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Entradas

Semana Santa

El cielo amenazaba con sus nubes las calles de Sevilla , donde el gentío trajeado caminaba apresurado en busca de alguna cofradía. Algunos se guiaban por folletos o mapas, otros ya sabían su destino, y el resto probaba suerte siguiendo a la multitud. Habían comenzado a sonar los tambores, trompetas y demás, aún en la lejanía. El aire, impregnado de diversos aromas de caros perfumes, fue adoptando un olor a incienso, a medida que la música se hacía más audible, y la imagen de Cristo, tallada en madera, se acercaba balanceándose ligeramente al paso de los costaleros que lo elevaban. Ella lo admiraba expectante y emocionada. Su mirada se volvió acuosa cuando la esbelta cofradía se detuvo frente a ella, que hacía la señal de la cruz y rezaba. Él la miraba sin comprender tanta pasión por una imagen tallada en madera. Retomando su camino, el paso saltó majestuosamente antes de comenzar de nuevo a balancearse. Los nazarenos, bajo su capirote, caminaban en acto de penitencia acompañando a las...

El Libro.

Hoy el antojo me llevó al parque, donde una niña de apenas seis años logró hacerme sonreír. El verde había inundado los jardines que rodeaban el camino por el que paseaba, tranquila. Respiré hondo. Un respiro después de duros días de estudios para la universidad. Decidí sentarme en un banco de piedra, frente a un tobogán y otros juegos para niños, en el que se hallaban jugando... Recuerdo cuando mi mayor preocupación no era más que esconderme bien para que uno de mis amigos no me encontrase; jugando al escondite. Qué tiempos aquellos. Abrí mi cuaderno, éste, precisamente, y me dispuse a escribir cuando una niña, de apenas seis años, posó su delicada mano sobre mi rodilla. Era muy linda, su mirada inocente y su dulce sonrisa, en un rostro de tez clara y suave, enmarcado en un oscuro y largo cabello que se mecía ligeramente con el viento, la hacían parecer un pequeño angelito. Vestía cual muñequita de porcelana, con un vestido de terciopelo cuidadosamente planchado, granate. Sus negros z...

Regreso Fugaz.

La noche ya abrazaba la ciudad cuando regresé. Se me hace extraño caminar, a solas, bajo la tenue luz procedente de las estrellas. Mis pasos tranquilos eran el único sonido que violaba el silencio a esas de la madrugada. El traje que vestía, negro cual cielo nocturno en un frío invierno, mecía ligeramente su tela, a la vez que avanzaba por tu calle. Nuestra calle. Mi pálida piel contrastaba con el negro y rizado de mi cabello, el cual no llegaba a la altura de los hombros. Me detuve frente a tu bloque, de viejos ladrillos y abandonada apariencia. Esbocé una sonrisa, antes de comenzar a subir las escaleras que llevaba al primer piso, con la maleta azul marino, que tu misma me regalaste, a cuestas. Busqué veloz, en mis bolsillos galanes, hasta encontrar la llave, la cual introduje en la cerradura de la puerta para abrirla lentamente. Con sigilo, entré, dejando la maleta tras la puerta, ya cerrada de nuevo. Jazmín. Tu fragancia predilecta había inundado el hogar, provocando una sonrisa e...

Esas Palabras.

Allí estabas tú, durmiendo plácidamente, con tu largo y oscuro cabello, dispersado por la almohada, sobre la que posas tus sueños de princesa que quedaron atrás. Esbozo una sonrisa; has cambiado tanto desde que me fui. Ya tienes trabajo fijo, aprendiste bien cómo defender tus ideales, y te levantaste sola en cada caída; cómo dolía. Tu recuerdo, tan nítido como el presente, contrasta notablemente con lo que ahora ven mis ojos, desde la ventana que, como antaño, dejas abierta al anochecer. La habitación solo estaba iluminada por el leve brillo de las estrellas que se escapaban del cielo para contemplarte. Todo, igual que ayer. Sé cuántas veces le gritaste a la Luna mi nombre, preguntando una y otra vez el porqué de mi partida. Mas ésta, no respondía. Yo he estado allí, en cada caída, rasguño, lamento, he estado allí; mi mano siempre estuvo atenta para ofrecerte mi ayuda... Y nunca me viste. Soy yo, no la luna, la que vela cada noche tu sueño y escucha cada lágrima que mana de tus lindos ...