempre ocupados, se veían obligados a dejarla en la guardería (más tarde preescolar o infantil) para luego, en casa, estar bajo el cuidado de algún joven dispuesto a hacerse cargo de ella si la madre no llegaba a tiempo. Así, poco a poco, Nuria fue centrando su amistad en aquella criatura peluda sin vida. Una tarde, cuando caminaba de regreso a casa, un grupo de niños cuyas edades se hallaban comprendidas entre 7 y 8 años le arrebató de sus manos el conejito. - ¡Devuélvemelo! - Si tanto lo quieres... Cógelo. Los críos se pasaban entre ellos el peluche, a una altura suficientemente elevada para que Nuria no pudiera alcanzarla y rompiera a llorar de rabia e impotencia. Entonces apareció otro niño, parecía tener unos 6 años...

Nuestro veinticuatro

Llevamos más de dos años y medio reservando nuestro tiempo para, cada mes, celebrar juntos las promesas cumplidas, abrazos y besos de reconciliación o fuerzas renovadas. Hoy es veinticuatro. Todos mis planes se han hecho añicos, como los sueños de cristal que inventamos los dos. Porque ya no es un día especial para ti, sino uno más como para el resto de personas que respiran la monotonía en sus vidas. Ya no somos los primeros nuestro amor y yo. Ya no. Y duele. Puedes estar tranquilo. He guardado los reproches en un cajón y escondí las lágrimas en el silencio de mi habitación. Además, he comprado en la tienda de la mentira una sonrisa que vestiré para hacerte sentir mejor, y facilitar tus pasos si tu deseo es continuar conmigo. No me queda más para darte. Apuré mis restos esperando una respuesta diferente. La puerta está abierta. Porque a pesar de tus decisiones confío en que dentro de ti se esconde ese ángel que me cautivó hace tanto. Y te quiero a mi lado. Por eso he recogido los peda...

Esperanza

Te fuiste hace unos años sin despedirte, rompiendo la palabra que te forcé a prometer cuando intuí mi cercana soledad... Sin embargo sigues aquí, te has quedado en mí como un sentimiento que me invita cada día a ser mejor persona y superar mis miedos poco a poco, que me renueva en sueños las ganas de dar y continuar, que me grita al oído como una voz incansable que es posible con empeño e ilusión, que aplaude mis buenos actos, que vela mis noches desde un silencio tan secreto como el lugar de mi alma donde te echo de menos. Mi memoria recuerda cada gesto de tu rostro; la sonrisa como el más característico, siempre amable bajo la mirada de tus sabios ojos de mujer. Mi corazón extraña el caminar pausado de tu persona dejando huella en él. Los jazmines recogieron tu fragancia para envolver con ella los campos y rincones de la ciudad que tuvo el honor de verte crecer. El trigo robó el color de tus cabellos para dorar sus intenciones bajo el sol del alba y así lograr enamorar al viento que ...

Juventud

Apenas eran las nueve de la noche cuando caminábamos de regreso al autobús por la Avenida de la Constitución, calle predilecta para músicos con arte no reconocido. Una pequeña discusión con mi compañía, una culpa más en la espalda, un comentario de malas palabras dirigido al corazón y el orgullo ahogado en mi garganta. Al señor del blues se le escuchaba desde lejos gracias al buen amplificador que lo hacía posible. Le había visto muchas veces, siempre en el mismo sitio, incansable y con una amable sonrisa en el rostro. Aquella tarde, a su vera, bailaba de forma sencilla, natural, magistral y perfecta un pareja de edad bien avanzada. Me detuve para contemplar el espectáculo. Cada movimiento desprendía ternura, alegría y, sobretodo, ganas de vivir. Una imagen hermosa que me hizo recordar a groso modo los relatos que descansan en mis viejos cuadernos, narrando historias casi tan mágicas como la que estaba presenciando. Si ya estaba fascinada, imaginen mi sorpresa cuando vi que, al acabar ...

Sueños de un escritor

- ¿Samuel? El joven de cabellos dorados y ojos verdes asintió con una sonrisa en sus finos labios. Acerqué lenta la yema de mis dedos a sus mejillas sonrojadas para descender en forma de caricia por su pequeña barbilla y detenerme al llegar a sus firmes hombros. Era tan real. Fantásticamente imposible, como su presencia, se elevó del suelo tomando mi cintura con sus fuertes brazos. - ¿A dónde me llevarás? - Es una sorpresa. Vendó mis ojos y pude notar cómo nos alejábamos de la ventana de mi habitación. Sentir el calor de su aliento en un susurro erizó los vellos de mi piel provocando también un escalofrío que recorrió todo mi cuerpo. Cuando descubrió mi visión, un paisaje hermoso e idílico se mostraba ante mí. Le dediqué una mirada incrédula al joven que asintió a la vez que confirmaba mi suposición diciendo: - Sí, es el paraíso que describiste en una de nuestras conversaciones. Me depositó con delicadeza en la hierba de un monte que me permitía alcanzar con la vista la montaña que se ...