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Y entonces apareció su mano

Se me había enganchado la rueda de la maleta en una grieta del suelo. Me había caído y, conmigo, las cosas que llevaba en el bolso abierto del que justo estaba sacando el billete de tren. La maleta enganchada por un lado, mi cartera por otro, el billete más allá. Y, de fondo, la voz que informaba que mi tren salía enseguida. Intenté sacar la maleta de la grieta, pero no había manera. De nuevo la voz apremiante. Fui a por mi cartera, perdiendo de vista en el proceso tanto la maleta como los billetes, y regresé lo más pronto que pude a por la maleta. La gente pasaba de largo ajena a mi angustia. Incluso aquel guarda, parado junto a mí, me miraba impasible.  Recuerdo las ganas de llorar. Era el último tren y no tenía dinero para otro billete. Se me acababa el tiempo y no conseguía salir de allí. Y entonces apareció su mano. Tenía mi billete de tren y una voz dulce que preguntaba si podía ayudarme.  Lo siguiente que recuerdo es estar en el tren camino a casa, profundamente agradec...

El hilo blanco

 Juan se hallaba en la oficina, trabajando, cuando dio un resoplido y se echó hacia atrás. Se fijó en un hilo situado suavemente sobre la mesa. Era blanco y parecía brillar con la tenue luz que se colaba por la ventana. Fantaseó con la procedencia de ese hilo. Pensó que, total, por qué no parar un momento.  Contempló con calma ese hilo. Pensó que tal vez se había desprendido de la blusa de Catalina, que con prisas se enganchó y no se detuvo a comprobar con qué consecuencias. Quizá pertenecía a uno de los pañuelos bordados de Fernando, que no se había cosido bien y no se había dado cuenta. ¿O podía ser de Julia? Juan contemplaba el hilo sumido en sus historias cuando escuchó a una compañera quejarse: se le había soltado el botón de la falda blanca y no tenía hilo para solucionarlo.  El hombre esbozó una media sonrisa. Necesitaba un hilo blanco y había justo uno sobre la mesa. Tomó el hilo blanco y se lo ofreció. A veces estamos tan apurados que no nos percatamos de los hil...

Como existen las flores

 Ojalá pudiera colarme en tus sueños, o en tu imaginación. Convertirme un momento en la Nanami que te daba la ironía, la sencillez y el equilibrio. Me gustaría tanto sacarte de ese tormento como hacía Kiko conmigo. Te llevaría a mirar las hormigas, nos sentaríamos al lado de un gran hormiguero. Estaríamos allí, sin más, con la paz de ser, de existir como existen las flores. Se acabaron los ratones y sus juicios, el dolor y la incomprensión. La paz es calma, es cariño, es libertad. Nadie puede quitarnos eso, ni siquiera dentro de nuestra vieja y oxidada armadura.  Por eso te lo pido: respira, sobrevive, sálvate como tantas veces has hecho antes. Y, luego, déjate remendar las heridas...

El bosque

Era un sonido sereno y dulce que me invitaba a adentrarme en aquel bosque. Llevaba tanto tiempo confinada en aquella cueva, en el silencio de la soledad, que me sobrecogió distinguir aquella voz. Era una persona. Una persona cantando. Caminé entre los árboles sin sendero que seguir. Hacia frío y sol al mismo tiempo. Creo que, por primera vez en tanto tiempo, tuve ganas de comer algún fruto del bosque. Me di cuenta de que me había abandonado tras la tragedia que nos obligó a marcharnos y escondernos. Bueno, me había abandonado mucho antes. Incluso antes de que lo hiciera ella. Me atrevería a decir que incluso la abandoné yo a ella antes. Sin darme cuenta. La abandoné con mi forma de ser, de hacer, de exigirle lo que yo no sabía darme a mí misma. Llevaba los pies descalzos. La tierra húmeda me producía escalofríos. O, quizá, era el sonido de las ramas y hojas secas al quebrarse. La voz iba y venía de todas partes. No sabía a dónde dirigirme. ¿Era el viento entre los árboles? ¿No ...

El robo

-Me la habían robado, aquellos malnacidos me la han robado. ¡No tenían derecho! Solo me dejan dos opciones, matarles o morir. -Hay otras opciones, Ernesto. -¡No! Merecen morir, y yo no puedo vivir sin... -Puedes respirar, puedes ayudar a la policía a encontrarla. Solo tienes que hablar con ellos. -¡Ellos no saben nada! -Porque tú no se lo cuentas. -¡Debería matarlos a ellos también! Una señora uniformada de policía miraba a Ernesto. Se notaba que no quería forzar las cosas, pero tampoco podía esperar más tiempo. -Ernesto, le repito la pregunta, ¿qué es lo último que recuerda? Pero Ernesto estaba lejos, muy lejos de allí, discutiendo con alguien que solo existía para él. -Lo siento mucho, Ernesto, pero debe venir conmigo.

Desde la estantería

Desde aquella estantería, había sido espectador de infinidad de historias; sin embargo, jamás las había vivido. Era como estar en el margen de un cuaderno escrito, o tras la barrera en una maratón. A veces, soñaba con ser uno de esos libros mecanografiados que descansaban cerca de mí. Estaban creados con tanto mimo y conocían tantas manos amigas... Pero no: solo era una vulgar escultura de mármol, fría, intocable y sin interés. O eso pensaba yo. Una noche, imprevisible, un par de muchachas entraron en aquella sala y, caminando hacia mí, una dijo a la otra: "¡Aquí está! Después de tanto tiempo". Me querían a mí. Por primera vez, unas manos no buscaban un libro apasionante, sino una escultura de mármol. Más tarde, descubrí que me había esculpido la abuela de una de las ladronas y que, por motivos que no entendí, cedió la autoría a un caballero del oficio. Cuando aquellos dedos temblorosos me tomaron, una voz emocionada confesó que, como no sabía escribir, hacerme f...

Qué fortuna la mía

Hoy has bajado las escaleras como siempre. Tu sonrisa, y esa mirada tan tierna, se han alejado entre te quieros. Sí, en plural, por si no nos enteramos bien, por si queda alguna duda. Cierro la puerta cuando mis ojos ya no te ven y sonrío; sonrío recordando esos minutos previos en los que te pregunto si tienes la comida, si te has puesto la bufanda, si te he dado besos suficientes. El día transcurre mientras trabajo. Y, entonces, regresas. Renuevas la partida cada tarde, en ese abrazo cálido del que no querría desprenderme jamás. Hace casi dos años que nos casamos, nueve años y medio desde que empezamos a salir y trece años desde que nos conocimos. Cuando miro hacia atrás, desde donde estamos, compruebo cómo hemos ido aprendiendo a querernos cada vez mejor, y cómo, en consecuencia, nos permitimos amarnos más. Qué fortuna la mía encontrate, mi vida. Qué fortuna que me encontraras. Qué fortuna quedarme. Qué fortuna que te quedaras. Qué fortuna la mía, mi vida, estar contigo a...