Ir al contenido principal

Entradas

Notas del recuerdo

El sol lucía sus últimos suspiros cuando caminaba de regreso a casa, tras el largo paseo en solitario que había realizado aquella tarde. Se trataba de unos de esos días en los que echaba de menos a todo el mundo, incluso a mí misma. Buscaba también, en el ruidoso silencio de mis pensamientos, un motivo, una razón, aunque no sabía bien para qué. Crucé Tetuán y la Plaza Nueva de Sevilla. El sol ya se había marchado, como la mayoría de la gente, como si las estrellas y la luna no ofrecieran luz suficiente, magia suficiente. Y entonces oí el sonido de su violín. Era fácil distinguirle entre los demás músicos de calle. Mecía las notas con la misma suavidad con la que éstas tocaban el corazón y la mente de quien pudiera escuchar. Sonreí y me sonrió. Había olvidado cuántos meses llevábamos saludándonos desde lejos y las tardes que había pasado frente a él dejándome envolver por su música, pero él pareció recordar algo y, enseguida, empezó a tocar aquella melodía que tanto me gustaba ...

Antifaz

Elisabeth sostenía con sus carnosos labios una horquilla mientras se contemplaba el cabello en el espejo. Aquella vez lo llevaba recogido en un moño no muy a la moda de la época, con dos mechones rojizos adornando su rostro firme y blanquecino. Sus ojos verdes tenían un brillo que gustaba entre los hombres pero no entre las mujeres. A lo largo de su vida, había formado parte de distintos grupos sociales en el baile; sin embargo, su negativa a disfrazarse no agradaba demasiado a quien lideraba esos grupos. Algunos fueron realmente maravillosos; otros, sencillamente, trataron de destruirla. Esbozó una sonrisa cuando su cabello quedó a su gusto y salió de su habitación, dispuesta a llevar a cabo su último movimiento en aquella partida. La joven caminó por el pasillo y bajó por la escalinata de mármol con paso tranquilo y seguro, buscando con la mirada al último grupo al que había pertenecido. Sus disfraces de corte realista le habían llevado a la confusión, pero los ataques de los lí...

Amor sin calendario

La primera vez que la vio, estaba sentada en una butaca frente a la puerta de su piso leyendo un libro. Llevaba la nieve por sombrero, sin ocultar el invierno de quien ha vivido todas las estaciones. Vestía una elegante prenda elástica que se ceñía al torso de su figura y dejaba más a la imaginación la silueta de sus piernas. Los rumores hablaban de una mujer soltera, no viuda, que desafiaba la decencia contrariando la apariencia que se esperaba de una mujer de más de ochenta años. Ella, sin embargo, hacía caso omiso de esas lenguas y seguía siendo ella: sin tintes, sin maquillaje, sin vestidos de colores oscuros ni zapatos con los que no podía andar sin lastimarse. Asistía a clases de baile, reía con otros hombres y, luego, como siempre, regresaba a su hogar donde la paz y un animal de compañía aguardaban pacientes su regreso. En un pueblo se sabe todo, pero para él, ella continuaba siendo un misterio. Aquella noche, todo fue distinto. Cuando Vicente salía a pasear con la brisa n...

Hoy, que pasan de las doce

Tras un sábado agotador en el Banco de Alimentos ha tenido lugar un domingo tranquilo en el que debería haber avanzado más en mis proyectos y, sin embargo, en el que mi mente ha estado divagando a ratos tratando de recordar más detalles del pasado que compartí con una persona que significó, y que siempre significará, muchísimo para mí. Ella me enseñó que saber escuchar es un don, que respetar y comprender a quienes depositan su confianza mí, es respetar y comprenderse a una misma. Me enseñó que a veces suceden cosas inexplicables, que la vida hay que vivirla con los cinco sentidos o con los que tengamos y que jamás hay que rendirse, haciendo honor a su nombre, haciendo honor a la Esperanza. Escribo ahora que pasan de las doce de la noche, porque no me gusta celebrar su partida. Para mí no fue una despedida fácil.  Mita, no quería que te fueras. Hubiera dado todas mis oraciones por retenerte conmigo, porque al menos tu último deseo se hubiese hecho realidad. Escribo...

Al borde del precipicio

-¡Tiradla por las escaleras! Lucía apresuró sus pasos hasta salir del edificio. Buscó con rapidez a su madre y, al divisarla, corrió hacia ella y la abrazó con ternura. Siempre se alegraba de volver a estar con ella. Carolina besó su mejilla y, de la mano, la dirigió al coche y regresaron a casa. -¿Cómo te ha ido en el colegio? -Bien, como siempre. ¿Y a ti? -También bien. He comprado pizza. -¡Qué bien, mamá! El almuerzo transcurrió sin imprevistos, con risas y a salvo. Al finalizar, Carolina se preparó para marcharse a trabajar mientras Lucía fregaba los platos. Un beso, un te quiero y un hasta luego. La joven, de trece años, acudió a su dormitorio para estudiar. Era demasiado temprano para salir con sus amigos. Sacó la agenda de la mochila y se le encogió el corazón al ver que una hoja de papel doblada caía al suelo. Se mordió el labio, tomó la nota y se dispuso a levantarse para tirarla sin leerla cuando una frase amable la detuvo: "léeme, por favor". ...

Situaciones incontrolables

A medio metro bajo tierra Juanito había construido una preciosa casa de una sola habitación redonda, de tierra, adornada con pinturas rupestres en las paredes. En el centro se hallaba un círculo formado por piedras diminutas y, dentro, hojas frescas que había recogido. En el exterior había margaritas blancas que embellecían la entrada al túnel. Éste era más ancho de lo habitual, ya que Juan disfrutaba de la tenue y débil luz de luna llena que llegaba a ese pasillo vertical que unía su casa con el mundo al aire libre. Juanito era un grillo de colores oscuros que detestaba las peleas, por eso su hogar se encontraba lejos de donde vivían los demás grillos. Sin embargo, a veces se sentía solo y cantaba tristes canciones de amor al anochecer. Juan era un artista solitario, pintaba y cantaba para sí mismo, sin nadie a quien enseñar sus obras, sin nadie que admirara aquello que se le daba mejor. De todos modos, pensaba, la mayoría prefería las peleas a la paz del arte. Una noche,...

Siempre a tu lado

-Siempre estás feliz. ¡Todo te va bien! -Exclamó de pronto. -Son dos conceptos que no tienen por qué ir relacionados -respondió con una leve sonrisa y un deje nostálgico en la voz.- Ser feliz depende de nosotros; que la vida nos sonría o nos de la espalda, no. -A ti siempre te sonríe, Clarisa, no me vengas con cuentos. -No, Esteban... A ti siempre te sonrío. Clarisa le dedicó una cálida sonrisa antes de retirarse a su habitación. Esteban la observó mientras bebía el último sorbo de su bebida y se marchó del hotel. Compartían amistad desde hacía veinte años y ella jamás había perdido el equilibrio, al contrario que él, quien se había derrumbado incontables veces y había encontrado apoyo en su fiel compañera. Clarisa cerró con delicadeza la puerta de su dormitorio y tomó asiento en la alfombra, junto a la cama de colchas rosadas. Lágrimas brotaron de sus ojos marrones mientras ella recogía sus piernas en un abrazo. Un mechón rizado y dorado se desprendió de las horquil...