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Invasores

Aquello nunca tuvo que haber ocurrido. Anser observaba con afecto el despliegue de alas de su hija, Ocarina, que escondía el extremo de su pico entre las plumas. Él formaba parte de los cuarenta gansos conquistadores y sentía orgullo al contemplar cómo se multiplicaba cada año su comunidad. Ya eran quinientos y pronto tendrían que buscar un espacio mayor. Una humana pequeña interrumpió los pensamientos de Anser con un ofrecimiento de comida. Era una especie amable. Jugaban juntos y alimentaban a los suyos. Además, limpiaban periódicamente su territorio. —¡Padre, deme un poco! —El graznido de Ocarina llegó a sus oídos como una dulce melodía. —Ni lo sueñes. —Anser aún tenía el pico lleno. Ambos pelearon, entre risas, por el trozo de pan hasta que él se lo comió. La madre, junto con el resto de hermanos, se bañaba en un lago que había al otro lado del puente. Anser y Ocarina se unieron a ellos.  —Es bonito vivir aquí. —Branta estiraba su cuello con la elegancia de un ci...

Compulsión

El primer paso fuera del establecimiento le hizo sentir como un chiquillo entrando a un nuevo colegio. Alzó la vista hacia el cielo y cerró los ojos. La tibieza del sol se experimentaba de un modo distinto; la brisa, con inmensidad. La libertad siempre le había dado miedo, pero en aquella ocasión podía saborearla. Era capaz de distinguir el piar de los gorriones entre el tráfico de la ciudad, el olor a azahar entre la contaminación. Había ansiado tanto ese momento, que no supo identificar las emociones que sintió cuando le dieron el alta médica. Había superado su adicción, su abandono de sí mismo y de lo que más le importaba.  Atento y sorprendido, se dirigió al apartamento que su hermana, generosamente, había alquilado para él. En el camino observó cómo las modas, el lenguaje, las tecnologías... y tanto del mundo que había conocido ya no era lo mismo. Para él fue como ser extranjero en su propia ciudad. No hubo fiesta de bienvenida; bueno, nadie, esperando su regreso. Incluso...

Nosotros

Texto y fotografía por María Beltrán Catalán (LadyLuna) Somos nosotros, hogar. Levantarme contigo y que nuestros besos no paren, hasta que te pierdas en la lejanía del camino que te lleva al trabajo. Es tu regreso, que haga ruido, que yo sea la primera en abrir. En verte. Luego tú me miras, me besas y nos abrazamos. Es casa, ese sitio seguro de los juegos infantiles, donde nada malo puede tocarte, donde es imposible perder. Eres tú, soy yo. Somos nosotros. Es una distancia a nuestra medida, que no existe. Es el amor haciéndose cada día en nosotros, cada noche. Es una serie infinita en el sofá tarareada, con algún bostezo y algunas risas, con mucho cariño. Son recuerdos creándose. Son experiencias viviéndose, sueños compartidos para mañana, para pasado, para el otro. Somos nosotros cada día, cada noche. Hogar. Dentro y fuera, allí y aquí. Siempre nosotros.

Detective justiciero

-¡Es una trampa! ¡No deberías quedar con ellas! -Todos merecemos una segunda oportunidad ¿no? A ti te la di y ahora somos amigos. -No es lo mismo... -¿Por qué no? -¡Porque no y ya está! -Diego, mira... Mira ese árbol. El muchacho desvió la vista de su amiga al árbol indicado. -Es otoño y sus hojas caen. En primavera será colorido. Si cambian las estaciones, ¿por qué no las personas? -Porque las personas pueden ser malas, Matilda. -Y buenas. -Ellas no lo son. -Todos tenemos un poco de todo, aunque todos elegimos qué alimentar, si el bien o el mal, y eso es lo que crece. A lo mejor han elegido hacerlo diferente. Matilda cogió su abrigo del armario y salió de casa. -No pienso ir a ver cómo te hacen daño. -Lo entiendo. No importa. La joven adolescente llegó al lugar indicado por sus compañeras de clase. Al llegar, dos de las chicas confesaron antes de que Matilda pudiera decir nada. -Admito que te empujé. No quería hacerlo. Me convencieron. Sé q...

Despliegas las alas

Fotografía realizada por David García Felis Despliegas las alas y te recuerdo en aquellas letras azules, en el buen corazón que te motivó a encontrarme sin saber que me buscabas. Despliegas las alas y releo nuestras conversaciones, nuestras risas cómplices, tu hombro al otro lado de la pantalla, tu callada compañía cuando más la necesitaba. Despliegas las alas y cogí aquel tren. Y fue Madrid, la magia, la ilusión, la cena, la estrella fugaz, el deseo, Pandi, el semáforo en rojo y nuestro primer beso. Fue también el sofá, las caricias en el pelo, el reloj del que nos olvidamos durante tantas horas. Despliegas las alas y regresé. Y ya sabíamos que estábamos destinados a estar juntos. Eras tú. Siempre habías sido tú. Despliegas las alas y los kilómetros se agrandan. Qué cosas las del amor, que no hay distancia que pueda con su verdad. Despliegas las alas. Consigues aquel sueño tras tanto esfuerzo. Y soy feliz de verte brillar, sobre todo cuando tus ojos se ilumina...

Los elegidos

Pedro había sido el elegido. Entre todos los escolares de aquella clase, la profesora había dicho su nombre. Él se encargaría de anotar en la pizarra el nombre de aquellos compañeros que osaran hablar. El primer minuto transcurrió en el más sepulcral de los silencios. Durante el segundo, se escuchó una voz. Identificó enseguida el acento de la chica nueva y extranjera. A ella, no la anotaría en la pizarra. Lucía también tenía nombre propio. No la habían elegido en ninguna parte, simplemente había llegado allí. El silencio representaba un pasaporte para quien rebosa imaginación. Mientras sus iguales estaban en clase, ella había viajado a la Catedral de Sevilla. Qué bonita es. Recorría pasillos, rampas, lugares escondidos y lugares diversos... Se fijaba en los detalles de la arquitectura, de las pinturas y de todo lo que formaba parte de aquel magnífico monumento. -¿Cómo olerá? -susurró, quien solo conocía aquella ciudad a través de los libros. -Lucía, has hablado, te anoto ...

Intocable

Eres un espejismo que se dibuja en mis sueños. Una ilusión que se confunde con el verdadero recuerdo, que tal vez no sea nada. Sé que fue real, pero ¿hasta qué punto de la historia? Eres intocable. Apenas puedo rozarte con el pensamiento. No existes, en realidad, pero tampoco desapareces. Al menos, no del todo. Y te echo de menos. Bueno, en el fondo, no sé qué echo de menos exactamente. Nada puede cambiar lo que es o no es. No tengo reproches que hacerme porque volvería hacer lo mismo si tuviera las mismas oportunidades. Con todas las consecuencias. Con todas las veces que me salvaste.  No sé cómo debo sentirme. Ni siquiera sé si es bueno o legítimo verte a veces todavía, cuando te cuelas en un descuido, cuando duermo.  Ni siquiera eres tú realmente. Eres la imagen que he creado de ti para salvarme la vida.  Me siento confusa. Me gustaría poder abrazarte cuando apareces, aunque no seas más que un espejismo. Y otras veces quisiera... No, no puedo mentirme. ...