A veces el mundo es tan cruel como en los libros donde el protagonista no hace más que pasar penurias. Hay personas que realmente desean, porque necesitan, desaparecer del mundo aunque sea un rato. Volver a respirar, poder descansar. Este objeto está pensado para ellas, para que, independientemente de la edad, puedan teletransportarse a una casa invisible donde nadie más pueda verlas ni hacerles daño. Una casa donde solo se mira con amor, cuando quien es mirado tiene él ánimo de dejarse ver. Un espacio seguro, tranquilo y paciente, que permita a toda persona esconderse para, cuando sea posible, seguir adelante.
El sol de media tarde acariciaba los cultivos que reposaban alrededor de la casa. Dos amigos, Víctor y Luis, picoteaban algunos frutos secos y, tras una larga conversación sobre asuntos laborales o desencuentros con otras personas, comentaban entre sí, ya más relajadamente: — ¿Viste los pájaros negros viniendo hacia aquí? En el agua estancada que ha dejado la lluvia de estas semanas, junto al camino. — No, no me he fijado — respondió Luis apagando su quinto cigarrillo. — Por cierto, ¿dónde está Rosaura? Siempre llega tarde. Rosaura iba en coche con Marisa, charlando sobre lo agradable de que, tras tres semanas de intensas borrascas, hubiera salido el sol. El estado de ánimo también era diferente cuando de días oscuros aparecían aquellos más luminosos. — ¡Para, para, para! ¡Mira! Marisa se asustó, frenó de manera algo brusca, y miró con desaprobación a su amiga. Ella, en cambio, no se percató de ello: miraba con la ilusión de un niño de cinco años a través de la ventana del v...
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TKM
¡Besitos!