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La llave

Key #7, pintura deTodd Bonita El anciano encontró la llave. Contempló a su nieto, cerró y apretó sus manos. El niño dormía plácidamente mientras utilizaba la llave a modo de peluche. El anciano parecía debatirse entre alzar la voz y despertarle con un grito, arrancarle la cadena de bisutería de repente o golpear la pared hasta que ésta se derrumbara y él consiguiera tranquilizarse. Optando por la última de las opciones, el ruido hizo que su hija se apresurara a aparecer por la puerta del dormitorio. -Padre, ¿qué ocurre? -Ese niño al que tú llamas hijo y yo llamo nieto me ha quitado... -dio un nuevo golpe -mi llave. Otra vez. -Respira, padre, como hemos practicado otras veces -dijo ella, acercándose con la ligereza de una gacela a su padre para tomar sus manos y mirarle a los ojos. -Es mi llave. -Lo sé, es tu llave... ¿y qué abre? -Mi mueble. -¿Y qué hay en tu mueble? -Todo. -No, padre, responde a mi pregunta. El anciano se zafó de su agarre con brusquedad y ...

Tiemblan las paredes

Olivo. Pintura de Elidon Hoxha Tiemblan las paredes de mi habitación, tiritan de frío los recuerdos; éstos, asustados, corren al presente en un intento desesperado de detener lo que no tiene remedio. Qué amargo es el sabor de la urbanización innecesaria de zonas verdes. Esos olivares que ya no existen, pero estuvieron ahí, en los que me subía con amigos para conversar tranquilamente, para reír, jugar o contemplar la luna entre pequeñas ramas y aceitunas. Ahora sólo queda asfalto, un centro deportivo y edificios vacíos, fríos y desolados. Abandonados. Una realidad ya asumida, por la que paso de lado para que no me roce la nostalgia. Sin embargo, ahora es diferente, hoy tiemblan las paredes de mi casa. Inmensas máquinas expertas en destrucción y borrado arrancan los olivos que me vieron crecer, con los que compartí momentos de alegría, de tristeza, de admiración y frustración. Esos escondites de piedras preciosas que no eran más que piedras amarillas, de tierra. Esos cami...

A viva voz

-¿Por qué lo gritas? -Porque es algo maravilloso. ¡Tiene que enterarse el mundo entero! -Estás loca. -¡Y soy feliz! Carlos rió. Había sido tan repudiado, excluido y olvidado en el pasado que había aprendido a contentarse con esos gestos secretos de simpatía en los pasillos, pasajes y escondites. Sin embargo, qué bien le sentaba que alguien no se avergonzara de él, que sonriera con esa naturalidad y que fuera capaz de decir, a viva voz, que le quería. -Gracias, Anna. Pero ella ya estaba corriendo hacia el mar para luego huir de las olas que llegaban a la orilla. -¿No vienes? -exclamó Anna. Y entonces él, que nunca había alzado la voz... -¡Adonde tú vayas, iré! Y Anna, que había recibido más insultos que palabras amables a lo largo de su vida, se adentró en el agua, feliz de que alguien no sintiera miedo ni repudio hacia ella. Dichosa, porque había encontrado un amigo, un nuevo amigo, en alguien que ya conocía.

Un día de tormenta

Aquella tarde había tormenta, así que el pequeño Arturo contemplaba enfurruñado, con el rostro muy cerca del cristal de la ventana, la lluvia y los truenos, la hierba mojada, el columpio empapado y los árboles estremecerse. -¿No te gusta el agua, Arturo? -preguntó con dulzura maternal su abuela, doña Josefa. -Así no se puede salir a jugar -se quejó, girándose para mirar a su abuela. Vestía con un delantal nuevo que le habían regalado por su cumpleaños número ochenta y llevaba magdalenas recién hechas en una bandeja. Olían muy bien. -¿Las de limón? -Así es, tus favoritas. -¡Bien! Doña Josefa sonrió. Su nieto era un chico alegre, feliz con cualquier detalle pequeño, pero como todos los niños, también tenía facilidad para enfadarse o entristecerse. -¿Sabes, Arturo? Hay algo muy importante, lo más importante del mundo -empezó ella, sentándose junto a su nieto y colocando la bandeja en la mesa. -Y ese algo, lo he escondido en un sobre. Oculto, porque es...

¡Estoy aquí!

Golpeo con rabia los renglones en blanco, las cuadrículas de este cuaderno que me impiden salir de estas letras que ya no existen. Siento el dolor de tu alma, que grita en silencio, sin fuerzas ni ganas, porque ya está cansada. Conozco los recovecos de tu mente, pero ha cambiado y no encuentro el camino. Ya no me ves, ya no me sientes, ya no me lees, ya no me creas... ni me crees. Doy patadas contra la inspiración y la voluntad de tomar el lápiz por si con ello consiguiera su atención, pero continúas distraída. ¡Estoy aquí! ¡Estoy aquí! Sé que me quieres, sé que me necesitas, y yo estoy aquí, aquí, que es como estar en ninguna parte... © María Beltrán Catalán (Lady Luna)

Si aún te quieres quedar

-¿A qué te refieres? -Lo siento, yo... Había podido sentir la daga imaginaria que cruzaba su pecho, el mar de agua helada cayendo sobre ella, roca pulida hasta convertirse en un insignificante grano de arena. El corazón encogido, el alma alerta y los ojos abiertos, así contemplaba Elena a quien había sido su mejor amigo durante tantas emociones y tantos secretos. Las palabras comenzaban a fluir en su cabeza en medio de la tempestad en la que se encontraba en aquellos momentos: no podía ser verdad, tal vez solo se trataba de un mal sueño, de una pesadilla de esas que reúnen los peores temores para hacer sufrir a quien ose dormirse. Pero ella estaba despierta. -Estás de broma -alcanzó a decir con un hilo de voz. Carlos alzó la vista al techo de la habitación, decorada con estrellas blancas y una luna creciente. Apretó los labios y logró contener las lágrimas antes de bajar la mirada y dirigirla hacia su compañera. La realidad y la ficción no se distinguen cuando se trata d...

Notas del recuerdo

El sol lucía sus últimos suspiros cuando caminaba de regreso a casa, tras el largo paseo en solitario que había realizado aquella tarde. Se trataba de unos de esos días en los que echaba de menos a todo el mundo, incluso a mí misma. Buscaba también, en el ruidoso silencio de mis pensamientos, un motivo, una razón, aunque no sabía bien para qué. Crucé Tetuán y la Plaza Nueva de Sevilla. El sol ya se había marchado, como la mayoría de la gente, como si las estrellas y la luna no ofrecieran luz suficiente, magia suficiente. Y entonces oí el sonido de su violín. Era fácil distinguirle entre los demás músicos de calle. Mecía las notas con la misma suavidad con la que éstas tocaban el corazón y la mente de quien pudiera escuchar. Sonreí y me sonrió. Había olvidado cuántos meses llevábamos saludándonos desde lejos y las tardes que había pasado frente a él dejándome envolver por su música, pero él pareció recordar algo y, enseguida, empezó a tocar aquella melodía que tanto me gustaba ...