Ir al contenido principal

Entradas

A viva voz

-¿Por qué lo gritas? -Porque es algo maravilloso. ¡Tiene que enterarse el mundo entero! -Estás loca. -¡Y soy feliz! Carlos rió. Había sido tan repudiado, excluido y olvidado en el pasado que había aprendido a contentarse con esos gestos secretos de simpatía en los pasillos, pasajes y escondites. Sin embargo, qué bien le sentaba que alguien no se avergonzara de él, que sonriera con esa naturalidad y que fuera capaz de decir, a viva voz, que le quería. -Gracias, Anna. Pero ella ya estaba corriendo hacia el mar para luego huir de las olas que llegaban a la orilla. -¿No vienes? -exclamó Anna. Y entonces él, que nunca había alzado la voz... -¡Adonde tú vayas, iré! Y Anna, que había recibido más insultos que palabras amables a lo largo de su vida, se adentró en el agua, feliz de que alguien no sintiera miedo ni repudio hacia ella. Dichosa, porque había encontrado un amigo, un nuevo amigo, en alguien que ya conocía.

Un día de tormenta

Aquella tarde había tormenta, así que el pequeño Arturo contemplaba enfurruñado, con el rostro muy cerca del cristal de la ventana, la lluvia y los truenos, la hierba mojada, el columpio empapado y los árboles estremecerse. -¿No te gusta el agua, Arturo? -preguntó con dulzura maternal su abuela, doña Josefa. -Así no se puede salir a jugar -se quejó, girándose para mirar a su abuela. Vestía con un delantal nuevo que le habían regalado por su cumpleaños número ochenta y llevaba magdalenas recién hechas en una bandeja. Olían muy bien. -¿Las de limón? -Así es, tus favoritas. -¡Bien! Doña Josefa sonrió. Su nieto era un chico alegre, feliz con cualquier detalle pequeño, pero como todos los niños, también tenía facilidad para enfadarse o entristecerse. -¿Sabes, Arturo? Hay algo muy importante, lo más importante del mundo -empezó ella, sentándose junto a su nieto y colocando la bandeja en la mesa. -Y ese algo, lo he escondido en un sobre. Oculto, porque es...

¡Estoy aquí!

Golpeo con rabia los renglones en blanco, las cuadrículas de este cuaderno que me impiden salir de estas letras que ya no existen. Siento el dolor de tu alma, que grita en silencio, sin fuerzas ni ganas, porque ya está cansada. Conozco los recovecos de tu mente, pero ha cambiado y no encuentro el camino. Ya no me ves, ya no me sientes, ya no me lees, ya no me creas... ni me crees. Doy patadas contra la inspiración y la voluntad de tomar el lápiz por si con ello consiguiera su atención, pero continúas distraída. ¡Estoy aquí! ¡Estoy aquí! Sé que me quieres, sé que me necesitas, y yo estoy aquí, aquí, que es como estar en ninguna parte... © María Beltrán Catalán (Lady Luna)

Si aún te quieres quedar

-¿A qué te refieres? -Lo siento, yo... Había podido sentir la daga imaginaria que cruzaba su pecho, el mar de agua helada cayendo sobre ella, roca pulida hasta convertirse en un insignificante grano de arena. El corazón encogido, el alma alerta y los ojos abiertos, así contemplaba Elena a quien había sido su mejor amigo durante tantas emociones y tantos secretos. Las palabras comenzaban a fluir en su cabeza en medio de la tempestad en la que se encontraba en aquellos momentos: no podía ser verdad, tal vez solo se trataba de un mal sueño, de una pesadilla de esas que reúnen los peores temores para hacer sufrir a quien ose dormirse. Pero ella estaba despierta. -Estás de broma -alcanzó a decir con un hilo de voz. Carlos alzó la vista al techo de la habitación, decorada con estrellas blancas y una luna creciente. Apretó los labios y logró contener las lágrimas antes de bajar la mirada y dirigirla hacia su compañera. La realidad y la ficción no se distinguen cuando se trata d...

Notas del recuerdo

El sol lucía sus últimos suspiros cuando caminaba de regreso a casa, tras el largo paseo en solitario que había realizado aquella tarde. Se trataba de unos de esos días en los que echaba de menos a todo el mundo, incluso a mí misma. Buscaba también, en el ruidoso silencio de mis pensamientos, un motivo, una razón, aunque no sabía bien para qué. Crucé Tetuán y la Plaza Nueva de Sevilla. El sol ya se había marchado, como la mayoría de la gente, como si las estrellas y la luna no ofrecieran luz suficiente, magia suficiente. Y entonces oí el sonido de su violín. Era fácil distinguirle entre los demás músicos de calle. Mecía las notas con la misma suavidad con la que éstas tocaban el corazón y la mente de quien pudiera escuchar. Sonreí y me sonrió. Había olvidado cuántos meses llevábamos saludándonos desde lejos y las tardes que había pasado frente a él dejándome envolver por su música, pero él pareció recordar algo y, enseguida, empezó a tocar aquella melodía que tanto me gustaba ...

Antifaz

Elisabeth sostenía con sus carnosos labios una horquilla mientras se contemplaba el cabello en el espejo. Aquella vez lo llevaba recogido en un moño no muy a la moda de la época, con dos mechones rojizos adornando su rostro firme y blanquecino. Sus ojos verdes tenían un brillo que gustaba entre los hombres pero no entre las mujeres. A lo largo de su vida, había formado parte de distintos grupos sociales en el baile; sin embargo, su negativa a disfrazarse no agradaba demasiado a quien lideraba esos grupos. Algunos fueron realmente maravillosos; otros, sencillamente, trataron de destruirla. Esbozó una sonrisa cuando su cabello quedó a su gusto y salió de su habitación, dispuesta a llevar a cabo su último movimiento en aquella partida. La joven caminó por el pasillo y bajó por la escalinata de mármol con paso tranquilo y seguro, buscando con la mirada al último grupo al que había pertenecido. Sus disfraces de corte realista le habían llevado a la confusión, pero los ataques de los lí...

Amor sin calendario

La primera vez que la vio, estaba sentada en una butaca frente a la puerta de su piso leyendo un libro. Llevaba la nieve por sombrero, sin ocultar el invierno de quien ha vivido todas las estaciones. Vestía una elegante prenda elástica que se ceñía al torso de su figura y dejaba más a la imaginación la silueta de sus piernas. Los rumores hablaban de una mujer soltera, no viuda, que desafiaba la decencia contrariando la apariencia que se esperaba de una mujer de más de ochenta años. Ella, sin embargo, hacía caso omiso de esas lenguas y seguía siendo ella: sin tintes, sin maquillaje, sin vestidos de colores oscuros ni zapatos con los que no podía andar sin lastimarse. Asistía a clases de baile, reía con otros hombres y, luego, como siempre, regresaba a su hogar donde la paz y un animal de compañía aguardaban pacientes su regreso. En un pueblo se sabe todo, pero para él, ella continuaba siendo un misterio. Aquella noche, todo fue distinto. Cuando Vicente salía a pasear con la brisa n...